Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
POR PAUL B O U R G E Ts (De la Academia Francesa. XCONTINTJACIGN) Solo el domingo. ¿Habría dado algún paso? N o lo dijo. E l lunes estuvo fuera mañana y tarde. ¿Habría hecho algo? Nada dijo ¡tampoco. ¿E n qué estaban aquellos propósitos anunciados con tanta seguridad? ¿Seguía estando tan cierto de impedir el matrimonio de su hijastro... Gabriela deseaba apasionadamente saberlo, pero ¿para qué hacer preguntas? Sabría la respuesta a su tiempo y ahora estaba segura de que sería favorable... T a l era su disposición de ánimo, cuando el martes por la mañana un incidente inesperado l a trajo a la brutal realidad de su situación respecto de Luciano. E n el correo de las nueve le entregaron una carta de letra desconocida y con un timbre cuya vista l a hizo temblar de pies a cabeza. E r a el de M Monnier, el notario del señor Chambault. S u emoción fué tan violenta, que le costó trabajo romper e l sobre. E l notario pedía permiso para presentarse aquel mismo día a l a una y media, a fin de hablar a la señora de Darrás de un asunto muy importante. Gabriela no dudó un segundo y corrió al despacho de Alberto con la carta en la mano. Estaba tan pálida, que Darrás tuvo miedo, y, olvidando sus rencores, la estrechó en sus brazos con un movimiento espontáneo en el que no había más que amor. ¡T o m a -g i m i ó la madre, estrechándose también contra él y dándole la carta- Se trata de Luciano y de ese matrimonio... Bien ¡decía yo que había ido a pedir el consentimiento a... Se detuvo, porque le era duro pronunciar el nombre de Chambault en aquel momento de suprema indignación por el paso i n dultante que se había atrevido a dar su hijo. E l sentimiento de mística esperanza que le había animado el día anterior se trocaba en un espanto del mismo orden. Aquel era el castigo de arriba saliendo de la falta como había dicho el religioso. Su primer marido reaparecía en el corazón mismo del segundo hogar, y D a rrás la sentía apoyarse en él y estrecharle en sus manos convulsas. -Cálmate, querida mía- -dijo tan tiernamente como si no se hubiera producido el trágico disentimiento de aquellos días- Cuenta conmigo para guardarte y protegerte... Y añadió, después de leer la carta; -N o puedo creer que Luciano haya hecho tal cosa... Pero si así ha sido, su mala acción no le servirá de nada. T e he prometido que esa boda no se orificará, y no se verificará. V a s a recibir a ese notario y yo estaré a tu lado. M e corresponde representar los intereses y reivindicar tus derechos como jefe de 1 a comunidad. Pero y a verás como se trata de otro asunto; estoy moralmente seguro. Otra cosa es imposible. Aquella afirmación resultaba tan visiblemente desmentida polla actitud misma de Darrás, que no pudo apaciguar la inquietud de la pobre mujer. L a niña Juana la observó, pues, en un momento en que estaban solas, abrazó a su madre con tal entusiasmo, que Gabriela, se conmovió; y, viéndose adivinada y compadecida por su hija, no pudo contener esta imprudente exclamación: ¡Querida hija mía! ¡T ú me amas y no me abandonarás... -S i te amo- -contestó la niña- y si me prometes no estar ya triste, el día de la primera comunión haré el voto de no casarme nunca para estar, siempre a t u lado, VIII 10 IMPREVISTO ¿Fué aquélla una de esas protestas exaltadas que prodiga naturalmente, el ardor de la adolescencia, o algunas frases sorprendidas por azar habían hecho pensar a la niña, ya advertida por la ausencia prolongada e inexplicable de su hermano? E l l o fué que sus palabras conmovieron más aún a la pobre mujer, que estaba literalmente sin voz cuando le presentaron la tarjeta de M M o n- nigr. Las primeras palabras con gue. acogió a l otario y le pre sentó a su marido fueron dichas con voz tan afónica, que M o n nier se ofreció a retirarse para volver cuando Gabriela estuviese menos delicada. -Preferimos, caballero, saber, desde luego, el objeto de su v i sita- -dijo Darrás- Y a conoce usted m i calidad y soy, yp quien le responderá. -E s o no sería enteramente correcto- -dijo el notario después de u n momento de vacilación- -si se tratase de un paso oficial. Pero me he permitido pedir a la señora de Darrás esta, entrevista a título oficioso y no veo más que ventajas en explicarme con usted, caballero, aunque el asunto que me trae sea, según el Código, exclusivamente personal de esta señora... ¿Usted sabe que soy el notario del señor Chambault? E l notario había hablado con esa urbanidad recalcada, propia de su profesión, y detrás de la cual se adivina el arma invencible, ese Código al que acababa de aludir. E l tono incisivo del inge- mero había ensombrecido por un instante la fisonomía naturalmente amena de Monnier. E r a el tal un hombre de cincuenta y cinco años, bajo, de facciones menudas, vista muy fina a través de sus lentes de concha y gran trato de gentes, pues siempre había hecho vida de Círculo y de salón al mismo tiempo que l a de oficina. Su fisonomía se tiñó de un leve color, pero no se salió de su tono conciliador cuando Darrás le respondió: -Y o creí que, según el Código, no había nada exclusivamente personal para una mujer casada. Pero sepamos, caballero, de qué se trata... -D e un proyecto de casamiento formado por don Luciano Chambault y para el cual tiene que pedir el consentimiento de la señora de Darrás. -H a pedido ese consentimiento- -dijo Darrás- -y se lo hemos negado. -Aquí, caballero, tengo que recordar m i expresión de hace un momento. Este es uno de los casos, muy raros, en que la personalidad de usted no puede intervenir en modo alguno, al menos legalmente... Usted me dispensará que precise un punto acaso penoso. L a señora de Darrás estaba divorciada cuando se casó con usted. A h o r a bien, el divorcio no tiene efecto retroactivo. L a ley declara la disolución del matrimonio, pero no la anulación. D o n Luciano es hijo del señor Chambault y de la que era l a señora de Chambault, que vuelve a serlo para esta circunstancia. Ese joven, que no tiene veinticinco años, necesita el consentimiento de sus padres, divorciados o no, y a l a madre no le hace falta autorización alguna para responder a esa petición. -E s t á bien, caballero- -rectificó el marido- L a señora de D a rrás ha rehusado. -L o sabía, y ése es el motivo de mi visita. Debo advertir a ustedes que esa negativa no tiene ningún carácter prohibitivo. E l artículo 148 es claro: en caso de disentimiento entre los dos esposos prevalece la voluntad del padre. ¿Aunque el divorcio haya sido pronunciado contra él y le haya privado de la guarda del hijo? E s imposible. -A u n en ese caso, l a potencia paterna permanece intacta. -D e modo- -exclamó Darrás- -que la sociedad ha reconocido, por sus Tribunales, que un padre es incapaz de educar bien a su h i j o la madre se ha consagrado sola a esa educación, y en una crisis tan decisiva como la elección de la mujer es l a voluntad del padre indigno la que decide... ¡E s una monstruosidad... -E s e hecho ilógico tiene su lógica- -dijo el notario- E s u n resto de la antigua ley en la nueva. L a antigua ley quería que, una vez fundada una familia, lo estuviese para siempre, y en realidad así sucede, aun después del divorcio, puesto que subsiste el derecho de heredar, al que corresponde la permanencia de la po-