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El monumento a Luis Vives, en la Universidad. de las más amplias aulas de n u e s t r a Universidad. Los bancos estaban todos ocupados, y aun hubo que. entrar algunas si l i a s p a r a que no se quedasen algunos de los oyentes sin asiento. L a lección se deslizaba en un ambiente de recogimiento y de compenetración entre p r o f e s o r y discípuloss verdaderamente admirables. Allí v i b r aba solo el pensamiento, d e s l i g a d o por c o m p l e t o de toda vida e x t e r i o r De pronto, ocho, diez, no sabemos exactamente el n ú m e r o de j ó v e n e s vestidos todos con el h á bito t a l a r se l e v a n t a n de s u s asientos, como movidos por un resorte eléctrico, y abandonan el local. E l maestro q u é d a s e unos segundos perplejo, i Q u é h a b i a sucedido? se pregunta. ¿A l g u n a idea, alguna palabra, quizá? Y contrariado, c o n t i n ú a su doctísima explicación. Eugenio d Ors, con varios miembros de la entidaa AmiA l día siguiente gos de Líiis Vives visitando el jardín de Monforte, verse supo todo. Aquedadera maravilla de la época romántica. llos jóvenes pertc- necen a una institución fundada por el arzobispo de Valencia, cuchar sus sabias enseñanzas. Entonces conocido con el nombre del patriarca Ribera, Eugenio d Ors tuvo uno de esos grandes que tiene, entre las estrechas reglas de su orrasgos que tanto le enaltecen; a partir de ganización, una que no les permite regresar aquel día repitió la lección para los colea su Colegio ya dadas las ocho de la noche. giales del patriarca. los buenos muchachos al dar esta explicaT. L L Ó R E N T E F A L C O ción al maestro se daban de no poder esValencia. v Vi I Banquete ofrecido a Eugenio d Ors por los Amigos de Luis Vives y algunos admiradores del maestro. (Fotos Barbera Masip.
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