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N U M E R O EXTRAOR. DIN ARIO 2 C E N T S 0 AÑO V 1 GESIMOCTAVO. S S 5 NUMEROEXTRAORDINARIO 2 C E N T S 0 AÑO V I G E S I M O C TAVO jg g SOMBRAS: del gran siglo eri la Corte de Francia no hay acaso ninguno, aparte el del Soberano, que se encuentre con mayor frecuencia en los l i bros y folletos escritos en la época y en los siglos posteriores. Y las más veces es con elogio de sus cualidades y con lástima de su fin. Nos extrañaría esta casi unanimidad en el juicio favorable sobre una persona para la que aun el pensamiento más benévolo no rechaza el adjetivo de ladrón u n i d o a su nombre, y nos asombraría aún más esta popularidad en vida y postuma de quien, al tomar para sí lo que no era suyo, no lo hacía con el arrogante gesto de salteador de caminos que expone su vida o con la sutileza del estafador de grandes vuelos que muestra su g r a c i a maneras que, al fin, como en un Diego Corrientes o un Candelas, llevan a la fama, aunque por caminos de travesía. Pero sabemos que Fouquet fué liberal con los escritores, que son los que confeccionan las vestiduras con que se penetra en la mansión de la inmortalidad. Nicolás F o u q u e t era hijo de un intendente de la Marina del tiempo de Richelieu, quien, dejando el libro de Caja por la toga, había llegado, después de pasar por el Parlamento de Retines, a los Consejos del Rey. Nicolás fué el tercero de sus trece hijos, y a los dieciocho años había alcanzado ya el puesto de consejero en el Parlamento de Metz. Más tarde, próximo a. la cuarentena, Mazarino lo nombró superintendente de Hacienda. La codicia del cardenal italiano y su poco respeto por los números fueron una escuela desconsoladora para las, acaso, buenas intenciones de Fouquet. Francia sostenía frecuentes y costosas guerras, que se prestaban a cálculos ventajosos para los encargados de administrar la Hacienda, y Mazarino era un gran enamorado. de las sedas, los terciopelos, los libros y de algunas otras cosas que no podían catalogarse entre los pecados veniales de un señor cardenal; pero, sobre todo, era un apasionado del oro por el oro mismo. Fouquet fué durante mucho tiempo el canalillo por donde llegaba a las gavetas cardenalicias el caudal de las exhaustas bolsas NICOLÁS FOUQUET rar que estas dádivas últimas constituyeran en modo alguno premios a la virtud. E l señor superintendente, que era harto descuidado en hacer constar los ingresos en las arcas reales, no se olvidó nunca de consignar los gastos de estas partidas, y cuando fué preso y descubierto tan extraño libro de Caja, por todo Versalks cruzó una o l a de zozobra y. de rubores, que a n g u s t i ó los corazones y pintó de azucena o de carmín el rostro de las damas. Pero Luis X I V era galante y caballeroso y mandó destruir. el manuscrito. E n más de una ocasión, Colbert, intendente particular de Mazarino, le h a b í a descubierto las extrañas artes de hacendista que adornaban a Fouquet; pero el cardenal no creía conveniente para su reposo desatar lenguas que pudieran hablar más de lo que se les pidiera. Fouquet, si no tenía grandes conocimientos en el arte de administrar caudales, los poseía vastos sobre las debilidades del primer ministro de Luis X I V y con ello se hacía intangible en tanto durara la vida o el poder de Mazarino. Desgraciadamente para Fouquet, el cardenal murió, y en el último instante de su vida hizo don al M o narca de dos buenos consejos, que fueron como dos flechas lanzadas al corazón del superintendente: que reinara siempre sin primer ministro y que encargara de la H a cienda a su empleado Colbert. Este era sobrio, honrado y hombre de números sin odiar a Fouquet, detestaba sus irregularidades y su fasto. E l superintendente encontró en el nuevo consejero el más temible de los enemigos: el enemigo sin ira y sin pasiones; frío y meticuloso. Pero su caída no la precipitaron aquellos estados que Colbert presentaba al Monarca para que, contrastados con los de Fouquet, mostrasen el impudor con que el superintendente robaba al tesoro real, sino los celos. Celos injustificados de hombre que se imagina que otros ojos se posaron con complacencia en. el objeto amado; celos justificados del Monarca, a quien aún se le juzga niño y se presente deslumhrarle con magnificencias superiores a las i- egias. Fouquet comete a la vez dos faltas: ofre- E NTRE los nombres BOURDON RETRATO D E FOUQUET francesas; el procedimiento le era indiferente a Su Eminencia con tal de ver colmados sus deseos. Cuando el señbr superintendente se cansó de guiar sus caudales para regar predios ajenos, los guió hacia su propio huerto. Se enamoró también, a ejemplo de su señor, de los bordados y de las obras de arte; pero sé permitió ir más allá que el cardenal mismo en su pasión, por las construcciones espléndidas, dé L a Vau, por las decoraciones deliciosas de Le Brun, por los jardines amanerados de Le Notre y por los agraciados rostros del Buen Dios. Con el trato continuo a través de los años había llegado Fouquet a tal confianza con los caudales públicos, que los amaba como a cosa propia, y los empleaba según este criterio suyo. Más liberal que Mazarino, no los atesoraba en monedas, sino que los repartía entre artistas y nobles de poca fortuna; también eran frecuentes sus dádivas a favor de las damas de la Corte; pero aun el más aficionado a su persona, ni el más ensalzador de sus liberalidades, se atrevió nunca a asegu-
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