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perseguidores. Lo entregó a ellos tina india ignorante o maliciosa, que no podía figurarse ni presumir él daño que hacía a la independencia de su país y de su raza, y que probablemente, de haberlo sabido. le habría tenido sin cuidado. Vencedor el Poder real, las detenciones se multiplicaron, los castigos sembraron el horror por todas partes. Hubo escenas de un terror que se podría llamar pintoresco. La costumbre en que se estaba allí de tomarse la justicia por su mano produjo detenciones tan arbitrarias cuanto sorprendentes en sus consecuencias. Un brasileño, que estaba en pleito con otro, lo detuvo con sus negros y lo condujo a Recife, agarrotado, afirmando que era un patriota. Pero el preso demostró lo contrario y el alguacilador quedó alguacilado. También se vieron escenas de familia de inaudita crueldad: un hombre llevó a un hermano suyo, cuerda al cuello, so pretexto de haber vendido provisiones al poder faccioso. En julio los cabecillas de la insurrección fueron condenados a muerte y designados para verdugos dos negros, indultados de la pena capital para que prestasen a la justicia su terrible ministerio. Eso sí, en su honor há de decirse que aquellos miserables, que sabían de todos los castigos de la esclavitud, cumplieron su trágica y dolorosa misión con lágrimas en los ojos. Uno solo de los rebeldes, quien menos se pudiera pensar, tuvo la suficiente entereza para escapar a la ejecución de su condena, dándose la muerte por su propia mano: el abate Juan Ribeiro. Era un eclesiástico sin fortuna, pero muy instruido. Nutrido su espíritu por la lectura de los f i l ó s o f o s del siglo xviti, no respiraba sino para la libertad. Las obras de Condorcet habían ejercido principal- E L GRANDIOSO ACUBDUCTO D E SIO D E JANEIRO, LO MAS E N mente influencia en su CANTADOR D E L CUAL NO ES SU LONGITUD D E SEIS MILLAS, espíritu y le daban la más. SINO L A POÉTICA TRADICIÓN D E QUE SUS AGUAS D A N A IOS alta confianza en el pro- MÚSICOS LA MAS BELLA V O Z PLENA D E DULZURA, Y A LAS greso del humano. Su imagi nación iba MUJERES QUE SE BAÑAN EN ELLAS UN PALMITO LLENO D E E N CANTOS Y HECHIZOS más de prisa que su si- VISTA PARCIAL D E UNA D E LAS COLONIAS HOLANDESAS, CUYOSI INSULTOS Y ATROPELLOS A L A DIGNIDAD D E LOS INDÍGENAS BRASILEÑOS PROVOCARON L A SANTA UNION D E LOS D E TODAS RAZAS EN PRO D E LA I N DEPENDENCIA ANTIGUA CAPITAL D E OLINDA D E PERNAMBUCO (ACTUALMENTE PERNAMBUCO) POÉTICO NOMBRE AQUEL DEBIDO A. LA EXCLAMACIÓN ADMIRATIVA D E SU FUNDADOR ¡O H L I N DA SITUACIÓN PARA. CREAR UNA CIUDAD! INCENDIADA POR LOS DEFENSORES D E L A INDEPENDENCIA CUANTO SE ALZARON CONTRA LOS HOLANDESES glp, y, sobre todo, mucho más adelantada que el genio de sus compatriotas. Un escritor, que no compartía sus opiniones, hizo del abate este elogio en el mo. mentó culminante de su rebelión: Este hombre está menos embriagado por el honor de ser el primer magistrado de su nación que por la gloria de ser su regenerador. Me complazco en hacer justicia a sus buenas intenciones, pero también he de decirlo todo: posee más entusiasmo que talentos administrativos. En este respecto le hallo de una extrema debilidad. No tiene ningún conocimiento del corazón humana. El arte de manejar las pasiones le es totalmente ignorado, tan ignorado como el de la intriga. Este hombre sabrá sacrificarse por su Patria, pero no sabrá salvarla. Dos meses después de haberse escrito estas palabras el abate Juan Ribeiro, que había seguido al ejército de los sublevados, desnudo de pies y piernas, para dar ejemplo de privaciones: aquel pobre sacerdote, que parecía no deber Jamás tomar parte en ninguna acción política, era el único con bastante ánimo para darse voluntariamente la muerte. Su cabeza sangrante fué paseada ál extremo de una pica por las calles aterradas de Pernambuco. Pero mucho más de plañer, mucho más dignos de compasión fueron aún los pobres negros e indios, esclavos y libres, obligados por la insurrección a secundarla. Se les infligió suplicios desgarradores. Los verdugos, bajo cuya férula se les sometió, eran criminales condenados a cadena perpetua, y los espectadores les daban buenas propinas en metálico para excitarles a sacudir leña con todo su vigor. El paciente era ligado al pie de una verja de hierro y desnudo de cintura abajo. Los doce primeros latigazos poníanle la carne al descubierto. El número- de latigazos oscilaba entre cien y quinientos. Sin embargo, pocos de estos condenados, negros, indios y mulatos, lanzaron ni un grito. Lo que hicieron muchos fué desvanecerse de dolor, sin exhalar una queja ni una protesta. Negros, indios y mulatos, si en la paz habían de pagar cara su manumisión, más caros aún pagaban sus intentos de emancipación personal y de liberación de una tierra que no habian apetecido ni podían apetecer porque hombres de otra raza habían selá trocado de madre espléndida y amorosa en madrastra hostil y explotadora... r ENRIQUE GONZÁLEZ FIOL (Grabados propiedad del autor.