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V PO R PAUL licida d conyugal con üná nostalgia que le arrancaba lágrimas. Veía con la imaginación a su hijo al lado de aquella abominable criatura, que debía de haberle representado una comedia de delicadeza para apoderarse de. él de tal modo. Veía a la muchacha estudiando y a Luciano mirándola con aquella pasión que chocó a Darrás cuando los vio en el restaurante. Ante aquella idea, que tomaba en ella la fuerza de una alucinación, la madre dudaba del resultado que quería obtener su marido y sentía grandes intenciones de interrogarle, pero no se atrevía. Para tranquilizarse pensaba en Juana, con la que acababa de hacer las oraciones de la noche. Dios no podía menos de oír a aquella alma de niña, a la que ella había defendido contra la incredulidad del padre. Y Gabriela repetia por lo bajo: Padre nuestro, que estás en los cielos aquellas sílabas que, en boca de Juana, habían despertado en ella los vestigios de su antigua fe... Las horas pasaron así, acompasadas por el péndulo del reloj de la chimenea y por. el lejano rumor de los coches, hasta que, al dar las doce, Gabriela se levantó casi maquinalmente para ir a acostarse. Recogió la labor y se acercó a su marido para darle las buenas noches, como siempre lo hacía cuando él tenía que velar y dormía en la pieza contigua a la de su mujer. Cuando Darrás la vio a su lado pareció que vacilaba antes de hacerle una petición, que por fin no formuló. La estrechó contra él y le dio un beso en la frente, diciendo: -Cuando nos veamos separados realmente por la muerte, ¡cómo sentirás haber echado a perder nuestra dicha con tus quimeras... E n seguida, al ver que ella no respondíanla dejó marchar y siguió escribiendo. E n cuanto se quedó solo se cogió la cabeza con las manos y se estuvo mucho tiempo llorando, sin sospechar que, en el mismo instante, estaba Gabriela arrodillada al lado de la cama, pidiendo a Dios fuerzas para no llamar a su marido y realizar, el otro sacrificio prometido al padre Euvrard: De aquí a entonces, aun viviendo bajo su techo, estaré a su lado como una hermana... Esa impresión horrorosa de la soledad en compañía, de la insuperable separación estando tan próximos los corazones, es de las que aumentan con la duración en vez de gastarse. A dos esposos que han dejado producirse- entre ellos uno de esos dolorosos silencios les es más fácil hablarse hoy que mañana, mañana que. dentro de tres días. E l volverse a ver habiéndose separado con un mutismo tan cargado de pensamientos aviva en ellos la angustia que les hizo torturarse el día antes con el suplicio de la presencia ausente. De este modo, Gabriela y Alberto comprendieron al verse por la mañana que la violencia de la noche anterior iba á continuar. Ella seguía mostrando en el fondo de sus pupilas la llama de ansiedad cuya causa era ya conocida, y él seguía presentando en la frente y en la boca la expresión de tristeza indulgente y de muda acusación, más conmovedora que una queja. Su costumbre, que todavía siguieron aquel día, era tomar el desayuno, ella ea la cama, y él en una mesita a su lado; y aquel rito de su antigua y querida intimidad les hizo daño por el contraste entre el presente y el pasado. Cada cual vio al otro sentir como él mismo. ¿Pero era posible hablar de semejantes emociones... De común acuerdo, pues, limitaron aquella primera conversación al punto en que estaban seguros de encontrarse de acuerdo: -Es probable que Luciano envíe hoy también a buscar alguna ropa- -dijo Darrás- y creo que debes ver tú misma al enviado si yo no estoy en casa ¿Por qué? -Para saber exactamente su dirección. Le conozco y sé que es demasiado orgulloso para ocultarse y para dar orden alguna en tal sentido. Es importante que podamos hacerle llegar su pensión de fin de mes, si mi plan no se ha realizado antes. Esos trescientos francos al mes no son nada, pero bastan para vivir sin RsPSíarss y 5 á prueba de gue su puesto a nuestro lado s r rl una BOURGET