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DOS NEGRAS intensamente en el juego. Uno, vestido con una chilaba pardusca y ampiia, contempla lo que hace sU compañero, Es un chiquillo muy moreno, de facciones toscas, nar ¿2 chata, boca de gruesos labios y frente convexa y saliente. Tiene, al igual de su amigo, el cráneo cuidadosamente afeitado, y sólo conservan ambos Unos mechones de pelo, para el caso en que, por voluntad de Dios, murieran aún Minos, pudiese la misericordiosa manó de Alá el Omnipotente agarrarles por aquellos cabellos y hacerlos entrar en el Paraíso de los fieles. Frente a stt contrincante, el otro chico sostiene en la mano la bolita que va a arrojar al triángulo, cori el gesto breve y brusco de sus dedos dis- tendidos como resortes. La importancia de la jugada hace que el jugador concentre toda su voluntad y sus potencias todas en lo que va a hacer, y asi, mientras los ojos pujantemente calculan la distancia v el lugar donde la bota habrá de caer, el labio inferior desaparece de la boca, fuertemente sujeto por los dientes, que lo apresan en un nervioso mordisco. E l cuadro, en su sencillez, está como envuelto por la atin 6 sfera que rodea siempre a los niños y da a cuanto realizan una pujanza incomparable y que les aisla del resto del mundo. Gomo dos talles de ébano, esbeltos, airosos, de elegancia cimbreante y suelta, las dos negras que reprodujo Ortiz Echagüe, y que, según parece, responden a los graciosos nombres de N a na Cámara y Satán Gai. son cual flores de latitudes más cálidas y tropicales que las marroquíes. Semejan niujefes de un África a un tiempo más selvática y más exorable a la vez que Marruecos, onde las gentes guardan siempre fiereza y parecen como hostiles y enconadas aún en sus momentos m á s a m i s tosos. Nana Cámara, y Satán Gai pudieran haber nacido en el Sudán o en la Senegambia, y aún, aún en alguna de esas amables colonias francesas que dormitan en las islas pequeñas del azul mar Caribe y que por haber visto nacer en su seno a una Emperatriz cttardatt el hechizo de las leyendas y de las tradiciones. L a s dos negras se visten rica y originalmente. Una de ellas luce estrecha falda de seda negra, rameada de flores, qué cae casi hasta el suelo, junto a las babuchas. Sobré esta túnica se aplican los raudos bordados y repicoteados de un amplio camisolín blanco, especie de chambra volandera, que cubre el torso de la mujer y deja librt- s los brazos y las manos, trozos de vivo azaba ihe aplicados contra el lino de ¡a prenda. Un largó collar dé gruesas bolas dé ámbar cae desde el cuello, que es grácil y sostiene la cabeza joven y redonda, de pelo casi liso y sujeto por peiiiecillos dorados en rodetes y apretadas crenchas. E l rostro es de pura estirpe nigriciá, dé facciones toscas y dulces, gruesa boca s o n r i e n t e afables ojos benévolos, porretudk nariz simpática. Habla esta agradable negra con otra amiga suya, que está envuelta en un traje arnplio. y suntuoso, ropón o bata que no tiene determinación concreta en las artes modísteriles. Todo el cuerpo está cubierto con tal vestímenta ¿pero a su través adivinase tan airoso como él de su compañera. También lleva coliar y babuchas flamantes, y en la cabeza un pañuelo de Madras, anudado elegantemente de corona, con gracioso tocado. Tras las dos mujeres, un muro blanco y un zócalo de azulejos las dan fondo, y bañándolas con su fuerte luz el. sol meridional las envuelve, pues Ortiz Echagüé lo trajo preso en sus telas. i MAURICIO L Ó P E Z Ma aués ftOBEÍlTS de la Torrehermosti,
 // Cambio Nodo4-Sevilla