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DIARIO ILUSTRA- D O A Ñ O VI G E S 1 MOCTAVO 10 C T S N U M E R O FUNDADO E L i. D E JUNIO ABC sus aseveraciones. L a democracia- -decía el Sr. Domingo- -no puede regirse por ráfagas de entusiasmo. U n a ráfaga de entusiasmo eleva a Dantón, y otra ráfaga de entusiasmo le ¡ieva a la guillotina; una ráfaga de entusiasmo lleva al patíbulo a L u i s X V I y otra ráfaga de entusiasmo lleva a l a cumbre a Napoleón S i el ejemplo de Francia no hubiera sido bastante para redondear el argumento, el Sr. Domingo pudo haber añadido: U n a ráfaga de entusiasmo expulsa a Isabel I I otra ráfaga de entusiasmo trae a Alfonso X I I y otra ráfaga de entusiasmo derriba a A l f o n so X I I I N o hacía falta decirlo porque la deducción ya estaba hecha: U n país conducido por ráfagas de entusiasmo es un país en el que no tiene el régimen que así se conduce ninguna estabilidad Pero n i siquiera era preciso llegar a esos extremos. ¿Es que dentro de la estabilidad de un mismo régimen no está l a opinión constantemente fluctuando a los vaivenes de l a actuación de los partidos? S i la opinión no fuese voluble, tornadiza y versátil, ¿cómo podría concebirse en ningún país los cambios de Gobierno y consiguientemente de política? ¿Por qué habría de ser necesario cada vez que fracasa la política de un partido acudir a la consulta del Cuerpo electoral? E l Sr. Domingo exponía el ejemplo de Francia. Podría ponerse muy bien como contraste el de Inglaterra. Inglaterra es üu país frío, reflexivo, prudente, que no suele conducirse por ráfagas de entusiasmo. Y sin embargo, en. Inglaterra, cuando el partido de oposición se decide a pedir el P o der, el Monarca otorga al Gobierno el decreto de disolución del Parlamento para que convoque íiuevás elecciones. E l G o bierno hace las elecciones. Y las pierde. L a s pierde siempre, porque no hay Gobierno en el mundo que pueda contar de un modo indefinido con la aquiescencia de la opinión. Esto, que ocurre en Inglaterra, sucede en todas partes y tendrá, por lo tanto, que acontecer en España. Tarde o temprano, este Gobierno concluirá su misión y será substituido por otro, más de derecha o más de izquierda, pero otro que venga a realizar otra política distinta. S i para realizar esta política el Gobierno futuro, sea el que fuere, juzgara necesario, apoyándose en el precedente establecido- -no hay nada más funesto que los precedentes- seguir suspendiendo periódicos, y una de estas sanciones alcanzase a cualquiera de los que ahora colocan su ministcrialismo por encima del interés profesional, ¿con qué autoridad protestarían? ¿Cómo podrían convencer a nadie de la razón, de la justicia, de la sinceridad de sus lamentaciones? PEDRO e m l i un i t DIARIO DO. ILUSTRA- AÑO V 1 GE- SIM OCTAVO 10 C T S N U M E R O LUCA D E TEMA D E 1905 P O R D T O R C U A T O LA. LIBERTAD DE PRENSA Agotados todos los medios lícitos para recabar del Gobierno la publicación de los diarios suspendidos, la L i g a Deíensora de la libertad de Prensa se propone, como último recurso, apelar al fallo de la opinión pública. Se celebrará una Asamblea nacional, a la que concurrirán todos los periódicos, menos aquellos, naturalmente, que apoyan y defienden la suspensión. P o r más que pienso en ello no consigo explicarme l a insólita actitud de estos periódicos; no me entra en l a cabeza que nadie que maneje una pluma pueda amparar una arbitrariedad, que siempre estuvo en pugna con los ideales de todo aquel que vive en comunicación con el público. Pero es que además hay una cuestión de egoísmo. N o se trata concretamente de éste o del otro periódico, sino de todos los periódicos, del derecho incuestionable que todo escritor y toda publicación tiene, cu un régimen, de libertad, de exponer sus ideas sin otra cortapisa, si delinquen, que la sanción inexorable de la lev. Y o personalmente, no tengo simpatía ninguna por El Debate, ni por Mundo Obrero. N o los he leído cu mi vida. N o me remuerde la conciencia haber desplegado sus hojas ni por curiosidad; ni siquiera en esas horas aburridas de espera en el antedespacho de un médico o en el salón de una peluquería, en que tal vez me habría servido, la lectura para matar el tedio. N i aún así. E s más: suspendidos o autorizados en su publicación, seguiré sin leerlos. D i g o esto únicamente para que se vea que no soy sospechoso de parcialidad. Tampoco puede acusárseme de maniobras políticas. Aparte de que yo no tengo importancia en la política española para que una opinión mía pueda i n fluir en la actitud de nadie, mi indignación mayor no va contra el Gobierno. Acertado o equivocado, razonable o injusto, un Gobierno puede tener en un momento dado razones particulares, que a los demás, que no estamos en las interioridades de la vida pública, no se nos alcanzan, para