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DIARIO ILUSTRA DO. AÑO V I G E S 1 MOCTAVO 10 CTS. N U M E R O F U N D A D O E L i. D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A ABC LA ACCIÓN DE LA MUÍ ER Se prepara una Asamblea de mujeres. Los periódicos. DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G E SI M O C T A V O 10 CTS. N U M E R O EL PADRE ARINTERO VIERNES SANTO E l 20 de marzo de 192 S murió en el convento ele San Esteban, de Salamanca, el padre Juan Gonzá ez Arintero. Vuolsi cosí cblá dove si puote ció che si vuol, e piú non demandare. DANTE. (Divina Comedia. H a hecho cuatro años en estos días. S i se es gran figura intelectual por l a amplitud de la sabiduría, la firmeza y cuantía de la obra, el estilo señor y la influencia sobre las a l mas superiores, ¿qué duda cabe de que, a la muerte de Menendez Pelayo, e l maestro era González A r i n t e r o? Abrase al azar uno cualquiera de los cuatro tomos de su obra central, Vitalidad y desenvolvimiento de la Iglesia. N o hay espíritu sensitivo que lo haga por la. primera vez sin preguntarse: Pero ¿cómo no he oído hablar antes de A r i n t e r o? Y a fué signo de genio pasar de las ciencias naturales a la mística. Arintero fué naturalista cuando solía creerse que el determinismo de las leyes naturales hacía imposibles los milagros. Y a no se cree tal cosa. S i r James Jeams nos dice que: E l espíritu no es y a un intruso accidental en el reino de la materia... Los movimientos de los átomos y de los electrones no se parecen a los de las piezas de una locomotora, sino a los de los bailarines de un cotillón y Jeams es la p r i mera figura de Inglaterra en el mundo dé la astronomía y de la física. Pues antes de que se desplomara la concepción materialista del Universo el padre A r i n t e r o creyó más importante que refutar a los Draper rezagados mostrar a los espirituales las vías ocultas del Señor. A esa tarea dedicó los veinte últimos años de su vida, la revista La vida sobrenatural y numerosos l i bros. Y como era español, que es decir universalista, mantuvo la tesis de, que la vía mística es asequible a todos los mortales que hayan andado lo bastante por la ascética, y en sus últimos años no leenojaba sino que alguien dijera que no estibamos todos llamados al camino de unión con el Creador. Su influencia entre los místicos fué decisiva. E n los últimos años aparecieron en E s paña, como en la Alemania del siglo x i v los amigos de D i o s capitaneados por Arintero, como los alemanes por Taulero, Susón y Rusbroquio. Pero en el mundo secular murió desconocido por la miseria de nuestra vida de taifas y tertulias, donde a los adversarios no se les reconoce ni el talento ni aun la buena fe, y, sobre todo, por el espíritu revolucionario, que necesita boicotear al adversario para abrirse camino. U n discípulo suyo, el padre Menéndez y ÍRaigada, es el obispo de Tenerife. ¡Cuántas veces, al levantar los ojos hacia el Teide, hab r á pensado en Arintero, alzándose sobre nuestras miserias, sin playas medianeras, como el viejo volcán, sobre el mar de A f r i- ca? L a parte alta, envuelta en nubes de ordinario, sugiere los misterios de los místicos. Pero el cendal se rasga algún momento, y el pico brilla entonces deslumbrador por la blancura. A s í Arintero va desarrollando en sus obras su gran tema, con lentitud, majestad y rodeos, como el subir de una m o n t a ñ a pero, de pronto, Una palabra suya ó una cita de la Escritura nos hace creer que está junto a nosotros. Aquel de quien nosotros estamos tan lejos, y nos sentimos hijos de la luz, como al ver el Teide, sobre las nubes, cara a cara. RAMIRO D E M A E Z T U L a virilidad ha cambiado de sexo en E s paña. Mientras el hombre reflexiona y cof- mtnta. los acontecimientos cotidianos, la mujer se agita y combate por la reconquista de lo perdido. ¿Q u é va a hacer? L a mujer española se ha quedado estupefacta al enterarse de que una República j a cobina, de abolengo francmasón, se pone frente a la organización del catolicismo. H a y en la sorpresa femenina tanto candor, que ni el espíritu m á s volteriano se atrevería a tomarla en broma. Pero, señoras m í a s era preciso contar con eso. L a evolución política del mundo tiende a su. primir lo divino de los dominios de lo temporal, no permitiéndole que reine más allá de nuestra conciencia. N o tolera su rivalidad. Á Dios, naturalmente, ese criterio no le da frío ni calor, porque su grandeza no mengua por los regateos de nuestra so berbia. H a g a el hombre lo que haga, de E l viene y, a E l va. Su reino abarca l o temporal y ló eterno. Nosotros, pobres criaturas, de medios limitadísimos, nos hemos empeñado en negar lo que no podemos conocer. Hasta el advenimiento de Galileo, las dimensiones de los planetas eran desconocidas, y los m á s grandes astrónomos