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UN POR V PAUL BOURGBT (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) propósito para un visionario de veintitrés años. Si Darrás la hubiera previsto, hubiera completado sus informes desde el principio; pero era tiempo aun de hacerlo. E l joven, en la discusión, no se había apartado de su carácter, pues no había dicho que deseaba casarse con Berta porque la amaba, sino porque la estimaba. Destruir esa absurda estima sería echar por tierra aquel peligroso proyecto, novelesca rehabilitación de una mujer calumniada. Si las nuevas averiguaciones no daban resultad Darrás veía otro camino que sí lo daría. Un considerable ofrecimiento de dinero decidiría, sin duda, a la muchacha a soltar su presa. Pero a aquel hombre honrado le repugnaba el regateo de una conciencia, aun creyéndola despreciable, así como la conversación que habría que entablar para llevar a cabo tal negociación. La visita al ministerio le resultó menos dura, pues el poner en movimiento la máquina administrativa disfrazaba el proceder de policía. E l personaje a quien se dirigió le prometió darle antes de quince días las noticias que necesitaba, y Darrás pudo irse a su oficina con una esperanza muy cercana de la seguridad antes fingida, teniendo en cuenta sus ideas sobre la moralidad de Berta. Pero en cuanto estuvo solo en- su despacho cayó en una melancolía tan profunda que le impidió trabajar. E n las escenas de por la mañana su corazón había sido herido en los dos puntos más vulnerables. Luciano había probado que sus frases de dos días antes no eran un arrebato del momento, sino una profunda disposición de su ser, dos veces manifestada con palabras de agrio rencor y miradas de odio intenso. Su matrimonio con una divorciada había tenido dos orgullos: el de haber reemplazado absolutamente al verdadero padre para con su hijo y el de haber fundado un hogar igual a los religiosos por la fusión de las almas, la fidelidad recíproca y la integridad del escrúpulo moral. Y ambos venían al suelo al, mismo tiempo. Aquel hombre de gran voluntad, que había realizado todas sus aspiraciones a fuerza de inteligencia y de paciencia, no sufría solamente por el doble fracaso de sus más queridas ideas: estaba enamorado de, Gabriela y el tiempo no había disminuido su. exclusivismo apasionado. E l descubrir que aquella alma no era enteramente suya y que habían surgido en ella sentimientos íntimos contrarios a los suyos, le hacía- estremecerse de protesta y de dolor. Sus celos eran tan agudos como los que hubiera sentido ante una perfidia de otro género, pues, no ofendían sólo al esposo, sino que iban a herir al doctrinario intransigente para quien el catolicismo había sido siempre el gran error nacional y el virus secular que era preciso eliminar definitivamente. ¡Qué razón había tenido en detestar aquella, religión siempre activa y siempre pronta a surgir entre los que se creen más alejados de ella... Pero él no se dejaría expulsar de su felicidad y no cedería sin lucha a esa Iglesia de impostura un alma que- era suya hacía tantos años. Lucharía y vencería. Y esta seguridad se apoderó de él tan por completo, que pudo decir de buena fe a su colega Delaitre, el que debía llevarse a Luciano a dar la- vuelta al mundo: -M i hijastro no acaba de decidirse, pero dentro de ocho días espero dar a usted una respuesta definitiva y creo que se le llevará usted... Mientras el optimismo sistemático de Darrás contaba así con el dudoso resultado de sus gestiones en el ministerio, en el ánimo de su mujer se realizaba un trabajo paralelo de esperanza que iba a- parar a un resultado contrario al que su marido esperaba. Creía éste que el rompimiento del matrimonio de Luciano curaría por completo el malestar de conciencia que le había revelado Gabriela. Cuando la de Darrás se quedó sola y pensó en los pasos que iba a dar su marido, encontró razones para tranquilizarse, creyendo como él que en cuanto se probase a Luciano la mala conducta de aaadla mujer todo