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IMPRESIONES DE ARTE L O S M O R O S DE O R T I Z ECHAGÜE dependiente q u e l a s haga moverse, cual si las a p r i s i o n a r a n l o s gordos c o r d o n e s de madejas de seda que parecen sujetarlas los brazos en a p r e t a d o nudo. S o n como i m á g e n e s fulgentes, expuestas a la a d o r a c i ó n de una devota muchedumbre sobre l a que dejan caer l a mirada igual de sus grandes ojos soñolientos, v a cíos de toda idea, como las herniosas i n expresivas pupilas de los rumiantes. H i j o s de estas odaliscas son los dos c h i quillos que juegan con unas bolas, junto a. un muro blanco, d o n d e otra mano de F a t i n a negrea sobre l a pared, recién enjalbegada. L o s dos n i ñ o s trazaron en el suelo u n t r i á n g u l o mágico, donde han de realizar las bolas sus difíciles evoluciones. Junto a ellos m u é s t r a n s e las amarillas bubuchas usadas, de las que todo buen mogrebita se despoja en cuanto puede, y los chiquillos, s e n t a d o s por tierra, absórbense MUJERES ÁRABES ACE pocos días se ha inaugurado en el hotel de Juan C h a r pentier, en cuya g a l e r í a se celebran las m á s reputadas exhibiciones de arte de P a r í s la E x p o s i c i ó n en que presenta el maestro O r t i z E c h a g ü e los cuadros pintados ú l timamente en Marruecos. O r t i z E c h a g ü e ha amado siempre los pueblos donde su pincel brillante, seguro y jugoso puede obtener el m á x i m o efecto reproduciendo trajes, tipos, interiores, asuntos de un marcado color local, que extrae a las obras pintadas de la gris banalidad y l a triste m o n o t o n í a Como señala muy acertadamente el insigne crítico de arte Camilo M a u c l a i r erí las líneas que prologan el catálogo de esta E x p o s i c i ó n O r t i z E c h a g ü e buscó inspiraciones en E s p a ñ a en H o l a n d a en C e r d e ñ a y en países que, por su natural idiosincrasia o por su situación geográfica, han guardado m á s puros que otras regiones rasgos típicos y costumbres suyas. E s t a vez le tocó el turno a Marruecos, y de allí se trajo O r t i z E c h a g ü e cerca de cuarenta cuadros, llenos de gentes mogrebitas. Sentadas en un bajo diván, revestido de tela floreada con grandes rosas bermejas, dos mujeres á r a b e s están ataviadas con ricos trajes de fiesta. Parecen, así acurrucadas, dos paquetes de telas, pues sobre sus cuerpos se hacinan, en pliegues espesísimos que ocultan por completo los cuerpos, estofas variadas, seda lana, g a sas, tules, brocados y terciopelos. T a n sólo emergen al aire el rostro y las manos, éstas llenas de sortijas, cargados los pulsos con gruesas ajorcas de oro y de plata; aquéllos inmóviles, como de ídolos, punteados por las estrellas y redondeles de los tatuajes. U n a de las mujeres es de tez muy obscura, semi negra, de rasgos finos, casi infantiles, boca diminuta, ojos profundos. U n p a ñ u e l o muy grande, dé seda, blanco, bordado en colores, le ciñe la cabeza, y ocultando la frente, cayendo por d e t r á s en pliegues anchos y tiesos. A un lado y otro de l a cara penden lacios cabellos, mezclados con cordoncillos, mientras sobre el pecho se aplica una enorme mano de Fatina, amuleto eficaz contra el mal de ojo. Este preservativo de las malquerencias posibles es inevitable en todo tocado m u s u l m á n y l a otra mujer t a m b i é n lo ostenta, grande y rígido, como el anuncio de un guantero. Sobre el fondo de fuerte color que crean las t ú n i c a s las gasas, llenas de arabescos, extienden sus veladuras, como es preciso en toda toilette m a r r o q u í donde los matices crudos han de adivinarse al t r a v é s de la blancura transparente de los tules, como se ve l a luz fuerte del sol cruzando un diáfano celaje. Estas mujeres gozan de un reposo absoluto. N o parecen tener alma n i ser capaces de un impulso i n- H NIÑOS JUGANDO
 // Cambio Nodo4-Sevilla