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Cese por todo el mundo l a verdad sobre nosotros Por eso me satisface hablar con usted y comprender el interés periodístico que usted demuestra al venir hasta aquí para hablar conmigo. ¿Puede usted decirme algo- -le pregunté- -de su programa político para las próximas elecciones presidenciales, en las que. usted será candidato? -Y o no sé si, en efecto, seré candidato en las próximas elecciones presidenciales- -me contestó el gobernador con una modestia natural, sin afectación alguna- M i s amigos y el partido democrático quieren lanzar mi nombre en la candidatura de las p r ó x i m a s elecciones presidenciales, pero yo he rogado a todos que no lo hagan. Y o desearía, cuando terminase el plazo para que fui nombrado gobernador, retirarme a l a vida privada. Créame usted que estoy cansado de la política; estoy... ¡cómo le diría y o algo decepcionado... disgustado si usted quiere... Y en aquel momento l a expresión radiante y alegre del gobernador se t r a n s f o r m ó momentáneamente con un relámpago de cierta amargura. -S i n embargo- -objeté yo- -el deber nacional patriótico nos obliga muchas veces a permanecer en. nuestros puestos en contra de nuestra propia satisfacción. -A s í es- -me contestó M r Roosevelt- y claro que yo me debo ante todo a mi nación. Pero le aseguro que no tengo tiempo para pensar en lo que pueda suceder m á s tarde respecto de mi persona P o r lo pronto, mis deberes como gobernador de un Estado de cerca de quince millones de habirantes me absorben mi vida enters. De la m a ñ a n a a la noche, trabajando dieciséis horas diarias oficialmente y algunas m á s extraoñcialmente, vivo enganchado en el engranaje del trabajo, sin tener tiempo casi para hablar con mi familia. Muchas veces m i nietecita, Sistie. Dalí, se queja de que apenas me ve, y mi madre me reprocha muchas veces la inhibición forzosa que sufro en m i casa, arrastrado por los deberes de mi cargo. Qué opina usted del problema de los sin trabajo -exclamo. -Tiene dos aspectos: uno, la consecuencia de l a crisis mundial, y otro, la congestión de las grandes urbes. E l primer aspecto del problema lo estamos ya combatiendo con c o n c e s i o n e s de créditos, que nos permiten acrecentar las obras y el trabajo para ocupar a los s i n trabajo T a n to el Estado en general como los Estados de la U n i ó n votan créditos que los Bancos ayudan para remediar en lo posible y con urgencia esa situación. Claro que el progreso, reduciendo l a mano de obra por medio de las máquinas, que a h o rran el trabajo de muchos hombres, han colocado a los obreros en una situación de eliminación humana pero como el trabajo es m ú l t i p l e y en una nación grande como l a nuestra el trabajo no debe n u n c a faltar, ese problema se resuelve con toda l a rapidez lógica. E l otro aspecto del problema también ha de acometerse. H a y que distribuir ese gran contingente de personas por el interior dei país, descongestionando las grandes ciudades y favoreciendo el t r a b a j o El capitolio de Albany, del campo. ¿Q u é me dice usted de. las cuestiones sociales? -le dije- ¿H a y aquí problema del comunismo? -No- -me respondió el gobernador- Aquí se problema no existe. H a y comunistas, pero en tan ínfima cantidad, comparada, con la densidad de nuestra población, que no se puede considerar un problema ¿Y usted no cree que puede con el tiempo, ser ése un problema? -N o no lo creo. ¿P o r qué? -E s cuestión de educación. Nuestro pueblo está educado en una idea de libertad y de bienestar general, que le aleja de las ideas extremistas. E n Rusia probablemente para aquel temperamento y para aquella mentalidad el plan quinquenal puede ser una finalidad de Gobierno. Nosotros tenemos. ya industrializado el pais desde hace mucho tiempo; para nosotros la industrialización nacional no puede ser un ideal como hoy lo es en Rusia. A q u í eso no s nuevo. Y l a educación de nuestro pueblo coloca a los americanos en un plano desde el que se ven todas esas cosas de una manera muy distinta a como la ven los pueblos que aspiran o creen aspirar al comunismo. -Entonces, gobernador- -le dije- ¿u s ted cree que el porvenir... -Yo soy un gran optimista. Creo que nosotros, sobre todo, hemos de superar esta ola de crisis mundial y progresaremos como siempre lo hicimos, gracias a la educación de nuestro pueblo y. a las grandes virtudes de trabajo y abnegación que los americanos tienen. ¿C ó m o cree, usted que se podría comba- tir l a crisis mundial? -pregunté. -C ó m o indudablemente se va a combatir. L a gran cuestión ahora en todas partes, se basa en la falta de dinero. N i n g ú n país tiene dinero bastante como antes... -Ustedes... -exclamo. -Tenemos menos de lo que l a gente cree- -añade el gobernador- Pues hay que llegar a conseguir que los países establezcan Tratados o acuerdos internacionales en su política, que regularicen un intercambio co 1 mercial. H a y que entregarse mutuamente mercancías por un valor determinado sin necesidad de desembolsos de dinero. L o s Estados Unidos tienen productos que le i n teresan a un país, y aquel país tiene productos que le interesan a los Estados Unidos. H a y que Cambiárselos por una cantidad que se acuerde según el país con el que se trata y los productos que tiene. ¿Y usted cree que ese sistema p o d r á realizarse? -M u y pronto- -me contestó el gobernador de Nueva Y o r k con una gran seguridad- Nosotros estamos estudiando ese procedimiento para tratar de ponerlo en p r á c tica cuanto antes y trabajar. Salí. Abajo, en l a planta baja almorcé. E r a un restaurante a l a americana A l entrar se me entregaba un ticket con varias cifras. E l restaurante estaba dividido en dos partes: en una el público se servía personalmente en el mostrador; en el otro lado unas camareras, ataviadas sencillamente con vestidos verdeclaros y cofias blancas, servían. E n el mostrador o las Camareras, a las que había que dar propina, taladraban en el ticket la cantidad que se consumía. A l salir en l a caja se entregaba el ticket y se pagaba. A las tres y media de la tarde subí en el tren que habría de conducirme a Nueva Y o r k Se llamaba T h e Séneca. Los trenes aquí tienen nombres de caballos de carrera. Bordeamos el río, y a las seis y cuarenta salía de la estación G r a n Central para meterme en el subzvay, que había de dejarme cerca de la puerta de mi hotel. L a paz casi bucólica de Albany y el paisaje que desde el tren había contemplado se cambió bruscamente por el espectáculo v i brante de las calles de Nueva Y o r k de noche. L a s últimas noticias de la situación en Extremo Oriente eran alarmantes. E n el hall del hotel una americana muy bella decía mientras fumaba un cigarrillo perfumado: ¿Y por qué no habría de haber guerra? ABELARDO F E R N A N D E Z ARIAS donde tiene su despacho oficial el gobernador del Estado de Nueva York,