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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. C ONTINUACION) oye las consecuencias de tu rebelión. Te dejaré marchar y no te enviaré el comisario para que vuelvas, pero me quedaré con mi hija. Cuando nos casamos hicimos un pacto. T ú te comprometiste a ser mi mujer y yo a permitir que, si teníamos un hijo, fuese bautizado y educado católicamente. H o y te conviene denunciar ese pacto... Está bien. Dices que no eres mi mujer y hablas de marcharte... Perfectamente. Pero yo quedo libre de mi compromiso y recobro a Juana, que es mía según la ley. E l pacto está denunciado; luego la educaré según mis ideas. -N o cometerás una acción semejante; no tienes derecho. M e has dicho muchas veces que el primer deber es el respeto a la conciencia. N o puedes tocar a la de tu hija. -L e d a r é otra nueva. L a haré crecer en la verdad, mientras que tú la alimentas de quimeras, a las que no me he opuesto por escrúpulo. H o y veo cuan culpable he sido para con el que después se case con ella, si esas impresiones de la infancia han de ser causa de que se separe de su marido... -Arrancar la fe a un ser sin defensa es un crimen, Alberto, un crimen abominable... ¿E s t á s segura de que no lo es el habérsela dado? ¡C u i d a d o! N o despiertes en mí el pensamiento de que no hay promesa que valga contra la verdad... Pero no; lo prometido es deuda, a condición de que lo sea también para ti. N o quiero oír hablar m á s de matrimonio religioso, ¿entiendes? jamás. Permanezco tal como era cuando te casaste conmigo; si observas tu compromiso, observaré el m í o si faltas a él y te vas, obraré como te he dicho. ¿A u n estando en vísperas de la primera comunión? -N o la hará, y asunto terminado... Así será mejor... Pero acabemos. M i r ó el reloj, y dijo: -Son las dos y cuarto y me esperan en mi oficina. Espero que cuando vuelva te encontraré m á s razonable. Adiós Por primera vez acaso salió sin dar un beso en la frente a su mujer y sin mirarla siquiera. E n el arrebato de una cólera en la que se habían desahogado sus penas de aquellos días, acababa de pronunciar palabras demasiado violentas para que no las lamentara. Permaneció en su cuarto m á s de lo necesario para coger el gabán y- el sombrero, con la esperanza de que Gabriela fuese a suplicarle que no la dejase enfadada. Pero no fué, y él sintió entonces grandes ganas de volver a buscarla. N o cedió, sin embargo. E! recuerdo de ciertas frases, como aquella de no teníamos derecho de tener esa hija o la otra de no soy tu esposa le cerró el corazón y le hizo pensar: S i ahora no soy firme, ¿adonde iremos a parar? Debe ver en mi descontento que no hay que volver a las andadas D a r r á s salió de casa y se fué en derechura a la Cficina, donde, en efecto, tenía algunas citas importantes. N i las visitas de negocios, muy numerosas aquel día, ni los esfuerzos de ingenio que tuvo que hacer para discutir varias cuestiones de gran precisión técnica, lograron distraerle de la tempestad interior. Sentía opresión en el corazón, fiebre en la sangre, angustia en el pecho y un gran malestar en todo su ser. Y sin embargo a la idea de volver a su casa para encontrar la misma rebelión y luchar con la misma manía religiosa, se apoderaba de él la indignación. Su Gabriela, a dulce amante de su juventud, la adorada compañera de su edad madura, se confundía para él con aquella Iglesia en la que se había acostumbrado a condensar todos los errores, todas las mentiras y todas las injusticias. E l temor de que se reprodujera aquella intolerable e insoluole disputa, la certeza de que se mostraría más violento aún, un obscuro rubor y punzantes remordimientos por haber hecho daño a su querida amiga, todos estos sentimientos bullían en él. Para tranquilizarse antes de entrar en