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POR PAUL BOURGET De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) Se dirigió con decisión a la puerta del despacho, levantó la cortina para buscar el tirador y no le d i o la vuelta. P o r un segundo se estuvo así, temblando de tal modo que tuvo que apoyarse en el marco. Y su mano cayó sin haber abierto. Entonces se separó de la puerta, que no se había atrevido a abrir, y volvió hacia su hijo diciendo: -Tienes razón... M e da miedo... Pero, desgraciado niño, ¿n o comprendes que os amo lo mismo al uno que al otro... P o r eso no soportaría el veros frente a frente... ¡H i j o m í o! ¡H i j o m í o Acaso he sido muy culpable divorciándome y volviéndome a casar, pero en este momento estoy bien castigada... ¿T ú ¿Culpable t ú ¿T 11, querida m a m á? ¡N o digas eso, te lo suplico; no lo pienses siquiera... -Luciano la obligó a sentarse en un sillón y se arrodilló delante de ella para besarle las manos, conmovida hasta el fondo del alma por aquel grito dé martirio- E l culpable soy yo, yo quien merece castigo por Mientras Luciano hablaba, mirábale su madre sin una lágrima, haberte dado esa impresión de reproche y de queja... ¡Y yo, que sin un sollozo, con la vista fija, en ese estado de aniquilamiento sólo había venido para repetirte mi culto, mi devoción... Quería que producen ciertas catástrofes en las que el: exceso del dolor hacerte comprender que después de salir de esta casa te g u a r d a r í a paraliza toda reacción. H a b í a sufrido mucho en aquellas dos sela mejor parte de mi cariño... ¡T ú castigada! ¿P o r qué? ¿P o t manas al chocar cotí las consecuencias de. su segundo matrimonio, haber creído sinceramente que todos los corazones se parecían al consentido en otro tiempo después de una gran lucha de concientuyo? N o no todos son, como, el tuyo, todo bondad, todo amor, cia. Pero nunca su sufrimiento había sido tan atroz como ahora. el mío el primero... ¡M í r a m e ¡S ó n d e m e P- iensa que estaN o eran ya las consecuencias de su acto lo que tenía delante; era remos acaso mucho tiempo sin vernos... el acto mismo, hecho presente y como concreto por las quejas de su hijo. E n el relámpago de una alucinación retrospectiva, Gabrie- ¿E n t o n c e s está decidido? ¿T e as de aquí... -preguntó la l a recorrió todas las etapas que le habían conducido a él. Primero, madre sobresaltada. su salida del hotel Chambault, que entonces creyó justificada. ¡S i -S í t ú misma acabas de experimentar que tengo razón... -dijo hubiera sido más paciente y no hubiera producido la demanda de Luciano señalando a la puerta del despacho- Después de lo que separación que exasperó el rencor del padre de Luciano... E n la ha pasado y de lo que te he dicho me está prohibido v i v i r con época de aquel proceso, su marino le pidió que volviera, y ella se n- igó. Después, cuando él quiso convertir la separación en di (Se continuaré Jas manos- Tú rio 3i ces lo ¡p e piensas... N o es posible que sientas asi... N o es cierto... -L o es... -N o no... E l rencor te extravia y te nace duro e ingrato... Olvida estas horribles semanas y recuerda el pasado... ¿N o has sido dichoso aquí? -L o he sido. ¿N o se te ha querido? Atrévete a decirlo, -Se me ha querido. ¿M i marido no ha sido para ti el mejor amigo durante muchos años? -L o ha sido. ¿C ó m o has podido, entonces, articular esas palabras monstruosas? -N o son monstruosas, m a m á son la. verdad... N o se trata del pasado, sino del presente y del porvenir. L a idea de que estoy aquí de m á s empezó a crecer en mí hace mucho tiempo. A l principio fueron celos, que te ocultaba porque me daban vergüenza. T ú no tenías la culpa de que a mí me hiciera sufrir el que no fueras más mía. Se trata