que le precedieron no creían ponerse- ern ridículo sosteniendo los mayores absurdos. Algo semejante les sucede a estos grotescos materialistas que d i rigen el curso de la cultura universal, maestros de nuestro personal político republicano. H a n implantado la enseñanza laica, expulsando a Cristo, que fué el m á s glorioso pedagogo de todos- los tiempos, de l a escuela, en que se seluca a l a infancia. ¡Q u é le hemos de hacer! ¿Es que vamos a proclamar la urgencia de J a guerra civil por una necedad? Y o considero ese gesto belicoso prematuro, y la agitación femenina un, poco desviada de todo fin práctico. L a acción de la mujer puede ser más útil en el hogar que en la calle. A quien hay que convencer no es al gobernante, que no cederá por muy vivamente que se lo pidamos, sino al calzqnazos, del hombre; a este tipo de es, pañol que nos ha traído a la decadencia presente con su egoísmo cominero y. su cobardía. H a y que insuflarle un poco de v e r g ü e n za, recordándole el tesoro de honor que recibió de sus antepasados, y que está dilapidando con una inconsciencia que subleva. Este tipo de español, comodón y charlatán, que lo acepta todo con talxle comer y de frecuentar su tertulia del café y del casino, está pidiendo un correctivo, que solamente la mujer puede aplicarle con eficacia. S i no hubo creyentes con entereza bastante para defender los conventos incendiados, ¿van a echarse a la calle porque e l r é g i m e n ha desalojado a Cristo de la escuela? L a ac. ción de la mujer puede ser útil sin el concurso d é la oratoria y de la literatura, que no son los géneros que m á s le van al bello sexo. ¿N o ha dominado hasta ahora a las sociedades, sin salir de su casa? Pues aténgase a esa vieja experiencia. Con que cada mujer haga ün prosélito del hombre que tiene cerca, esto cambiaría en fecha p r ó x i m a 1 U n a vez más, y van mil novecientas treinta y dos, los cristianos conmemoran la muer te de aquel sencillo parabolista de Galilea, sabio de la m á s segura sabiduría, maestro de pescadores de almas, espejo de orgullosa humildad, que quiso nacer en un pesebre y extinguirse en una cruz. A h o r a que nuestra. E s p a ñ a ha dejado de ser católica oficialmente, y ciertos trabajadores del teatro se quejan de que no haya espectáculos en este viernes, yo, en vez de rezarle a Jesús a escondidas, como algunos, que así pretenden compadecer dos miedos incompatibles, el temor a l a cólera de Dios y a la befa de cierta opinión, divago en esta glosa como si me inventase una plegaria. ¿E s posible? ¿S e borran así en un instante veinte siglos? ¿E n quién piensa, a qué se refiere, el ateo anticristiano y trabajador cuando pone la fecha en un recibo? U n día, mi madre, siendo yo muy niño, me enseñó una estampa de J e s ú s a s e g u r á n d o me que E l habría de serme auxilio y consuelo en todas las zozobras y las desventuras de mi v i d a m á s tarde, no mucho, mi padre me dio a leer unos verses de Carducci, el pagano, q u é impugnaban la, íristéz a del Cristo, Cruciato martire, tu cruci gli nonii 11 Í... y después, hace veinticinco años, en un libro que tuvo la boga efíme ra de las comedias de vanguardia, aprendí qué Jesucristo no había existido j a m á s Pero lo aprendí, para olvidarlo, y hoy, torno a ver esa estampa del Redentor que i: e enseñó mi madre, y que en mis cuarenta y siete años de vida, desde, que tuve uso de razón, hasta ahora. que empiezo a perderla, tantas veces he visto en; otras formas: ora achatado, extraplano, clavado con cuatro clavos, como en Bizancio; ora en todo su relieve corpóreo, cruzados los pies sobre l a base de los crucifijos modernos; ya pensativo y teatral en La Cena, de Leonardo, ya candido como una azucena en un mármol de Benvenuto; cuándo curvado bajo el madero de su martirio, camino del Calvario, en un paso de procesión; cuándo alado sin alas, como una Victoria griega, rozando, sin henderlas con las rosas de sus, pies, las aguas del Tiberíades, y rubio, seráfico, celestes los ojos, en los cuadros alemanes, y desmelenado, sangriento, trágico y moreno, en la policromía de telas y de tallas españolas. ¿F u é verdad todo aquello? ¿Pudo Dios encarnar en un hombre y cumplir sus milagros, y morir, y resucitar? S i pudo ser, porque sí- -y ésta es la santa fe del carbonero- porque, como dice Al. ighieri en la leyenda de esta glosa, así se quiso zJlá donde se puede cuanto se quiere, y más ya no preguntes Seguimos llorando la muerte del hombre; seguimos glorificando la resurrección de D i o s acaso la cristiandad sigue esperando la vuelta del Redentor. A h o r a debiera ser, ahora que hace falta: para repetir el milagro del pan y los peces y para convertir otra vez en vino el agua, que en las bodas de Canán se ruborizó a la presencia de su Creador. FELIPE SA S SONÉ MANUEL BUENO
 // Cambio Nodo4-Sevilla