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LOS ÁNGELES, CIUDAD EN PROPOSITO la ciudad que m á s rápidamente ha crecido en el mundo, sorprendiéndose a sí misma cada día con algún nuevo retoque de treinta pisos. Quizá porque se ha derramado más que crecido o, más aún, desbordado, Los Angeles es una ciudad sin hacer. Algún día h a b r á que pensarla y que hacerla, porque las ciudades se piensan primero y se hacen después, no se acumulan ni se superponen. Es necesario un poco del sentido ciudadano de los romanos y del sentido jardinero de los franceses. (í No es por su desorden por su impremeditación amontonada, por lo que Los Angeles ha recibido, probablemente de sus cercanos enemigos, el título de Seis s u burbios en busca de una ciudad? Los españoles, allí mismo, donde desemboca el valle de San Fernando, f u n d a r o n un pueblo, hace ya muchos años (tantos, que hace unos meses se celebró el C L aniversario) E l pueblo de Nuestra Señora de Los Angeles de La Porciúncula. Este pueblo, a orillas de un río sin agua, como los más auténticos ríos de España, tenía muy pocas calles, una iglesia y una plaza grande. No se puede fundar mejor. De un pueblo pequeño con una plaza grande, se puede hacer, algún día, una gran ciudad. De donde no hay plaza es de donde no puede salir nada, y menos que nada una ciudad, alicortada, desorientada, dispersa, entre calles y calles sin concierto. v Q UIZA porque es E L BARRIO COMERCIAL (Trazar una linea recta interminable, no es, ni mucho menos, trazar una calle. Una calle ha de ir a algún sitio y ha de venir de algún sitio también. H a de tener pies y cabeza, y ha de ser corta. Desconfiamos de. las calles demasiado largas. Una calle que va a parar al campo, que se convierte en campo, es una calle sin urbanidad. Los Angeles, en su crecimiento tumultuoso, se ha olvidado de la lección. L a plaza vieja está, a un lado, entregada a la siesta de los mejicanos, a gentes de bronce, sin trabajo, de Jalisco, de Guanajato, de To- en- H A L L (AYUNTAMIENTO) rreón, y al convencionalismo mercantil de los japoneses, a los kimonos de seda artificial, falsas porcelanas y sonrisas auténticas. Los americanos bajan algunas noches, con timidez sonriente, a hacer un poco de fácil turismo y embocan, desde la plaza de provincia española, la calle Olvera, jirón de Méjico, cargada. de música de jarabe, de lozas de Guadalajara, de puestos de nieve y de humo de enchiladas. En tan gran ciudad, no hay. después, sino otra plaza, al descubierto de unas calles cruzadas, dispuesta, de prisa, para cumplir con la imperiosa necesidad de dar bancos a los ociosos, estatuas a los soldados y palomas, que es siempre el tiltimo recurso sentimental ¡e los Municipios. Plaza Ba. aire de plaza y con espacio de solar. síaShombre y sin motivo, porque no basta c o dejar de edificar unos cuantos pies cuaáliidos y decir Ahí va una plaza Las misf s calles pasan. a su lado, sin cruzarla, con la indiferencia comercial de sus luces. Los tranvías la rozan, los humos la cubren. Es una plaza que no está, como tal plaza, en la conciencia de nadie. (Además, a las plazas se ha de entrar, que yo sepa, por calles que se abren derechas a! corazón. A esta plaza de Los Angeles siempre se la coge de lado y, por 1o tanto, a un lado se queda. Y no hay más. Calles y calles, trazadas a cordel, que se cruzan con precisión. Las de uri lado, para no pensar, se numeran desde el uno al infinito. Las transversales tienen nombres improvisados, accidentales. De allí, las casas, entonces, a crecer, a hacerse grandes. Pisos y más pisos. Grandes cinematógrafos anidados, dentro. Grandes almacenes, grandes Bancos, grandes hoteles, a toda prisa. Un aluvión de actividades. Las calles, de golpe, se han llenado de. gente, como si fuese a llegar Lindbergh de un momento a otro. Los automóviles (uno