de pequeñas cosas. ¿Quieres un ejemplo? Nunca recibías tina carta mía sin enseñársela a él. ¡Cuántas he roto en el regimiento a causa de esa miseria... H a habido después no pocos rozamientos de los que él tampoco tenía la culpa. Y o llamaba padre a tu marido y él me trataba como a un hijo, con esa autoridad que se extiende a los menores detalles de la vida. ¡Cuántas veces me he sublevado contra eso... H a habido, por último, su gran injusticia contra mi prometida y mi desilusión sobre el carácter de tu marido... M e ha hecho sufrir mucho que le dieses la razón contra mí en una circunstancia en que yó no le estimaba... H a habido, sobre todo, m i estancia al lado de mi padre... Sentado a su cabecera, le he oído recordar su vida fracasada y he tenido la prueba de que él valía m á s que esa vida. Sus pesares iban sin cesar a ti y a los días de vuestra boda y de mi nacimiento... Sería una locura, pero, al oírle, no podía yo menos de soñar con la vida que hubiera tenido entre vosotros dos si tú hubieras podido no dejarle. ¡Q u i é n sabe! Puede que se hubieran desarrollado las buenas cualidades de su naturaleza... Las tenía, y muchas. L o he comprendido por lo que me han contado de él sus compañeros de la juventud de Villcfranche... N o te acuso, mamá. N o tuviste fuerza para soportar sus defectos más que hasta cierto punto, ni aun por m i causa. ¡P o r q u e yo existía! L a comparación entre lo que ha sucedido y lo que hubiera podido suceder me ha sido muy penosa... ¡N o te juzgo, te lo repito! Pienso en alta voz contigo, porque te voy a dejar, porque voy a hacer una vida contraria a tus ideas y a tus deseos, y quiero, decirte todas las razones. N o soy un mal hijo, pero no tendría fuerzas para volver aquí y recobrar m i puesto en vuestro hogar... Sería muy desgraciado... vorcio, ella afectó no oponerse... E r a verdad, por lo tanto, que tenía su parte de responsabilidad en aquel divorcio; era verdad que al volverse a casar, existiendo su hijo, se había condenado a no poder responderle si alguna vez le. d e c í a M e has sacrificado Para quedar absuelta a sus propios ojos era preciso que aquel lijo no protestase j a m á s contra la intrusión del extraño, y hacía más que protestar: se marchaba. L a tragedia de familia que envuelve virtualmente todo divorcio llegaba a su supremo y lógico episodio. E l segundo matrimonio manifestaba su radical incompatibilidad con los restos vivientes del primero. ¿E r a eso lo que había querido la madre... E r a sí, lo que había hecho. Y G a briela g i m i ó -Dices que no me juzgas, pero ¿qué juicio puedes hacer m á s cruel que decir que en mi casa no estás en la tuya y que eres desgraciado al lado m í o Pero yo no lo acepto. E s una horrible pesadilla. N o te he oído hablar de ese modo, a ti, a mi Luciano... N o no creo lo que me dices... Alberto y t ú sois demasiado sensibles. Los dos sois orgullosos y tímidos, y habéis dejado establecerse entre vosotros una horrible mala inteligencia. E s preciso que os expliquéis. Alberto nunca ha sabido lo que tú pensabas, te lo juro... Se lo dirás, como a mí, y no quedará nada, nada, nada... ¡P o b r e m a m á ¿P a r a qué mentirnos los unos a los otros? ¿Para qué retroceder ante una evidencia que hemos tenido los tres en este mismo sitio... M i padrastro sabe cómo pienso y a ti te consta que lo sabe... E n este instante, mientras nosotros hablamos, está él en su despacho, detrás de esa puerta... ¡y no entra... ¿P o r qué sino porque no hay sitio ya para los dos a tu lado? Y t ú lo ves así de tal modo que no irás a buscarle y no provocarás una explicación entre nosotros delante de ti. T e das cuenta de qus sería inútil 3 peligrosa... -E s necesaria- -dijo Gabriela- y voy a buscarle.
 // Cambio Nodo4-Sevilla