adoptar una medida por excepcional que parezca. Vamos a suponer que estas razones sean el deseo de halagar á una parte de la opinión, aunque. sea con perjuicio de otra. Esto podrá no ser justo, pero puede ser político. E n este caso, el Gobierno actuaría con! a misma lógica que un banquero de bacará o de treinta y cuarenta, cuando en un momento de vacilación tira a favor del paño descargado. Pero este ejemplo no se puede aplicar a los periódicos, entre otras consideraciones, por l a potísima de que un Gobierno es una institución transitoria, y un periódico un organismo permanente- -hasta donde puedan ser permanentes las Empresas humanas. U n Gobierno puede limitarse a dedicar toda su actuación a las urgentes necesidad S del momento; un periódico no tiene más remedio que remontarse sobre la actualidad para atender a la visión del porvenir. ¿Qué porvenir les tendrá reservado el destino a los periódicos que hoy combaten la libertad de imprenta? N o se halla tan lejana la conferencia que en el. María Guerrero dio hace poco el m i nistro de Agricultura para que en el recuerdo de todos no estén vibrantes todavía MATA UNA ALOCUCIÓN Acabo de leer una alocución a los obreros catalanes, en la que, entre otras cosas, se dice: primero, que tudo cuanto hay en el mundo es obra de los obreros; que siendo el obrero autor de todo lo creado por el hombre, el obrero debe ser el más considerado de los humanos, y segundo; que por ser irrisorio el retiro de una peseta a los sesenta años, a percibir desde 1941, se exija de los Poderes públicos un retiro mínimo de cinco pesetas diarias, que empezará a cobrarse el año próximo. L o demás se le dará de añadidura. E n el ínterin comentemos: 110 es cierto que el obrero sea la piedra angular de todo lo existente y que sin él no habría nada. N i como tópico, por absurdo, puede pasar. Digamos, remedando al diestro famoso: primero, la inteligencia; después... nadie; luego, el obrero. E s decir, primero el creador, el hombre que ha pasado con provecho por las U n i versidades, y, a uiuv remota distancia, el brazo que da forma a lo que el saber, el intelectual, ha concebido con sus estudios, sus experimentos y sus vigilias. S i n el intelectual no existiría el obrero; las manos de éste, muy estimables por lo que producen y colaboran en la obra del progreso material, estarían ociosas o deberían dedicarse a la pesca con caña. No es lo mismo trazar el plano de un rascacielos que levantarlo la. dríllo a ladrillo. N o hay paridad entre el i n ventor de una rotativa y el obrero que arrastra bobinas de papel al pie de la máquina. Mucho debe l a sociedad al obrero, pero el hombre que inventó la rueda lia hecho más por el progreso humano que todos los obreros que cu el mundo han sido. N i siquiera las revoluciones, que han mejorado la condición del obrero, son obra de éste. L a francesa la hicieron los enciclopedistas con l a ayuda de una aristocracia corrompida. E l obrero lo que hizo fué la matanza de 2 de septiembre v gritar detrás de las carretas que conducían a la plaza de la República los sentenciados a la guillotina. L a revolución rusa, que no ha mejorado al obrero, pero que pretende mejorarle, no se debe a los marineros sublevados en Cronstadt, sino a intelectuales como Lcn m y Trotsky. S i el comunismo, suprema aspiración de tantos obreros porque no lo conocen prácticamente, llega algún día a implantarse en el mundo y hace, corno sería de desear, la felicidad del proletariado, éste no la deberá a ningún albañil n i a ningún Sindicato, sino a media docena de teorizantes de muchísimo talento y profundos estudios, y a los que pueden venir en adelante más o menos ortodoxos del socialismo marxista. L a adulación que de parte de ciertos sectores políticos es objeto el obrero, no porque se le ame, sino porque dispone del voto electoral, le ha llenado de inmotivada vanidad y a creerse centro del globo. Y no hay tal cosa; y es preciso que se le diga por ver si logramos convencerle de que por encima de él hay muchos más en el mundo, y que su aportación a la obra progresiva, en la que todos estamos empeñados por deberes de solidaridad humana. con ser, como es, muy digna c i m prescindible, es, al fin y al cabo, secundaria. Y ya que anteriormente se habla de los que arrastran bobinas, adviértase, como apoyo fácil de lo que decimos, que el aparato para colocarlas en su encaje no lo inventó ninguno de los que antes, sudando y con grande esfuerzo, las subían a brazos, sino un ingeniero alemán, que no tenia que manejarlas. Nada de adulaciones. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. E l otro importante extremo de la alocución aludida es, como ya sabemos, aquel por el que se pide un retiro de cinco pesetas diarias para el obrero catalán. A los demás, que los parta un rayo. Cinco pesetas. P a r a vivir, son pocas; para