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NUMERO EXTRAORDINARIO 20 C E N T S AÑO V 1 GES 1 MOCTAVO. 5 5 5 NUMEROEXTRAORDINARIO 20 C E N T S AÑO V 1 GES 1 MOCTAVO. 5 LA ISLA ENCANTADA DN RINCÓN D E L PUERTO D E POLLKNSA OMO lo normal, en una vida poco f a vorecida del azar, es que hasta los proyectos m á s inocentes y menos costosos se frustren, este invierno p a s a r á t a m b i é n sin que nos sea posible i r a M a l l o r c a N i n g ú n lugar d e l mundo que conocemos nos dejó l a i m p r e s i ó n de suave poesía que se apodera del viajero un poco sensible en l a isla encantada. D e ninguna pane nos hemos ido tan a r e g a ñ a d i e n t e s corno de aquel p a r a í s o que ha puesto D i o s eti medio del M e d i t e r r á n e o a disposición de los privilegiados que no dependen m á s que de su capricho personal. ¡C ó m o me explico la preferencia del archiduque Salvador por aquellos paisajes rezumantes de luz y de paz! Parece que el e x c é n t r i c o p r í n c i p e v i vía a q u é quieres, deseo y tan libre de prejuicios, que, en asuntos de amor, se permitió renovar l a tradición socrática sin romper con el bello sexo, atrevido eclecticismo erótico que tiene gloriosos precedentes en l a H i s t o r i a y en l a Literatura. E n la isla de C a p r i el Emperador Tiberio hacía lo mismo, s e g ú n nos refieren T á c i t o y Suetonio con impasible sinceridad. ¡C a- C p r i! ¡M a l l o r c a! Y o no encuentro diferencias entre las dos islas. L a Una y l a otra me recuerdan, por el ambiente, l a diáfana luminosidad griega, que platea y dora las. cosas s e g ú n las vicisitudes solares, desnuda los acantilados ó los envuelve en sombras, como s i por obra del crepúsculo, brotase una nueva vegetación en las rocas. P o r l a m a ñ a n a l a claridad es a z u l de u n azul v i r g i n a l de lienzo veneciano, y por l a tarde, de color malvarrosa. E s e m i l a g r o perenne de l a luz, en M a l l o r c a y en C a p r i es emocionante para unos ojos artistas y fatigados de la turbia a t m ó s f e r a de las urbes: ¿C ó m o no es m á s visitada nuestra isla? E l español, como buen africano- a nuestra latinidad, que l a alcance un galgo- no ama profundamente nada n i respeta nada. Tiene, a lo sumo, p e q u e ñ a s aficiones locales, sin relación con l a poesía de las cosas, que es independiente de nuestras remembranzas familiares. A m a su aldea, su v i l l o r r i o o su burgo porque ha nacido allí, n i m á s n i menos que si el lugar formase parte de su cuerpo. P e r o no se enamora del paisaje. H a y que dar con un Pereda, con un Palacio Váleles, con un Unamuno o con un Blasco I b á ñ e z es decir, con un artista, para que se le sienta rendido al encanto de esa poesía sutil que se desprende de una colina, de un á r b o l de una ensenada o de una puesta de sol. E l español, como el africano, propende a dramatizarlo todo, incluso el afnor. s i n e x traer de lo real su gracia o su perfume, l o que hay de r e c ó n d i t o y ele místico en los elementos naturales, por humildes que sean. U n poeta a l a manera de V i r g i l i o tan compenetrado con todo lo que ve y con todo lo que toca, es inconcebible en nuestro país de verbosos, de poetas g á r r u l o s y de epileptoides agresivos de sangre africana. Y o encuentro razonable que no nos movamos de Marruecos. A q u e l es nuestro medio familiar. Nuestras c a m p a ñ a s de colonización han sido contiendas civiles. E í turista que visita M a l l o r c a empieza por sorprenderse de ver allí poca gente forastera, y, cuando lleva unos d í a s instalado, se felicita de su soledad. E l trato social no se echa de menos m á s que allí donde las cosas que nos rodean o nos bi ¡n hostiles por su fealdad o nos cansan por su monoto-
 // Cambio Nodo4-Sevilla