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se deduzcan cosas demasiado precisas. L o preciso es limitación, sujeción, y aquí, ayudados por la obscuridad cómplice; el espíritu debe sentirse independiente; totalmente, fantásticamente libre. Cómo, por consiguiente, encerrarlo en el molde raquítico, particular, viciado del individualismo? Sobre todo si el individuo está intoxicado de intelectualidad e incapacitado para la sinceridad. L a descripción de un estado poético personal, deshilvanado e incoherente carece de poder de sugereno. a. U n a boca que se pega a la mano como una herida, un espejo por el que pasa el cuerpo del poeta, una batalla de bolas de nieve de consecuencias mortales, unas escenas abracadabrantes vistas por el ojo de l a cerradura... Todo ello falto de humanidad y saturado de literatura resulta anecdótico y sin alcance. Se buscan posibles símbolos, igual que se descifraría una charada; pero j a m á s p o d r á conseguir crear esa atmósfera- -esencia de cine- -de inefable comunión entre el contemplador y la imagen. E l cine es demasiado joven y sano para que prendan en él bacilos de decadentismo. N i traído en las uncidas manos de Jeau Cocteau puede arraigar aquí el injerto del bluff. U n exceso de inteligencia sólo consigue perjudicar a la especial emoción que en la pantalla emana directamente de las cosas, y el que quiere probar demasiado no prueba nada. E l mismo impulso que llevaba al snobismo soviético a agolparse a las puertas de los locales más o menos reservados donde se proyectaban películas rusas trae ahora a esta sala del barrio Latino un público equívoco, snobs del; decadentismo, incondicionales de Cocteau, que no arredran las escenas m á s ridiculas. H e oído a mi lado los gorjeos gozosos de. dos efebos ante el hipo agónico de un muchacho que va perdiendo l a vida en borbotones- -tan repulsivos como inocentes- -de sangre arrojada polla boca. L a escena, digna de los tiempos primitivos del cinematógrafo, encajaría a maravillas en el film de avant- guerre Los misterios de Nueva York, que para el regocijo general precedió a la película de Cocteau. Pero los amigos de éste todo lo explican a cuenta del genio, aunque sea evidente la incapacidad y el fracaso. Nadie puede negar al autor de Les enfants terribles talento real; pero los talentos especializados, lo mismo que las salas de espectáculos especializadas, van pasando de moda. H a y una sensibilidad nueva que Polly Walters, Mae Madison y; Ruth Hall, tres alegres chicas de Hollywood, pasan un día de fiesta en Big Fine (California) lejos del estudio donde acaban de filmar M a n h a t t a n Parade. (Foto Vidal. El príncipe Lennart de Suecia y su prometida. la señorita Karin Nissvandt, filman una escena para el noticiario sonoro en los estudios cinematográficos de Londres. (Foto Contreras Vil asee a-
 // Cambio Nodo4-Sevilla