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C L A U S T R O D E L M O N A S T E R I O D E I U P I A N A (LITOGRAFÍA D E VILLAAMIL, D E U N D I B U J O D E VALENTÍN CADERER. A) C hondamente de los doctos, tal vez más fuera que en España, y muy poco de las gentes no iniciadas, existe a unas leguas de M a d r i d este bello lugar, arca guardadora de l a tradición y origen de la Orden religiosa más español a los Jerónimos. Él Monasterio, que por su maravilloso emplazamiento recuerda los palacios principescos y cardenalicios de la medieval Italia, conserva, embellecido por eí prestigio del tiempo, el carácter de santo recogimiento y amable reposo con que surgió a la vida. Jbstá formado por varios edificios nacidos en distintos momentos, pero que guardan unidad, agrupándose formando un todo, de tal manera, que al exterior podría decirse que fueran obra de la misma época, y aun de la misma mano, como lo son del mismo designio. Alrededor, un parque luego, las tierras de pan llevar, y esto es todo. U n viejo parque, más bello desde que fué abandonado a si mismo, en donde la hierba crece sin concierto y l a hiedra v a poniendo la verde túnica a los árboles que le pueblan: castaños y robles y alguna vez la elegancia suprema de un ciprés junto a tina fuente, porque el agua brota insospechadamente de todas partes y las cascadas se i m provisan, deslizándose por los distintos planos colgados, ya que de un verdadero pensil se trata por su altura sobre el camino. Guardando al parque, un grueso muro de granito, al que dan abolengo la belleza añosa del musgo y las plantas trepadoras; muro que es balcón sobre el valle, en cuyo fondo se divisa la hurgada, en donde la iglesia, blanquecina, resalta entre los tejados, rojos, y l a tierra. ONOCIDO parda; y más allá, sobre un altozano, el encanto místico de una ermita, u n a suprema paz triunfa sobre todo y parece como si aquellas piedras venerables y centenarias y Ja misteriosa inquietud del parque pregonasen un noli me tangere... Cuenta el padre Sigüenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo, que, allá en tiempos en que reinaba en Castilla y. León el Rey D Alfonso X I aparecieron en E s paña unos peregrinos de hábito pobre, v i d a santa, humildes, penitentes, llenos de v i r t u des, vacíos de cuanto sabe a mundo o respecto- humano. Preguntados de la gente curiosa de dónde eran, a qué venían y cuyo era su intento, respondieron sencillamente que eran de Italia; su vida, de ermitaños, y sus intentos, ganar el cielo; fuéronse esparciendo por Castilla, especialmente por T o ledo, en las ermitas que hallaban en los l u gares apartados o en cuevas que ellos mismos fabricaban. Muchas personas acudieron de todas partes adonde estos santos varones se retiraron, no sólo para visitarles, sino para imitarles y hacerse sus discípulos. Y entre otros, fué llegado un principal hidalgo de la Casa del R e y D Alfonso y del príncipe D P e d r o Fernando. Yáñez de F i gueroa, al que pronto se unieron en el voluntario voto de toda renunciación D Pedro Fernández Pecha, camarero del Rey, y su hermano D Alonso, obispo de Jaén, nietos que fueron de un caballero de Siena, Pechi, venido de Italia acompañando al i n fante D Enrique, hijo del santo Rey don Fernando. N o fueron ellos solos en la pía intención de seguir el buen camino del d i- vino amor y, al cabo de algún tiempo y crecido el número, buscaron el apartado refugio en l a cima de este alcor de Lupiana, en donde Diego Martínez de la Cámara, tío materno de los Pecha, había ya de antes edificado una capilla dedicada a San Bartolomé en 1330. P a r a desmentir sospechas de herejía o de ociosidad, pidieron una regla al Pontífice, que les da la de San Agustín, bajo la advocación de San Jerónimo. A s í nace la españolísima Orden y así nace el Monasterio, que desde entonces va a ser l a Sede, como la casa matriz y decana que es. L a capilla ya era escasa y l a importancia de la O r d e n comienza a ser mucha. Se agranda y se mejora merced a las dádivas de. los fieles, a las que la piedad de los reyes castellanos no es ajena; a un edificio se une otro, y a éste otro más; levántase u n claustro pequeño y pobre, que en 1463 restaura el arzobispo Carrillo, y l a iglesia es embellecida con las cuantiosas sumas que para t a l obra cede la duquesa de A r joña. Andando el tiempo, la santa casa habíase de mejorar más aún con el famoso claustro, que iba a darle esa fama imperecedera de cosa única, y que constituye su mayor prestigio ornamental; luego, en fin, la iglesia de nueva planta, que el mismo H e r r e r a v a a remedar en su maravilla de E l Escorial, esbelta, plena de elegancias austeras, junto a la vieja torre almenada que es campanil y donjon; uniéndose, así, por caprichoso contraste, lo temporal y lo eternamente espiritual, ya que es templo y casa solar de señorío señorío que la Católica Majestad de Felipe I I concedió junto con el de P i n i l l a
 // Cambio Nodo4-Sevilla