o De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) sigue estando, libre... Repito que sglo Hablo cómo precaución, pues espero que de aquí a entonces las cosas habrán entrado en orden... La emoción de Gabriela al darle las gracias pareció cerrar el corazón del padrastro en vez de abrirle, pues Darrás salió casi en seguida de la habitación. Por fortuna para ella, humildes, pero precisos deberes, impidieron a Gabriela profundizar sus reflexiones sobre el visible cambio de su marido respecto de su hijo. Darrás iba a ocuparse de él con tanta abnegación como hasta entonces, pero no le había perdonado, ni le perdonaría, lo que era una razón más para no descontentar a aquel hombre indignamente herido. Gabriela sabía cuánto le gustaba a su marido que ella cumpliese estrictamente sus menores deberes de mujer de sociedad, v quiso realizar como obligaciones todos los preparativos propios de su día de recepción, que era el sábado: adornar con flores su salón, disponer la merienda, vestirse. Por primera vez desde su matrimonio experimentó un alivio engañando su fiebre interior con esas ocupaciones materiales y con las conversaciones insignificantes de las visitas. Comían fuera aquella tarde, y esto le sirvió también de distracción, hasta el punto de que acaso al salir se hubiera dejado llevar a un momento de efusión si durante aquella comida, dada por un senador radical en honor de un ministro, Darrás no hubiera hablado contra la enseñanza de las Congregaciones con una acritud en la que se veía su rencor. personal. Después de hablar no pudo menos de mirarla y vi que su mujer le había entendido, de lo que resultó que su vuelta en la berlina fué tan taciturna como la precedente velada y más aún, pues, al despedirse por la noche, el maridó no pronunció palabras de tierno reproche, como el día anterior... E l silencio se había hecho más denso entre ellos... ¿Cuánto- tiempo se hubiera prolongado esa situación penosa, pero que, al menos, no creaba hechos nuevos? Esas crisis no se miden por días, sino por semanas, por meses, precisamente en los matrimonios en que ninguno de los dos tiene la culpa. L a necesidad de Gabriela de expiar sus años de dicha prohibida y el orgullo herido de Alberto, así como su odio a las ideas religiosas de su mujer, amenazaban con prolongar indefinidamente aquella espera mortífera. ¿Una espera? Ninguno de ellos hubiera podido decir de qué... A l sábado siguió el domingo sin otro suceso que la salida de Gabriela y Juana para ir a misa. Gabriela vio desde la calle a Darrás que las estaba mirando desde una ventana. Alberto contemplaba cómo su mujer y su hija, todo lo que él amaba, se iban a la iglesia- -la ciudadela hostil- y el honor le impedía oponerse a unas prácticas que habían herido mortalmente su felicidad. Gabriela sintió pesar sobre ella aquella mirada hasta al arrodillarse ante el altar. Pero allí la reconfortó una coincidencia, en la que ella vio un apoyo casi sobrenatural: tenía la costumbre, propia de las personas que han estado mucho tiempo sin ir a la iglesia, de buscar en el libro de misa las Epístolas y los Evangelios. Leía primero los del- día y después los de los anteriores y posteriores. Aquel domingo, que era el cuarto de Cuaresma, leyó el pasaje: Hermanos míos, está escrito que Abraham tuvo dos hijos... Después: E n aquel tiempo, Jesús pasó al otro lado del mar de Galilea... Y hojeando ere seguida, su vista cayó en el Evangelio del jueves siguiente, que cuenta la resurrección del hijo de la viuda de Naím: Y Jesús le devolvió a s -madre- Est frase le pareció que se adaptaba tan exactamente a su situación, que se estremeció como ante una promesa. Aquello bastaba para soportar la muda acusación de su marido detrás de la ventana, para sufrir el peso del silencio el domingo y el lunes y para soportar la incertiduníbre, que aumentaba con una punzante ansiedad la tristeza de sus actuales relaciones con Darrás. Este salió
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