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La presidencia del duelo en el entierro del guardia de asalto Juan Antonio Estera, y desfile de los compañeros del finado. (Fotos Días Casariego. sobre los tejados: las nubéculas que se escapan del cuz- cuz y las que. brotan del hogar encendido con las ramas que acarrean estas mujeres que vemos a lo largo de l a carretera, los pies desnudos, las piernas protegidas por toscas polainas de cuero y dobladas por la cintura, en ángulo recto, en escuadra, para ofrecer toda l a espalda como sostén del haz erizado y enorme. Larache. Una avenida alegre, limpia y ancha, para la gran parada de los chalets armoniosos, todos uniformados de blanco, con sus bandas de trepadoras- -verde y rojo- -y sus condecoraciones de tiestos en el pasador de las ventanas; todos en filas bajo el sol, la bayoneta de las chimeneas apuntando al ciclo. Y el mar, con la insinuación de sus mil caminos azules. Otra vez la verde llanura hasta A k a z a r quivir. Y a ú n no habíamos entrado en la ciudad cuando, en un campo que abre su polvorienta bandeja a la izquierda del camino, divisamos una muchedumbre apretada, cuajada toda ella en la blancura de los holgados trajes moros. U n son monótono, como de tambores, latía sobre aquella turba, y en toda ella no se podía ver un solo vestido que delatase la presencia de un europeo. Habíamos tenido la fortuna de encontrarnos con los hamatchas y los aissauas, individuos de sectas que practican ritos extraños y violentos. Sobre mesitas de feria, vendedores moros ofrecían golosinas diversas, en las que se iba posando el polvo, y que atraían por igual nubes de moscas y de chiquillos. L a multitud discurría por el campo con parsimonia oriental. Mujeres achaparradas entre la amplitud de sus mantos conversaban en grupos inmóviles, con el v e L hasta media nariz. Dos amplios corros, blancos de lienzo, como muros calcados, contenían separadamente a hamatchas y aissauas. Dentro de cada uno de estos corros treinta o cuarenta individuos se agitaban con frenesí, según el ritmo de una música primitiva. Sueltos o cogidos de las manos, brincaban incesantemente. Sus D E L DIARIO D E U N EXPLORADOR D E ÁFRICA Los hombres déla cabeza frenética U n verdadero explorador tiene que enrojecer un poco al confesar que avanza a ciento por hora, cómodamente instalado en un magnífico automóvil, por unas carreteras admirables, cruzando paisajes que bien pudieran ser de Andalucía. Hubiera preferido, naturalmente, el coche oruga y las arenas del Sahara. Pero esta parte del viaje oue me llevó de T á n g e r a A r c i l a de A r c i l a a Larache y de o r a c h e a A k a z a r q u i v i r quedaría eliminada de mi diario, porque no podría encontrarse en toda ella ni una de esas curiosas noticias ni uno de esos épicos matices que los exploradores tenemos el deber de regalar a quien, nos lea para alivio de su ocio sedentario y a l a ciencia para ensanchar sus dominios. Una ruta alquitranada y pulida, guardada en cauce de eucaliptos, parte con su negrura brillante el verdor de las tierras; blancos mogotes de cemento avisan las curvas peligrosas. Atravesamos ahora la parte m á s rica del Protectorado español y l a m á s pacífica. Y a es sabido que el resto de estas llanuras fértiles, donde el indígena, por v i vir bien, no tenía el menor deseo de convertirse en héroe, se lo han regalado a Francia la ignorancia, la inepcia y) a cobardía de nuestros políticos. Pero esto es demasiado notorio para que insistamos en ello. Anotemos ránidamente que mientras en la zona oriental- los escorpiones proliferan bajo los pedruscos que vigila nuestro Protectorado, aquí enverdece la tierra mantillosa y se adorna con el sprit de los árboles, y hay? n los pardos caseríos moros, festoneados de? iumbcras, el encanto de las aldeas tranquilas, con sus corderos