casa, volvió a pie por el camino m á s largo, y eran m á s de las seis v cuando llamó por fin á la puerta del hotel. Ab soríd por l a idea 3 e la acogida que le iba a dispensar Gabriela, no notó la singular m i rada del criado que le abrió la puerta. Subió a su cuarto, y al ver que Gabriela no iba, como en los buenos tiempos, a saludarle, quiso adelantársele y probar así que no le guardaba rencor. E n t r ó pues, eñ el saloncillo y no la encontró. Tampoco estaba en la alcoba ni en ei despacho... S i n duda estaba ocupada con su hija en la sala de estudio. D a r r á s subió la escalera con un presentimiento que se trocó en verdadera angustia al ver que la sala estaba vacía, vacío el cuarto en que dormía Juana, vacía la alcoba de la institutriz... Después de todo, Gabriela podía haber salido con ellas. Llamó, vino el mismo criado que le había abierto la puerta, y esta vez D a r r á s no se engañó sobre su fisonomía. U n suceso grave había ocurrido. ¿Cuál? A u n en aquel momento ele terrible sospecha se despertó en él el instinto de protección a Gabriela, y sus preguntas, que le quemaban el corazón, fueron bastante vagas, bastante mesuradas para que el drama de aquella casa escapara a ciertos comentarios de cocina. ¿Q u é hora era cuando salió la s e ñ o r a? -Las tres o tres, y media- -respondió el c r i a d o- Y o fui a buscar el coche y para encontrar uno de equipajes tuve que i r hasta la estación Montparnasse. ¿Q u i e r e usted llamar a la doncella? -Se ha marchado con la señora. -E s t á bien. N o cabía duda; Gabriela había realizado sü amenaza y se había escapado. D a r r á s tuvo valor para preguntar a ú n en tono i n diferente ¿H a n tenido tiempo para hacer el equipaje? -L a doncella y la institutriz lo han empaquetado todo. H a b í a cuatro bultos: un gran baúl, dos maletas y el estuche de tocador de la señora. i Así, pues, Gabriela se había fugado llevándose a su hija, a la hija de los dos... Ante aquella inesperada y abrumadora noticia, el primer sentimiento de D a r r á s fué una consternación tan completa, que n i siquiera t r a t ó de saber m á s ¿P o d í a preguntar sin entregar el secreto de aquella crisis de su hogar? P e n s ó que aquello no era posible, que la fugitiva iba a volver y que Gabriela no podría soportar la idea de su inquietud. Además debía de haberle escrito antes de marcharse. U n a mujer no deja su casa de improviso, como una criminal, sin que su marido sepa dónde dar y recibir noticias. Pero no encontró nada. E n vano revolvió todos sus papeles y todos los de Gabriela... Mientras tanto, l a hora avanzaba y el mayordomo fué a anunciar que la comida estaba dispuesta. L a idea de sentarse solo a aquella mesa de la familia, hoy dispersa, le resultó odiosa, y respondió que no comía en casa. E n seguida salió para andar por las calles, como el otro día, cuando estaba todavía lejos de prever una catástrofe que desconcertaba su razón... ¡Gabriela fugada... ¡H a s t a qué profundidad se había apoderado de ella el odioso dogma católico para haberla decidido a escaparte así, mejor que vivir con él fuera de la Iglesia... E r a cierto que había pronunciado aquella. tarde palabras duras; pero ¿justificaba esto la fuga con su hija? ¿P a r a qué? P a r a desafiarle a cumplir la m á s dura de sus amenazas, aquella con cuya acción contaba más. E r a como si le hubiera dicho, estrechando a su hija contra su c o r a z ó n ¿Q u i e r e s a Juana? V e n a cogerla S í- -respondió D a r r á s en voz alta, como si, en efecto, se le hubiera dirigido aquella provocación- iré a cogerla... Pero ¿d ó n d e? ¿C ó m o L a ley y la fuerza pública estarían de su parte. Pero la delicadeza de aquel hombre generoso se sublevó ante la idea del comisario entrando en la habitación de Gabriela y su hija, y Se cofMiiuam,
 // Cambio Nodo4-Sevilla