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ABC en Nueva Y o r k E l g o b e r n a d o r d e l E s t a d o d e f liaera Yor- lc, R o o s e v e l t c a n d i d a t o a l ap r e s i d e n c i a d e l o s E s t a d o s Unidos, e s n h o m b r e i n t e l i c y e n t e simpático, y n a c e i m p o r t a n t e s d e daraciones para A B ívada una herradura con los extremos hacia a r r i ba. Entro. E l gobernador, M r F r a n k l i n D Roosevelt, sentado detrás de l a mesa de su despacho, me saluda amabilísímamente. M e ofrece un asiento junto a él y lo observo. E s un hombre de cincuenta años, con el pelo canoso y l a cara muy fresca, j u venil, enérgica y simpática. Tiene el gobernador de Nueva Y o r k una mirada sugestiva; l a expresión de los ojos de míster Roosevelt es inolvidable. Tiene ojos de gran bondad y al mismo tiempo de una energía intensa. E s muy simpático; posee ese don de gente que capta prosélitos, que hace amigos, que gana adeptos. Y hablamos. Me alegro mucho de que esté usted en A m é r i ca- -comienza diciéndome El gobernador del Estado de Nueva York, Mr. Franklin D. -Roosevelt. (x) hablando con nuesM r Roosevelt- E n E u tro corresponsal, Sr. Fernández- Anas. ropa no se nos conoce. Se tiene en Europa de nosotros l a idea de que somos ese pueblo que se desprende de las noticias sensacionales que los L a estación Grand Central. Desde el hall, quizá acentuado por la impresión que se trae periódicos de sensación y los periodistas que inmenso, entro por una puertecita a un andesde Nueva Y o r k! dén, iluminado por luces eléctricas. U n tren Entro en el Capitolio. Atravieso unos pa- no buscan más que la sensación explotan: los está dispuesto para arrancar. E n el último sillos. E n la planta baja hay toda una co- grandes crímenes, las aventuras extraordinacoche, en la barandilla del observation car, lección de establecimientos, donde- se ven- rias, las extravagancias m á s absurdas y toda la ponderación de hechos excepcionales que el hay un disco grande y rojo, en el que, con den cigarros, se afeita, se limpian las botas cinematógrafo, por ejemplo, difunde. Estoy letras de cristal esmerilado blanco, se lee y, sobre todo, se come. U n restaurante r á el nombre del tren. E s el Empire State pido con soda fountaiii, facilita a los nu- convencido de que no se nos conoce. SiemLas ocho y media. Estoy acomodado en el merosos empleados del Capitolio y a los v i- pre que yo hago un viaje a Europa adquiero la certidumbre d e l desconocimiento abpullman; el convoy se pone en movimiento. sitantes el aprovechamiento del tiempo. soluto que allí existe de nosotros. Después de un largo trayecto bajo tierra, U n ascensor. Primer piso. U n gran pasisale el tren al aire libre, atravesando los llo. Puertas numeradas, con rótulos, en cris- ¿M u c h o s viajes a Europa? -le preúltimos barrios de Nueva Y o r k por una tales esmerilados. L a C á m a r a del Poder gunto. vía elevada. Luego los rieles se encuentran Ejecutivo U n s a l ó n de espera. Doy m i tar- -H e ido a Europa quince veces. con el río, el Hudson River, y van b o r d e á n- jeta. Paso a un gran salón, muy alto dé te- -I Conoce usted España, gobernador? dolo hasta Albany. Pronto el paisaje cambia cho, rodeado de grandes retratos al óleo, -le digo. bruscamente. Y a no hay rascacielos, n i consque representan personajes políticos de la Míster Roosevelt sonríe y me dice: trucciones férreas para trenes elevados, ni historia americana. Viene a m í el secretario- -T e n í a yo siete años, y mis padres pacalles simétricas, ni tráfico febril. A l a i z del gobernador, M r Guernsey T Cross. M e saban una temporada en el Mediodía de quierda riel tren, el Hudson River, ancho saluda muy afectuosamente y me pasa a y plateado, se extiende hacia otra orilla, otro despachito, donde espero. D e pron- Francia, en, Pau. U n a vez hicimos una exdonde las montañas van dibujando capricho- to, por una puertecilla que hay en un rincón cursión por los Pirineos, y recuerdo, que samente el- horizonte. A la derecha del tren, del antedespacho del secretario, entra una atravesamos la frontera y penetramos en teel campo, sin planicie. Muchas casas de ma- dama alta y esbelta, sonriente y simpática, rritorio español, regresando después a Pau. E s decir, que yo anduve unas dos millas dera. Raramente árboles. E l tren lleva una muy distinguida: es M r s Roosevelt, l a esvelocidad media. N o corre como en Europa posa del gobernador; lleva, sujeto a una por E s p a ñ a cuando tenía siete años. E s o se creen que en los Estados Unidos corren correa fina, un perrillo obscuro Airdale, es todo. Pero tengo muchos deseos de v i s i todos los trenes. Pero se desliza suavemenque la sigue alegre y confiado. N o s ponemos tar España, y pienso hacerlo apenas pueda. te sobre u n a v í a muy bien sentada, desapa- todos en pie. L a señora de Roosevelt tiene Sonrió afablemente el gobernador, conreciendo la trepidación de los vagones grauna frase amable al pasar para M r Cross tinuando después: cias al ingenioso mecanismo de los mue- y otras dos personas que hay allí. A mí me- -Como le iba diciendo, ese desconocilles. A las once y veinte de la mañana llego saluda con una inclinación de cabeza y una miento absoluto que existe en Europa de a Albany, la capital del Estado de Nueva sonrisa. E n t r a M r s Roosevelt en el despanuestro pais no puede compartirse m á s que Y ork, donde el gobernador, M r F r a n k l i n cho de su marido; habla con él alguna fra- haciendo lo que usted hace: viniendo aquí IX Roosevelt, me espera. se. Vuelve a salir; el perrillo, que no se rea vivir entre nosotros, acercándose a nosL a estación. Salto en un taxi cab. E l au- signa a separarse del gobernador ¡tan pron- otros, en todas las clases sociales; observándonos, estudiándonos y reflejando destomóvil se encarama por una cuesta muy to, ladra muy contento y vuelve l a cabeza pués sus impresiones personales honradapendiente y llegamos al Capitolio; magnífi- al ser tirado con la correa hacia el despacho mente en periódicos de gran circulación. co edificio, sede del gobernador del Estado del secretario. Se marcha M r s Roosevelt Y o quisiera que viniesen continuamente a de Nueva Y o r k A l pasar por las calles me por la misma puerta por la que entró. Sale los Estados Unidos periodistas de Francia, doy cuenta de Albany. Tiene la fisonomía de del despacho del gobernador un hombre de Alemania, Italia, E s p a ñ a en fin, periodisuna gran capital de provincia. N o recuerda unos sesenta años, de pelo blanco y cara a ninguna de las grandes ciudades norte- color de rosa, y el secretario, M r Cross, me tas europeos y latinoamericanos, que recogiesen de una manera personal y con caamericanas Nucv fork, Chicago, San dice: rácter observador de periodista todas las Francisco... Tráfico. reducido, casas de al- ¿Q u i e r e usted pasar? impresiones que nuestra política social y tura corriente, algún rascando, pertenecienA l entrar en el despacho del gobernador económica le sugirieran para que se difunte a un Banco; aspecto triste en general, observo que encima de la puerta hay cla 5 I vi- nrr n T