se rompería. ¿Serían indiscutibles esas prue- s bas? Como su marido, creyó que sí. Además, Alberto había acaso imaginado otro medio, y aunque un espíritu realista hubiera visto, desde luego, que no le había, no tenía Gabriela bastante conocimiento de la realidad para pensarlo así. ¿Qué le importaban los detalles de un esfuerzo que estaba cierta de que sería leal y eficaz, desde el momento en que era obra del honrado e inteligente Alberto? No; el matrimonio de su hijo no se verificaría... Pero la madre encontró en esa seguridad un nuevo alimento para el, ardor religioso que su marido pretendía apagar. Entre la escena con L u ciano y la salida de Darrás se había producido un hecho: Gabriela había hablado, es decir, obedecido al padre Euvrard, y en seguida se había despejado un poco su horizonte en el momento en que estaba más negro. Gabriela recordó de repente la fórmula: Puede usted hacer méritos que el prudente religioso había acompañado con esta reserva: E n cierto sentido. para subrayar así la diferencia que la teología católica, a la vez tan rígida y tan humana, establece entre el estado de gracia, cuya incomparable superioridad mantiene, y el de simple buena voluntad, al que tampoco quiere desanimar. E l sacerdote había invitado- a la de Darrás a hacer méritos, sencillamente, y le había recordado el derecho que tiene un alma a obtener 16 que solicita en virtud de la gran promesa: Todo lo que pidáis en mi nombre lo obtendréis... Confesando sus turbaciones religiosas, Gabriela había hecho un mérito y la recompensa concedida inmediatamente a su sacrificio había. sido- que su marido no se enfadase más con ella y que se hubiese contentado tan pronto después de su primer movimiento de asombro. Suprimidas ya aquellas mentiras por omisión, Gabriela iba a poder dedicarse a las piadosas prácticas que le había aconsejado el padre Euvrard. No era esto la vuelta a la Iglesia y a los sacramentos ni la anulación de la falta cometida tan ciegamente y prolongada sin medir su extensión, pero era un poco de vida cristiana para reconciliarse con la suprema Bondad y obtener que las últimas pruebas no se renovasen. Que Darrás impidiera aquel deshonroso matrimonio, qrse le devolviera su hijo, y las horribles escenas de aquellos días habrían acaso marcado para ella una fecha de salvación. 1 Gabriela, pues, había pasado una tarde y una velada relativamente tranquilas, aunque impregnadas de una singular y penetrante tristeza. Creía que habiendo hablado con entera franqueza a su mai ido iba a encontrarse tranquila respecto de él, puesto que A l berto le había invitado tan afectuosamente a no callarse nunca; pero iba a aprender que los matrimonios que sufren verdaderamente del mal del silencio no son aquellos en que los esposos no. saben nada el uno del otro, sino aquellos en que, conociendo sus secretos recíprocos, no se atreven a formularlos con palabras por miedo de hacerse daño con reflexiones que les son comunes. ¡Qué contraste entre las veladas pasadas en otro tiempo en aquella misma pieza, ella cosiendo y él leyendo y comentando los periódicos! En esas ocasiones hablaban de algún punto de interés, como el porvenir de Luciano o el de Juana, y ella se regocijaba en ofrecer, su inteligencia a su marido como un espejo que él animaba con sus ideas... ¡Hoy estaba ella bordando al lado del fuego. L a aguja subía y bajaba por el cañamazo y Gabriela trataba de no levantar los. ojos para que su mirada no se encontrase con la dé su marido, mientras él dejaba correr la pluma por el papel con el pretexto de escribir unas cartas atrasadas. Cuando la pluma dejaba de rechinar, el corazón de Gabriela se oprimía, temiendo que una frase reanudara la discusión de aquella tarde. Pero la pluma seguía escribiendo... A l otro lado de la chimenea había una silla baja, en la que Luciano se sentaba por las noches antes dé marcharse a, ser soldado, y Gabriela contemplaba aquella reliquia, de: su antigua fe- Se co x mtiíti. MI
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