Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Cuando el señor fué a retribuirle los servicios a su portera en el momento de la marcha se encontró atónito y perplejo, sin acertar con la forma, porque el escaso dinero que merecían le pareció ridículo para una familia qué sabia vivir con tanta dignidad encerrada en su portería, y la cifra que podría entregarles sin rubor también sería ridicula por desproporcionada ante la insignificancia de los servicios recibidos... Para salir del paso, y aprovechando la ocasión de ir en busca de otro regalo, el señor envió a su portera un soberbio ramo de flores (veinte pesetas) que llevó el botones de la tienda con una tarjeta acostada entre las rosas. Minutos después de haber enviado el regalo a su portera el señor estaba ya intranquilo y arrepentido, como quien ha cometido una incorrección; pero el hecho estaba consumado, y a fuerza de recordarlo logró su. pensamiento encontrar los canales de desagüe que le condujeron a la posesión de la verdad. Entonces muchas cosas que estaban olvidadas en su cabeza reaparecieron en ella con una fuerza extraordinaria. Era como si en su cabeza se hubiera hecho la obscuridad que da relieve y fuerza de vida a las imágenes cinematográficas proyectadas a plena luz... E l señor recordó a todo lo que su portero le había obligado inconscientemente durante año s y años... Le había obligado a afeitarse muchos días que hubiera preferido no afeitarse por falta destiempo o por falta de resignación, le había obligado, al encontrarse por las mañanas frente al cuello almidonado e impecable de Pedro, a subir a la casa para cambiarse el suyo. imperceptiblemente rozado; le había obligado a perseguir con tenacidad maniática las leves manchas que caían en sus trajes; le ha- bía obligado a no silbar cuando bajaba las escaleras, a pesar de constituir aquello uno de sus vicios más arraigados y uno de sus placeres favoritos... En suma, le había obligado a una etiqueta forzada que no hubiera logrado imponerle el más exigente círculo social. Por estos recuerdos y sólo por ellos se dio perfecta cuenta de que sus inquilinos abandonaban la casa por no poder resistir la mareada superioridad del portero, que les hacía sentirse cohibidos en sus propios hogares y como avergonzados de ocupar un sitio que no les correspondía. Su casa- -ahora lo comprendía bien- -era la tiranía del hotel permanente. Su primer impulso fué despedir al portero, pero, no tardó en recordar la falange de admiradores que tenía y lo difícil que era expulsar a un hombre sólo por haber llegado al máximo de perfección en s u oficio. Sobre todo pensó que no sabía cómo justificarse ante los demás ni ante sí. mismo si despedía a. aquel portero que constituía la envidia de sus amistades y el amolde su casa, que se sentía orgullosa de aquel guardián entre todas las otras casas vecinas. Renunció, pues, a despedir a su portero, y como no tenía otra solución, cuando regresó del veraneo puso en venta la casa. Sólo entonces comprendió bien el valor de Pedro, porque todos los posibles compradores le preguntaban: ¿La vende usted con portero o sin. portero? Y al contestarles que con portero, el señor veía aumentar las ofertas y subir el valor de la finca... De tal forma le llovieron las ofertas. que ante la infinidad de compromisos tuvo que elevar el precia del inmueble repetidas veces, y puede decirse que, de haber tenido paciencia, hubiera cobrado por la casa exactamente igual que si hubiera vendido la. manzana entera a la que pertenecía. Pedro no se inmutó lo más mínimo por la venta. Sabía que la propiedad se transfería con su propia persona, y a él lo que le importaba era continuar en la casa, que con los suyos cuidaba y recuidaba como si fuese prop ia. E l mismo cuidado y afecto pondría en servir al nuevo dueño que al. dueño anterior, porque él, en realidad, a quien servía no era a tal cual señor, sino que servía a la casa misma al servir a su dueño. L a nueva propietaria fué una marquesa reciente que no podía aguantar las ordinarieces de su desastrado portero y que había suspirado muchas veces al pasar frente al portal de Pedro y encontrarse con aque- lia arrogancia de portero que sabía abrir las portezuelas de los automóviles como si fuesen carrozas del siglo xvnr. La marquesa sabía bien que su nuevo portero iba a aumentar el brillo de su marquesado con esplendores que ni ella misma podría prestarle, y sabía también que aquel hombre se convertiría, además en algo así como en la solera de corrección y servicialidad que le permitiría tener siempre magníficos criados. El día en que la marquesa tomó posesión de su nueva casa el portero no vario lo más mínimo ni su gesto ni sus ademanes. Como siempre, baldeó los patios interiores á primera horai limpió después el polvo, electrizando de cosquillas la arquitectura; fregó los portales hasta hacerles cegar y se puso la librea a la hora exacta, esperando el momento de apretar los botones del ascensor con una maestría que sólo podría compararse a la de un virtuoso del acordeón. Cuando, a primera hora de la tarde, le llamó su nueva señora, subió al piso por la escalera de servicio- -naturalmente- como premiando con su presencia con el uniforme de gala aquella parte más pobre y más triste de la casa. Quedó el portero frente a la marquesa, con la gorra acostada en el antebrazo, apenas inclinado unos rriilímetros, en espera de las palabras, con los ojos perdidos en. no se sabía qué lejano punto. Con atención exquisita escuchó a su señora: -Usted, Pedro, tengo la seguridad que no ha sido siempre portero, ¿verdad... Aseguraría que en otras épocas de su vida usted ha gozado de otra posición... Quizá, quizá hasta haya pertenecido a una elevada clase social... No sólo hay duques ocupando un puesto humilde en París. ¿No es cierto, Pedro? Pedro se irguió hasta salvar el desequilibrio de los escasos milímetros que le tenían inclinado hacia adelante, recuperó sus ojos, hasta ponerlos al nivel de los de la reciente marquesa, y con voz Respetuosa, pero estallante de orgullo, se limitó a decir: -Y o soy hijo de porteros, nieto y bisnieto de porteros, soy padre de porteros y seré abuelo de porteros... Para servir a la señora marquesa. 1 SAMUEL R O S (Dibujos de Ferrer.