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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) quela mortuoria. Jantes me la envía porque le he manifestado recelos sobre un punto en que podía estar comprometida mi responsabilidad... Pero lee... La tarjeta del general sólo contenía dos palabras para decir a Gabriela que encontraría en la papeleta el dato que deseaba. Y en efecto, la línea referente a los sacramentos estaba subrayada con lápiz. -Sí- -prosiguió Gabriela- me dijiste ayer, que estaba en peligro, y como suponía que ninguno de los que rodeaban a aquel desgraciado llamaría a un sacerdote, tuve la idea de pedirte que me dejases ir a hacerlo... No me atreví, y cuando supe esta mañana la muerte, me eché a temblar... No acabó, porque Darrás la estaba mirando con una expresión tíe infinita angustia. -Tú no piensas eso seriamente- -düo- Dime que no lo piensas. ¿Qué? -Que la presencia de un sacerdote a la cabecera de un moribundo cambie en nada la suerte que le espera en el otro mundo, Si lo hay. -Bien sabes que sí lo hay, amigo mío; bien sabes que sí. -No sé nada más que lo que está establecido científicamente. Fero admitamos un instante que ese mundo existe. Admitamos un juicio después de la muerte, aunque esa idea de una prima ofrecida a la virtud sea la destrucción de la moral superior. Ese juicio, para ser equitativo, debe referirse a la existencia entera. ¿En qué puede ser modificado por los gestos y las palabras de un hombre con sobrepelliz al lado de un semicadáver que apenas conserva conocimiento para pensar ni aliento para hablar? -Basta que pueda arrepentirse y unirse por su sacrificio a los méritos del Salvador... Es toda la fe cristiana ese rescate de los pobres pecadores por los dolores que sufrió por- nosotros el Hombre- Dios. Los gestos y las palabras del sacerdote no son más que los medios del sacramento. ¡Oh! -exclamó Gabriela con exaltación- tú que tanto gustas de las ideas elevadas, ¿por qué no admiras al menos ésta, aun sin creer en ella? Esa bondad de Dios siempre pronta a perdonarnos con tal de que lo pidamos en nombre del Justo. que murió por nosotros y por el que vivimos... -Vivimos por nuestra conciencia- -interrumpió Darrás- ¿Me preguntas por qué no admiro esa idea aun sin creer en ella? Pues porque es la negación de la conciencia, precisamente. Ese Salvador, como tú dices, es la víctima substituida, es decir, el dogma de la injusticia. -No- -exclamó Gabriela con más pasión todavía- es el dogma del amor, del amor infinito. -No discutamos, amiga mía... -dijo Alberto. Después de un rato de silencio, cogió las manos de su mujer y añadió en tono de tierno e indulgente reproche: -i Qué felices éramos cuando pensábamos lo mismo... ¿No echas de menos aquellas veladas en las que no decíamos una palabra que no tuviese su eco en la inteligencia y en el corazón del otro... Entonces nos amábamos... -Pensaremos otra vez lo mismo en todo- -respondió Gabriela con entusiasmo- Estoy segura... Y entonces estaremos en la verdad... En cuanto al amor, te he probado cuánto te, amaba, pero pronto te amaré como jamás te he amado, porque entonces tendré derecho a ello... ¿Qué significaban exactamente esas obscuras palabras? Darrás tuvo miedo de comprenderlo y no provocó una explicación que Gabriela no le dio. E l impulso que le había llevado hacia su mujer estaba disipado, y Darrás dejó caer aquellas manitas febriles que acababan de oprimirle las suyas con una presión no tanto de amor como de conquista. La implacable aversión que le inspiraban las creencias representadas por la Iglesia había fermentado en su corazón ante la evidencia de que la crisis religiosa de su mujer no consistía en un terror pasajero ocasionado por los sucesos de aquellos días, sino que tenía delante de él la fe, o sea el fenómeno moral más irritante y más incomprensible para las inteligencias como la suya. L a lucha entre las especies, esa inflexible ley del universo animal, tiene su correspondencia exacta en el mundo de las ideas. Ciertas mentalidades constituyen verdaderas especies intelectuales que no pueden subsistir al lado de otras. Para ellas, encontrarse es atacarse y desgarrarse. Las convicciones que parecen más abstractas son principios vivientes prontos a desplegar contra los principios adversos una energía destructora. Y ese apetito de combate llega a poner en juego a toda la persona. En realidad, dos personas que piensan de un modo opuesto sobre ciertos puntos esenciales, llegan a odiarse, aunque se amen tan tiernamente como Gabriela y Alberto. Este sintió despertarse en él la hostilidad casi cruel del primer día, pero tuvo aún fuerza para dominarse. ¿La tendría cuando su mujer formulara en términos concretos la exigencia oculta en sus vagas palabras? Darrás temió que la formulara, desde luego, y, para evitarlo en aquel momento en que era apenas dueño de sí mismo, salió de casa sin que. ella tratase de detenerle. Mientras Alberto andaba por las calles engañando por una marcha forzada la agitación viole- nta que le había producido aquel breve coloquio, Gabriela, con las manos cruzadas en el bastidor, se preguntaba cuándo tendría valor para pronunciar cierta frase. La muerte había libertado a la divorciada del antiguo lazo y podía casarse religiosamente con Alberto. E l obstáculo insuperable había desaparecido. ¿Era posible que se negase el padre de Juana, que había permitido que su hija se educase católicamente? Gabriela se respondía que no, pero el temor le oprimía el corazón... ¿Qué iba a ser de ella si rehusaba... La sensación, común a los dos, de que una de las bases esenciales de su vida se había modificado por la muerte del primer marido, suspendió por unos días la discusión inevitable sobre el matrimonio religioso. Ese aplazamiento no procedía en uno y en otro de la misma causa. Alberto no podía provocar una conversación que suponía que aquel suceso había modificado sus relaciones con su mujer, lo que su orgullo no podía admitir. Para él Gabriela había sido su mujer viviendo Chambault y seguía siéndolo después de muerto. No era la viudez lo que la había hecho libre, sino él divorcio. Gabriela, por el contrario, acababa de ser libre a sus propios ojos por la viudez y había salido de- aquel equívoco del divorcio que tanto le hacía sufrir. ¿Salido... No por completo, puesto que su matrimonio con Alberto, era sólo civil y nulo para su conciencia actual. L a idea de estar casada con aquel hombre amado por el único vínculo en que ella creía, la inundaba de una esperanza tan dulce que le daba miedo. Deseaba tan vivamente obtener de él ese consentimiento, que no se atrevía a pedírselo. ¿Por qué... Hombres que no creen consienten todos los días en casarse cristianamente con una joven que no consentiría de otro modo en ser su mujer, y no se creen deshonrados por eso. Gabriela hacía este razonamiento para creer que lo mismo sería con Darrás. Pero después, conociendo aquel carácter, veía la incertidumbre de tal analogía tratándose de él, y la perspectiva de la resolución que tendría que tomar si Alberto no quería regularizar su unión la llenaba de espanto. Durante la semana que transcurrió entre la partida y la vuelta de su hijo, todas las mañanas dejó para la noche y. todas, las noches para el día siguiente aquella batalla decisiva, excusándose su debilidad por las dificultades con aquel hijo, suspendidas por su viaje a Villefranche. Luciano le Se contmuaré.
 // Cambio Nodo4-Sevilla