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NEGRURAS DE LA HISTORIA TRES DI A S la Historia en sus extensos y dilatados dominios, a l lado de páginas gloriosas y merecedoras de. alabanzas, episodios tristes y vergonzosos, que apesadumbran y desconsuelan, c u a n d o n o mueven a la execración y al aborrecimiento. E s obligación d e l que relata Hechos pa- sados y presentes enaltecer los que sean d i g nos de elogio y condenar sin p i e d a d n i misericordia los que a ello se hicieron acreedores. H o y me toca recordar uno de los muchos sucesos abomina b 1 e s del funesto reinado de Fernando V H tan fecundo en injusticias, oprobios y t i r a n í a s P e r o para llegar a l a finalidad que me propongo es forzoso consignar, siquiera s e a de pasada, antecedentes obligados, que permitan o r d e n a r l o s a c o n t e c i m i e n t o s de manera que no aparezcan aislados, escuetos y sin aparente justificación. D e ese modo que rá claro y preciso lo que, de otra suerte resultaría obscuro e inexplicable. Corría el otoño de 1822 cuando tuvo l u gar el Congreso de V c r o n a L a pérfida y solapada l a b o r q u e Fernando V I I venía realizando para r e s taurar el absolutismo comenzaba ya a producir sus frutos. H a bíanse movido cautelosamente V a r g a s Laguna y el duque de F e r nán- Núñez, que, secundando instrucciones del Rey, a espaldas del Gobierno, gestionaban con toda eficacia cerca de las Cancillerías de las naciones que integraban la Santa A l i a n z a E n San Petersburgo contaban, además, con la importantísima ayuda de Tatistscheff, funesto embajador de Rusia en E s paña, que había prostituido y bastardeado su condición diplomática, que le obligaba a no mezclarse en la política española, formando parte de l a camarilla con Chamorro y L o zano de Torres, y contribuyendo, en punible complicidad con ligarte y con el Rey, al sucio negocio de la compra de los navios moscovitas. Congregados en V c r o n a los Emperadores de Austria- y Rusia, los Reyes de P r u s i a Cerdeña y Ñapóles; en unión de los delegados de Inglaterra y Francia, amén de otras altas personalidades europeas, que, si no sumaban fuerza, eran a modo de coro espectacular de aquella Asamblea, no cabía duda que sería acordada la intervención, cometiendo a Francia el paco envidiable enUESTRA DE REGENCIA tas tan dignas y enérgicas como reclamaba caso tan grave, a las naci ones interesa d a s E s t o ocasionó l a rupt u r a de relaciones con ellas y l a retirada de los ministros plenipotenciarios de A u s t r i a Prusia, Francia y R u sia, a c r e d i t a d o s e n nuestra Corte. N o tardó mucho en ser también despedido el nuncio de S u S a n tidad, en justa correspondencia al agravio inferido a nuestro m i nistro cerca del V a t i cano, D Joaquín L o renzo V i l l a n u e v a recientemente hombrado, a quien el Pontífice, sin alegar razón alguna s a t i s f a c t o r i a se había negado a recibir. É l G o b i e r n o en vista de la gravedad de la situación, y de que las noticias que le transmitían sus confidentes en la frontera francesa acusaban que las tropas preparadas para i n v a d i r n o s se disponían a realizarlo en breve plazo, acordó en primer término m o v i l i z a r cuantos elementos de guerra h a bía a mano, que, por cierto, no eran numerosos, y, después, trasladarse con las C o r tes y la familia real al Mediodía de E s p a ña, donde l a defensa nacional ofrecería mayores ventajas. t M FERNANDO VII E N I 8 2 3 cargo de acabar con el régimen constitucional de España. Solamente W e l l i n g t o n se retiró de aquel Congreso, en el que se echaron suertes sobre las vestiduras de rntestra P a t r i a declarándose neutral. Con ello desmentía la nación inglesa sus tradiciones parlamentarias y sus respetos a las libertades constitucionales, que en buena ley le obligaban a defender la independencia de un pueblo, a quien se pretendía someter por l a fuerza. L o s historiadores que con más benevolencia han juzgado conducta tan extraña, alegaron l a circunstancia atenuante de no querer el Ministerio británico reñir con R u sia, por temor a posibles complicaciones en sus fronteras del E x t r e m o Oriente. P e r o lo cierto es que se impuso el criterio de C h a teaubriand, alma de aquella conjura internacional, quedando decretada l a expedición m i litar bajo el mando del duque de Angulema. E n los primeros meses del año de 1823, conocidas que fueron las deliberaciones de Verona. el Gobierno español, presidido por San M i g u e l d i o cuenta a las Cortes del atropello que nos amenazaba, y dirigió no- L o s que fueron apellidados por Chateaubriad cien m i l hijos de San L u i s encontrarían más eficaces resistencias al pretender salvar los m a c i zos de S i e r r a M o r e n a que realizando su m a r cha a través de l a estepa castellana. Se acordó, pues, establecer en Sevilla temporalmente la capital del reino, prescindiendo de las opiniones poco acertadas de algunos, que estimaban como sede más estratégica San Roque o Algeciras. 121 Rey, que tenía a su servicio un espionaje admirablemente organizado, sabía a diario cuanto se trataba en el seno del G o bierno, y, al tener conocimiento de qué era cosa decidida el viaje a Sevilla, destituyó airadamente a l M i n i s t e r i o Medida t a n ¡nesperada produjo e n M a d r i d el efecto del estallido de una bomba. Masones y comuneros se lanzaron a la calle, amotinados y revueltos en rebeldía tan peligrosa, que el M o n a r c a cobarde siempre, se amedrentó de tal suerte que, a pesar de haber substituido algunos de sus consejeros, revocó los nombramientos, quedando los mismos que acábate de exonerar. L o s comuneros y los masones no estaban bien entendidos entre sí. Luchaban de continuo porque sus orientaciones no coincidían, y si aquel día caminaron hacia el mismo fin, era obedeciendo
 // Cambio Nodo4-Sevilla