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POR PAUL BOURGET (Pe la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) Hubo en esta exclamación uña seriedad tan triste y un espanto ían doloroso, que D a r r á s dejó extinguirse la conversación, creyendo haber visto una nueva señal de indestructible duración del primer matrimonio a través y a pesar del segundo. H a b í a bastado que aquel abyecto Chambault estuviese en peligro de muerte para que su hijo recobrase l a ternura de l a lejana infancia hacia aquel padre degradado. ¿Sucedería lo mismo con Gabriela? L a idea de la muerte de aquel hombre, con quien había vivido cinco años, ¿despertaría en su mente imágenes que resucitasen su recuerdo? D a r r á s se estremeció al pensarlo, sin sospechar que las emociones de aquella mujer poseída de una incurable nostalgia de las cosas religiosas eran de otro orden. Pero no las hubiera detestado menos. A l saber que aquella existencia á e excesos iba a apagarse, surgió en el pensamiento de Gabriela la idea del otro mundo. ¿E n qué condiciones iba a afrontar el juicio de ultratumba- aquella alma degradada? H a b í a imaginado distintamente la habitación del agonizante, con su hijo, Berta, el médico- ¡y ningún sacerdote! ¿Quién habría pensado en llamarle? N o habrían sido esas tres personas n i el enfermo mismo, y no había ningún pariente próximo que le hiciera el supremo servicio de asegurarle el perdón que la bondad de Dios reserva hasta el último minuto... ¡N i n g ú n pariente p r ó x i m o ¿Y e l l a? L o que dijo a D a r r á s cuando se le escapó por fin su secreto no había sido dictado por una exaltación pasajera. Ante el Dios cuya justicia nadie recordaría al moribundo, seguía ella siendo l a mujer de aquel desgraciado. S i a alguien i n cumbía el procurarle l a gracia de los sacramentos era a ella. S í pero ella llevaba el nombre de otro... vivía con otro... era legalmente l a mujer de otro... y amaba a otro... Gabriela miró a ese otro teniendo entre los labios la súplica de que la dejase i r a allí de donde él v e n í a pero se sintió incapaz de formular esa petición y, sobre todo, de confesar el motivo... Gabriela se calló... Pero, entre tanto, las horas pasaban y al día había sucedido la noche... Alberto y ella estaban frente a frente en el despacho que los había visto pasar veladas tan taciturnas. E l no levantaba los ojos de u n trabajo que parecía absorberle... E l l a añadía puntadas y puntadas a su bordado... ¿S e r í a tiempo todavía de hablar... ¡P o c a s horas... ¡D a r r á s había dicho: pocas horas ¿C u á n t a s habían pasado ya... Iban a dar las doce... E r a inútil hablar aquella noche... Pero m a ñ a n a temprano hablaría, y si no tenía valor para ello saldría sin hablar e iría a buscar al padre Euvrard para llevárselo a la calle de Francois I Se acostó con esta resolución y esta esperanza, y por la m a ñ a n a l a despertó una esquela de su hijo, que d e c í a M a m á M i padre ha muerto esta noche. Necesito verte y hablarte, porque así me lo ha pedido él que lo haga. Según su voluntad, sus exequias se h a r á n en el panteón de familia, en Villefranche- d Aveyron. A mi vuelta te pediré que me recibas. Soy muy desgraciado y te quiero mucho. Piensa, que no tengo a nadie más que a t i Y había firmado como en la n i ñ e z Tu pequeño u ¡A h! -g i m i ó Gabriela- ¡S i hubiera hablado a y e r ¡S i hubiera i d o Podía haberle salvado y no lo he hecho... ¡A h o r a sí que estoy perdida! ¡Y o era su muier y soy l a culpable... CX UN ADIÓS Este remordimiento, a l menos, no debía mortificar a aquella alma atormentada por tantas desdichas, cada una de las cuales había aumentado su fe, por creer que era consecuencia directa del gran error de su vida. P o r instinto, había practicado el consejo de un padre de l a Iglesia, que. es, según Joseph de Maistre, una de las frases m á s hermosas salidas de boca humana: ¿Vis fugere a Peo? Fuge qd Peum iQueréis huir Dios? Hujá