Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
D IV O R C POR PAUL BOURGET, (De la Academia Francesa. CONTINUACIÓN) punto de duda bastó para qué aquella conciencia apasionadamente enamorada de la verdad sufriese un obscuro malestar, que se trocó en irritación muy próxima a la cólera, cuando el criado le introdujo en el salón y se encontró con Berta Planat. Era ella, con su fina silueta y sü fisonomía tan diferente de las demás, que tanto le chocaron cuando la vio en la fonda al lado de Luciano. L a blusa de enfermera acentuaba el carácter grave de aquella linda cara pálida por el estudio y a la que servía de marco el cabello castaño dividido en medio de la cabeza y recogido por detrás en un grueso trenzado. Sus ojos obscuros tenían la misma mirada recta y fría que hizo bajar la suya a Darrás en la calle de Racine, una verdadera mirada de clínico, tranquila, penetrante y propia de una mente que reúne todas sus fuerzas para ver claro y conformar su actividad al hecho, sin otro cuidado. Berta estaba, sin embargo, muy conmovida en aquel momento. L a tarjeta de Darrás había provocado en el enfermo una excitación, que la espantó más aún que el amenazador enigma dé aquella visita. Cuando el criado volvió con la misma tarjeta para ella, su movimiento instintivo fué el de negarse. Pero en seguida se levantó para seguir al doméstico. No quería que el padrastro de Luciano creyera que temía esa entrevista. ¿Por qué? Sú conciencia no le acusaba de nada respecto de aquel hombre, del que tanto podía quejarse, por el contrario. Cuando vio a Darrás, su corazón latía violentamente y su fisonomía presentaba la expresión de altivez que tantas veces había opuesto, en aquellos cinco años, a los que la juzgaban mal. Ella fué la que habló la primera: -Ha pedido usted verme, caballero. Le ruego solamente que me diga con la posible brevedad el objeto de su visita, pues el señor de Chambault está muy enfermo y no puedo dejarle solo mucho tiempo. Hasta que vuelva su hijo no hay a su lado nadie más que yo. -Lo sé, señorita- -respondió Darrás en tono agresivo- E l criado me ha dicho que el señor Chambault quería recibirme y. que usted se ha opuesto. -Y o no me he opuesto a nada, caballero- -replicó Berta con dulce firmeza- M i voluntad no existe en este caso. E l médico que asiste al enfermo ha recomendado expresamente que se le. eviten todas las emociones. H a sentido una muy fuerte nada más que a la vista de su tarjeta de. usted, y mi estricto deber profesional era prohibir su visita. E l señor Chambault padece hace unas semanas una cirrosis alcohólica del hígado, complicada con una pulmonía lobular. Está en el tercer día, que es el más crítico, y le cuesta gran trabajo el hábla r. Ha tenido ya algunos desvanecimientos y está amenazado de un delirio que podría matarle. Juzgue usted si, profesionaímente, podía yo autorizar esa entrevista. Berta había hablado con voz clara y extremada precisión técnica, como si, en vez de dirigirse a un adversario peligroso, hubiese formulado un diagnóstico en el hospital. Aquélla tranquilidad tuvo por resultado inmediato exasperar la profunda aversión de Darrás, a quién era imposible decir nada de la actitud digna y cortés de. la joven; Pero ¿no era aquella fuerza de hipocresía la causa de la perdición de Luciano? Darrás, pues, respondió en tono sarcástico: -Es desgraciado para todos que esas razones profesionales coincidan de un modo tan asombroso con otras de interés personal... -No le comprendo a usted, caballero- -dijo Berta. Su cara se puso encarnada, pero sü mirada siguió tan firme, que Darrás experimentó esa especie de protesta que se siente ante ciertas negaciones audaces e imprudentes, y quiso confundir la intrigante con la- indiscutible yerdaü de los hechos. -Me comprende usted perfectamente- -dijo- -y sabe muy bien por qué estoy aquí... Pero, a fin de que se disipe todo error, voy a precisar a mi vez. M i hijastro, Luciano de Chambault, quiere casarse con usted. M i mujer le ha negado su consentimiento, y él, aprovechando una ley mal hecha, trata de prescindir de él gracias al permiso de su padre. Vengo a saber si ese padre conoce las razones que han dictado la negativa de la señora de Darrás; lo dudo mucho... Y usted me prueba que no las conoce al impedirme llegar hasta él. Pero yo encontraré un medio de advertirle a pesar de usted... ¿A pesar mío... -repitió Berta- ¿Me acusa usted ahora de esa infamia... ¿Con qué derecho? Podía usted creer qué yo merecía las otras cosas, las que ha contado a Luciano. Pero ¿esa... Ahora soy yo, caballero, la que quiere que se quede usted hasta que venga el médico y usted le preguntará si puede ver alenfermo. ¡Que él lo permita bajo su responsabilidad... Y o nó puedo... Aunque me ultrajase usted aún más cruelmente, mi conciencia médica me lo prohibiría... Pero es horrible el ser juzgada así cuando cumplo con mi deber... ¿Y cómo quiere usted que la juzgue de otro modo? -exclamó Darrás. E l punto de duda había sido tocado en él por el acento de su frimiento y dé sinceridad de la joven. Pero esto mismo hizo que continuase con más aspereza: -Habla usted de conciencia médica; no se tiene mejencia en, una: profesj á PJHáiido no se tiene en la vida... ¿Ha; hecho Luciano lo qué acabo de decir con el asentimiento y acaso por consejo de usted... ¿Se prepara usted a entrar por fuerza en uña familia que no la quiere y que tiene razones muy legítimas para no quererla... Y o no he buscado este encuentro, pero ya que el azar nos pone en presencia debo decir- a usted lo que L u ciano, sin duda, le ha ocultado, esto es, que la resolución de mi mu r y mía es definitiva e irrevocable. Logrará usted acaso casarse con Luciano, aunque yo esté decidido a todo para impedirlo sí, a todo. Pero nunca será usted de nuestra familia, ¿entiende usted? jamás. IHabrá usted hecho salir de ella a Luciano, pero usted no habrá entrado. -Luciano no me ha ocultado nada- -respondió Berta más dolorosamente. todavía- y. sabía la opinión que tienen ustedes de mí... No trataré, de modificarla... Sé también por Luciano que siente usted el culto, la religión de la justicia... pero. en este momento es usted muy injusto... Me es imposible demostrarlo y no lo intentaré... Debo protestar, sin embargo, contra una de sus afirmaciones. N o la idea de este matrimonio no ha salido de mí... N o yo no he tratado de entrar en su familia de usted Hubiera usted podido saberlo preguntándoselo a Luciano... Pero tampoco a él le hubiera usted creído. Hubiera usted supuesto que le había representado una comedia. ¡A h! ¿Cómo probar que no miento... -Muy sencillamente, renunciando a ese. matrimonio- -respon- dio Darrás. Á medida que avanzaba aquel extraño coloquio, se le iba imponiendo más y más la veracidad de su interlocutora. Pero esa evidencia, que hubiera debido desarmar su oposición, fué para aquel gran burgués, a pesar de sus, teorías, un medio para separar a los dos jóvenes. -Sí- -insistió- si me dice usted la verdad, obre en consecuencia. Puesto que la idea del casamiento no ha salido de usted, debe horrorizarla actualmente. No se separa a un hijo de su madre, y- para siempre. Es un delito. -No soy yo quien los ha separador- interrumpió Berta viva-
 // Cambio Nodo4-Sevilla