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cansas del vertiginoso desorden presente, la visible decadencia del sentimiento religioso, sin que se le tomase por un enemigo de Dios? Se ha dicho de las ideas que no delinquen. Evidente. Tampoco delinquen las substancias explosivas mientras están puestas en seguro. Las ideas son inofensivas cu los libros. L o malo es que emigran a nuestras cabezas, y en esas circunstancias lo probable es que se asocien y confundan con nuestros apetitos. L a idea, con la espoleta de la pasión, es un explosivo ¿A qué conduce el disimularlo? Durante siglos, la Iglesia católica ha prestado a la paz del mundo e! impagable, servicio de incomunicar al hombre con aquellas ideas que pudieran hacerle perder el sosiego interior. Sólo delinque el acto, sostienen los librepensadores. B i e n pero el acto va precedido siempre de la idea, que es su motor. ¿A qué andar con hipocresías? L a prueba de que la Iglesia católica procedía cuerdamente oponiendo su veto a la difusión de ciertas ideas, es que hasta los listados laicos limitan las propagandas y ponen sordina a las voces que contradicen un programa político determinado. S i alguna diferencia hay entre una y otra táctica, está en que la actitud de la Iglesia es desinteresada, al paso que el modus operandi de la política es, casi siempre, reflejo de un fanatismo egoísta e i n humano. v la cuna y de la suerte, lian sido fieles a los divinos principios del Señor? ¿No habremos estado respirando durante, siglos los miasmas del más repulsivo fariseísmo Para que un pensador de la autoridad de Ibsen haya podido decir, con ironía glacial, que Dios es caridad, ha sido preciso ciuc las sociedades hayan escarnecido antes la doctrina del Divino Maestro. Y las sociedades no han hecho todavía propósito de enmienda... Todas estas inquietudes, estas ideas, estas dudas y estas contradicciones de una época que no acierta a defenderse de un peligro cercano; y que flotan en el ambiente, están en el libro y en la revista. Los periódicos las recogen algunas veces sin prestarles gran atención. Pero quedan extramuros del. teatro, a lo menos en España, donde el arte, fuera de las obras de Benavente, no sale de lo estrictamente ortodoxo en materia de costumbres y de tendencias mentales. Se está forjando en el mundo una nueva P s i quis, que no sólo pretende regenerar la política, sino que aspira a subvertir las bases de la moral privada con la adopción de ideales muy. diferentes de los que parecían inviolables a nuestros abuelos. ¿Podemos hacer algo que influya en la estructura íntima de esa Psiquis? Evidente. Pero- condición de no obstinarnos en que p- U con el ritmo de la tradición. Sería ya un triunfo el que ese nuevo espíritu qu e va a animar las costumbres no rompiera del todo con el pasado. L o absurdo es pretender que la Humanidad viva ob. dezca exclusivamente a la voz de los muertos. Eso que Augusto Comte creía una verdad intangible, no lo es más que a medias. Los muertos nos trazan el itinerario, pero luego los vivos lo alteran... MANUEL B U E N O Estrenos éh pi óvirída Antaño, cada vez que un escritor llevaba al teatro un problema cualquiera de conciencia o de contraste de clases y de intereses, el espectador hacía un gesto de tedio: ¡Qué lata de o b r a! L a misma crítica de entonces, menos docta que la actúa! refrendaba servilmente aquella, frivolidad. L a consigna era ésta: sacudir el ánimo del espectador con el drama pasional o íüvf. -ti le con la caricatura de las costumbres. E n el primer caso, el escritor podía i r hasta lo absurdo, y en el segundo pisar la jurisdicción de lo bufo. L o que importaba era no alterar el nirvana intelectual del público. Entre tanto, más allá de nuestras fronteras la vida espiritual, no sólo no se interrumpía, sino que aceleraba su ritmo renovador, y todas sus creaciones, y has sus improvisaciones, trascendían a la novela, al teatro y, más sintéticamente, a la Prensa. Pues bien, pasado el tiempo, mientras el libro y el periódico admiten, con derecho de tránsito siquiera, las ideas más opues tas, el teatro mantiene su posición hostil a una corriente ideológica que pretende transformarlo todo, desde la educación a las modas de vestir. Advierta el lector que no nos estamos pronunciando en favor de una tesis moral, sino que nos limitamos a defender lo que ya ni se discute siquiera en el más ol jscuro rincón del mundo: el libre examen de lo que piensan y sienten grandes núcleos humanos separados de nosotros por el muro del idioma. Conocer no es asentir. Hablando el otro día con una dama muy inteligente, me decía: -H a sido preciso el cambio de política para que se nos revelase en toda su desnudez lo que persiste de incivilizado en nuestro pueblo... -Señora, gran parte de la responsabilidad de ese atraso es de nuestras clases d i rectoras, que han tenido al pueblo sujeto al parvo régimen de pan y catecismo. L a inteligencia es más ambiciosa. H a y que darla algo más en la escuela y en el arte, y, sobre todo, en la relación de unos seres con otros. E s un error el creer que porque la revolución no ha estallado con la violencia homicida que alcanzó en 1793, no existen en la sensibilidad popular los gérmenes rencorosos necesarios para producirla. ¿Qué escollera o qué dique podríamos oponer a esa corriente, capaz de amansarla? Usted me replicará tal vez, y yo me rendiré a su parecer, que es preciso restaurar la cen ciencia religiosa. Que hay que volver a Cristo, cuya doctrina hemos abandonado. De acuerdo. ¿Pero quién debe reanudar esa ruta? ¿E l pueblo sólo? ¿Está usted segura, de que las clases ricas, los privilegiados de Escena final de L a razón del silencio, comedia de Manuel de Góngora, estrenada con extraordinario éxito en el teatro Eslava, de Valencia, por la compañía Pino- Thuillier. (Foto Barbera Masip. Una escena de ia comedia, en tres actos, U n pare de familia, original de Carlos Soldcrila. estrenada con. mucho aplauso por la compañía l ila- Daví en el Romea, de Barcelona. (Foto Torrents.
 // Cambio Nodo4-Sevilla