ha- cia D i o s L a prueba de haber contribuido, por falta ele un ppco de valor, a la perdición eterna de un s r con quien le unía el m á s e solemne de los juramentos hubiera sido superior a sus fuerzas. Así lo comprendió l a pobre mujer y trató en seguida de averiguar si tendría que soportar ese peso en l a conciencia ¿Q u é medio tenía? S u hijo se iba a marchar a Villafranche, si ya no se había marchado. ¿P o d í a ella, además, irle a buscar a casa de Chambault, corriendo el riesgo de encontrarse allí con una Berta Planat... ¿E s p e r a r í a que se hubiesen llevado el cadáver para i r a preguntar a los criados? Después de m i l proyectos, escribió al general Tardes, un primo del muerto, con quien ella se mantenía en buena amistad. Cuando vino l a respuesta, D a r r á s y Gabriela estaban comiendo, y ésta no podía disimular una ansiedad cuyo motivo no sospechaba su marido. F u é para Alberto un golpe en el corazón el ver a Gabriela estremecerse y temblar un poco cuando el criado le entregó un sobre y dijo quién lo enjiaba. E l sobre contenía una tarjeta de Jardes con unas palabras y la esquela de defunción de Chambault, en la que se veía l a frase asistido de los sacramentos de l a Iglesia U n a reminiscencia de la piedad familiar había hecho desear al moribundo ser enterrado en el panteón de los suyos y acabar como acabaron sus padres. Sucede con frecuencia, precisamente en estos retoños degenerados de una larga línea de creyentes, que en el momento supremo se despierta en. ellos el cristiano, por un fenómeno en el que se puede ver una prueba, entre otras mil, de la gran ley de l a reversión. L a familia es una, y ciertas gracias concedidas a un descendiente degradado de una raza piadosa atestiguan tan claramente esa unidad como las desgracias que afligen a los herederos virtuosos de una sangre culpable. Son éstas unas evidencias poco inteligibles, pero menos aún lo serían sin ellas ciertos misterios de l a vida humana. Aquel hombre cínico y vicioso, puesto al corriente de l a gravedad de su estado por l a consulta que siguió a l a visita de D a r r á s o acaso por esta misma e x t r a ñ a visita, pidió un sacerdote y fué administrado. Así lo atestiguaba l a esquela de defunción, con esta otra nota: L a inhumación se verificará en el panteón de familia que acababa de dar al fin de aquel hombre envilecido una dignidad de que habían carecido sus costumbres... Aquello alivió un terrible escrúpulo de Gabriela, que se conmovió m á s profundamente porque sentía pesar sobre ella la mirada interrogadora de Alberto. L a esposa puso la carta en la mesa, en lugar de entregársela, y la comida se acabó sin hacer ninguna alusión al incidente. E l nombre del general, la forma del papel y su orla de luto no permitían la menor duda, y D a r r á s que veía aquella esquela de muerto manchar su mesa de familia, al alcance de Juana, pensaba: -E s la esquela mortuoria de ese miserable; no eabe duda. ¿P o r qué Jardes, que ha sido siempre tan correcto conmigo, se la envía, a Gabriela... ¿P o r qué está tan turbada... L a respuesta a esa pregunta debía tenerla por l a noche, después de haberse mortificado el corazón con la dura sensación del otro matrimonio, siempre real y siempre presente. Pero p o r muy amargo que le fuese el atribuir l a turbación de Gabriela a l recuerdo de un odioso pasado, acaso l o hubiera preferido a la verdadera explicación. A l bajar del cuarto de Juana a su gabinete, le dijo Gabriela: -N o te he hablado en l a mesa de l a carta de Jardes a causa de Juana. Siempre tengo miedo de que adivine que vivía el padre de Luciano cuando me casé contigo. -T u correspondencia te pertenece; ya l o sabes... -respondió simplemente D a r r á s -Quiero que leas esta carta- -insistió Gabriela- N o quiero que ignores nada de lo que hago... H e comprendido en l a expresión de tu cara que habías adivinado a c ¿aién se refería esta es Se continmrA,
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