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nía. Y o he pernoctado en algunos pueblos, y por la mañana, al asomarme a la ven tana de mi cuarto, me he dicho: ¿Cómo es posible vivir aquí? ¿De cjué impresiones puede alimentarse el espíritu en este poblacho, desprovisto de toda belleza y de toda comodidad? ¿Qué importa el ser aquí rico o pobre, sabio o ignorante, si las gentes rivalizan por su adustez con las cosas? Y o la verdad, prefiero un buen ataque se roso a una prolongada residencia en ciertos pueblos que la Naturaleza parece haber señalado con tin doble estigma de fealdad y de miseria. Pero vivir en Mallorca o en cualquier pueblo de la ribera mediterránea sería una constante delicia si el régimen pluvial no suscitase periódicamente los v i vos contrastes de la sequía y de las lluvias torrenciales. E n la. isla encantada nadie se queja del clima. Todo el mundo se conforma con lo que da de sí. L a tierra es, sin embargo, fértil allí donde siente la acción del hombre. Mallorca exporta a Francia e Inglaterra hortalizas y frutas en abundancia. Pero lo que yo hacía de Mallorca, a depender de mí, es algo que pudiera rivalizai, v aun exceder por sus atractivos, a Moiite- WSmi n r cammos, óteles, consros y, sobre litar las cotíes con el continente. Sería preciso formar un sindicato de millonarios que adquiriese la propiedad íntegra de Ta isla, dejando al Gobierno un mínimo de intervención en las cosas para que no estorbase las iniciativas, por atrevidas que fueran, con tal de que no estuvieran en pugna, coti. üna moral razonable y sin pacaterías. Quizá no sea éste el momento de hacer frente a tin proyecto de esa importancia. España está ahora demasiado triste y la iricertidumbre de su des tino nos aflige, más o ios, a todos. Estamos viviendo una pesadilla con algún que otro intermedio grotesco, que nos sorprende sin hacernos reír. No. es, pues, la hora de pensar en hacer de Mallorca un segundo Montecarlo. Hay que resignarse a que sea el Estado quien monopolice las leyes del azar, que en la ruleta son más tentadoras que en la lotería. Mallorca tiene que seguir siendo lo que es: la isla encantada, con su. luz maravillosa, sus paisajes multicolores, sus calas abiertas entre el mar y las rocas, sus olivares, sus pinedas y sus inmensas alfombras de iaguarzo, de lentisco y de mejorana, que difunden, sus penetrantes aromas al sol. U n reposorio incomparable para el pensador y el poeta; un es- condite para hombres y mujeres que necesitan poner unas viñetas románticas al margen de sus intimidades nupciales para recordarlas más tarde, cuando del fuego deramor no quedan ya más que las cenizas de la costumbre. ¡Quién tuviera una casa en Mallorca! Cuando pienso en el archiduque Salvador, envidio el programa de sü existencia de gran señor, que no encontró limites a sus deseos ni trabas para sus caprichos bajo aquel cielo, qüe tiene la transparente serenidad del que sirve de fondo y de montera a la divina Acrópolis. MALLORCA MANUEL BUENO
 // Cambio Nodo4-Sevilla