sucios, sus chiquillas hidrófobos y l a tenue movilidad del humo cabezas caían hacia la espalda y se abatían después sobre el pecho en vaivén entusiasta y violento. Cráneos afeitados sobre rostros negros, blancos o de aceitunado color, i l u minados por ojos en los que brillaba u n tesc n supersticioso; facciones contraídas por la fatiga y por l a excitación, brazos desnudos de piel manchada por el, sol o por huellas de pústulas... Las mujeres entregadas a aquella danza sin fin, desmelenadas, h a c í a n ir su cabellera hacia a t r á s y hacia adelante en los rudos vaivenes de la cabeza, como un mazo de majar o como un abanico desflecado y sucio. Y esto un minuto y otro, y una hora y otra. Se adivinaba que aquella agitación hacia hervir un fervor tan sucio como sus cuerpos, mezclado con cólera y con ferocidad, y era un espectáculo m á s intolerable para los nervios el ajetreo enloquecido de las testas fanáticas, producía un vértigo m á s insufrible que el de caminar por el borde de un tejado. E l contagio de aquel movimiento tenaz se filtra al poco tiempo en el espíritu, y los ojos se obsesionan con él. Péndulos enérgicos, las cabezas van y vienen, rodando dentro de ellas no se sabe qué ideas- -como los dados en un cubilete- y parece como si al golpear en el interior del cráneo concluyesen por mancharse de sangre. Antes de que las autoridades españolas lo hubiesen prohibido, los hamatchas, en el paroxismo de sus danzas, arrojaban al aire hachas afiladas, mazas picudas, piedras, que después recibían sobre los parietales y que a veces les causaban heridas de muerte. Con la sangre empanando las facciones desencajadas, los roncos alaridos y aquel sordo tum- tum del tambor que acompasa el delirio, el cuadro debía tener proporciones m á s trágicas. Entonces era peligroso para cualquier europeo el encontrarse en la vecindad del grupo sectario, y m á s de uno de ellos sufrió agresiones terribles. A ú n hoy no es tranquilizadora la permanencia entre las filas de impasibles curiosos que asisten a aquel bamboleo irresistible de c r á neos en la apasionada zarabanda con que se les antoja halagar a su dios. Hubiese querido presenciar cómo los aissanas al final- de su epilepsia desgarran vivo al cordero propiciatorio para repartirse y devorar su carne caliente aún, cruda y sangrante, arrancada con los garfios de los dedos agitados por la ansiedad religiosa. H u biese también querido irrumpir en el grupo con las manos extendidas para sujetar aquellas cabezas perturbadas y perturbadoras y sujetar la mía, ya marcada, y llamar a don Fernando de los Ríos para mostrarle aquél gentío inconcebible y gritarle: ¡Atrápeme usted a estos hamatchas, que se nos han evadido de la ley que prohibe exteriorizar los cultos! Pero el día iba a morir y era preciso continuar el viaje. A pocos kilómetros de A l cazarquivir, en un panorama de colinas salpicadas de palmitos, en la frontera de l a zona francesa, llegaron las sombras como arrastradas por una cigüeña que planeaba en lo alto el largo cuello hacia Poniente y llevando en las patas recogidas las riendas de la noche. U n crepúsculo melancólico se extinguió solare los barrancos húmedos, y en la cumbre de un cerro lejano una nube larga y roja quedó largo tiempo encendida, clavada como un sable sobre el pelado cráneo de un hamatcha. Pasado Petitjean la recta de la carretera se pobló de misterio. Soledad, una inacabable soledad, y alguna vez, a derecha o i z quierda del camino, las tiendas de dos vertientes de los nómadas, con su luz mortecina, acobardada, que se filtraba en la tela obscura, y vagas siluetas de hombres sentados en cuclillas en torno del fuego. Y quietud en las tinieblas, que iba aclarando la luna. E l largo brazo de la carretera iba extendiéndose con nosotros hacia Fez. W. F E R N A N D E Z fez. FLQRB
 // Cambio Nodo4-Sevilla