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CUENTOS ESPAÑOLES D E H U M O R o creo que encontréis nada de particular en que mi padre y mi madre tuvieran tres hijos, y si lo cuento es porque e l n ú m e r o de hermanos figura en todas l a s biografías de hombres célebres. Olvidaos, pues, de Petra y de 3i! í y atended a la gloria de la familia, al que tanto lustre ha dado i nuestro apellido, al resplandeciente e inmarcesible A n a cleto. Fué precoz. R e cuerdo- -le llevo diez años- -que a los cuatro de edad tenía miedo por la noche. ¿D e dormir solo? E s o no sería notable, les sucede a todos los niños, y Anacleto no ha hecho una vulgaridad en su vida. T e n í a miedo de dormir acompañado. Como mis padres pasaban apuros, A n a cleto y yo teníamos que dormir en la misma cama. A n a c l e t o lloró por espacio de un mes. ¡M i e o nuco! -g r i taba, se nal án dom e- -S u miedo no cesó, después de bastantes pruebas para averiguar el origen, hasta qué yo me fui a dormir al sofá y Anacleto se quedó a sus anchas. Desde los cuatro hasta los seis años, Anacleto no hizo nada de particular: hurtaba los dátiles y el queso de la despensa; jugaba a justicias y ladrones; no leía periódicos infantiles- procuraba comer con ios dedos; despreciaba sus juguetes y suspiraba por los del vecino; le decía a los señores calvos que sin pelos estaban muy r i d í c u l o s ponía el pie debajo de una rueda cuando los automóviles iban a arrancar... E n fin, hacia lo que todos los niños normales. A los seis años se decidió, su suerte. -L l e v a este telegrama corriendo- -le ordenó mi padre- Y a sabes: donde liemos ido lanías veces, a T e l é g r a f o s L o entregas én la ventanilla y vuelves. tiran las tres y media de 3 tarde cuantío papá le entregó el telegrama Anacleto v o l vio a las ocho, a cenar. Llevaste el telegrama? Auadeto respondió modestamente: -Se me ha olvidado. Y devolvió él pape íto. M i padre tuvo tal disgusto, que hubo que ponerle sinapismos. P e r d i ó un buen negocio, y se convenció por propia experiencia de que los recados i m portantes tiene que hacérselos uno mismo. Mí madre, por todo comentarlo, p r o n u n c i ó la frase que había de orientar v definir la vida de Anacleto: ¡Q u é cosas tiene este chico! Nos mudamos de casa. E n la mudanza i n tervinimos todos: mis padres se ocuparon de la sala, l a alcoba y el comedor; mi hermana, de la ropa, yo, de los libros v objetos N Cuando, p o r fortuna, se tienen cósase menudos. A Anacleto le correspondió la cocina. A los pocos instantes de entrar en faena se o y ó un estrépito de catarata. Anacleto había dejado caer la vajilla, que se destrozó en su totalidad. -V e t e hijo mío- -le dijo, dándole un beso, mi bondadosa madre- É s t o no es para t i Y Anacleto se fué a pasear, mientras los cuatro sudábamos el quilo. Y a no se le pudo enviar a encargos ni se le encomendaba menester alguno. -N o mandéis a Anacleto, que se le o l vida. Que vaya T o m á s Anacleto no entiende de eso: que lo haga Petra. Anacleto nos miraba trabajar, sintiéndose, quizá, intimamente infeliz por no poder ayudamos. E n la escuela tenía siempre sobresaliente en comportamiento; pero nadie logró nunca que aprendiese absolutamente nada. -Se está quictecito en su banco, no rechista y hasta se duerme- -le contaba el maestro, a mis padres- pero ni. se fija ni quiere moleste en estudiar. ¡T i e n e unas cosas este chico! Se corrió por la ciudad- -una ciudad provinciana, modesta y sencilla como un trajede señora confeccionado en casa- -que A n a cleto tenía cosas Y las tenía, sí. A l ver a un grupo de muchachas en la confitería, entraba a devorar media docena de hojaldres. -Estas chicas me convidan- -le decía al del mostrador, relamiéndose. Y se iba. L a s m u chachas se reían como locas y pagaban. -j Pero qué golpes tiene este Anacleto! E r a simpático, guapo, guasón, dicharachero, mariposead o r. Tocaba el p i a n o de oído, hacía juegos de manos, contaba chismes; su especialidad era hablar mal de todo el mundo, pero se lo perdonaban con i n dulgencia. ¿Q u i é n hace caso? Son. cosas de A n a cleto. Anacleto ya t e n í a veinte años. D e s d e que m i madre, descubrió sus cosas A n a cleto se había, criado muy delicadi. to. E n realidad no se sabía, q u é enfermedad minaba su existencia. E l alegaba ciertos síntomas y los médicos no pod. ian comprobarlos. -E s t o y escalofriado- -decía en invierno. Unos corríamos por otra manta y le metíamos en la c a m a bien caleníita con botellas, mientras otros le p r e p a r a b a n u n ponche. -E s t o y como í e b r i l- -d e c í a en. v e rano. A correr en busca de refrescos, mientras se le aplicaban, compresas de hielo en l a frente y abanicábamos al sudoroso. N o sabéis q u e ésto me hace daño? -gritaba rechazando el cocido- Se le substituía el cocido por alimentos ligeros: sesitos, angulas, coles de Bruselas, flan. -Que nadie haga ruido, que me duele l a cabeza- -pedía con voz suplicante, si se había acostado a las seis de la m a ñ a n a Y todos a n d á b a m o s de puntillas. Estas eran las dolencias de Anacleto. nada graves, por fortuna. Frecuentaba las mejores casas, se le r i faban en todas ellas. Eso originó un gasto extraordinario- en l a f a m i l i a el. guardarropa de Anacleto. M i hermana, que terminaba la carrera de maestra, era humilde por temperamento y de presencia insignificante; yo ganaba un sneldecito en El Eco del Comercio, y como no iba a parte alguna, no me preocupaba de la indumentaria. E n cambio, ¿cómo abandonar a Anacleto a l a crítica de las personas empingorotadas? ¿Cómo permitir que hiciera mal papel? Anacleto- se vestía en Londres- -en una sast r e r í a por correspondencia- -y lucía, siempre a la última, aquella distinción y finura que nos embolsaban a todos. Y no se olvide que por su delicado estado de salud necesitaba ciertas prendas especiales; g a b á n de piel, trajes de hilo para la canícula, equipo de alpinista, etc. etc. Cuando P e t r í t a v yo. ella con los tacones distraídos y yo coa el traje de treinta reflejos a fuerza de roce, veíamos pasar a nuestro hermano, magniíi; 2
 // Cambio Nodo4-Sevilla