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a las inconscientes inclinaciones que sienten las muchedumbres extremistas, arrastradas fatalmente a la turbulencia y al desorden. N o hay que olvidar tampoco que l a sociedad comunera había nacido precisamente para oponerse a la masonería, por juzgar a ésta de temperamentos demasiado templados. Y esa divergencia de criterios que momentáneamente había hecho desaparecer el amor al motín, lo quiso explotar el déspota en beneficio de sus propósitos perversos. L a parte sana de las que se. llamaron Sociedades patrióticas y secretas, luchaba por el ideal; pero había dentro de ellas un. sector de gente maleante y mercenaria dispuesta siempre a dejarse corromper. P o r eso e n L a Fontana de O r o en L o r e n c i n i y en la recientemente creada Sociedad I- andaburiana, en homenaje al joven y desgraciado M a m e r t o Landabura, así como en otros círculos, donde lá. pasión política tenía su más adecuado albergue, se decía, como cosa verídica, que algunos enviados de P a l a c i o estuvieron- al habla con significados comuneros. Y no resulta i n creíble tal especie, no sólo por la manera de ser del Monarca, que no sentía escrúpulos para acudir a los medios más reprobados, sino también, porque hombre tan respetable y tan serio como el insigne poeta Quintana, en una de sus interesantes y patrióticas cartas, dirigidas a lord Holland, se h i z o eco de algo más insólito y más increíble, como fué l a entrevista secreta celebrada entre el Deseada y Romero Alpuente. N o quiero proseguir sin apuntar algo referente a tan r a r a personaje, completamente desconocido para: los que. no sienten afición a los estudios históricos y relativamente olvidado por muchos q u e l o s cultivan y frecuentan. F u é t i p o único en aquella fauna política, tan rica en ejemplares curiosos. Idólatra de l a libertad, exponía sus ideas tan desordenadamente, que sus palabras, sus gestos y su acción tenían a veces las inflexibiiidades y violencias del sectario, y otras las extravagancias y desvarios del monomaniaco. E r a un ente singular y estrafalario, cuya actuación habría sido inofensiva y grotesca si no hubiera tenido como compañera la excitación a l a crueldad. Veamos cómo lo retrata un cronista contemporáneo suyo: R o m e r o Alpuente. -Üra un energúmeno dé la libertad; liberal enliberalado, sin compás n i lastre, y liberal que de puro liberal podía ser sospechado de no serlo sincero. Fué el corta- cabezas de la revolución española: se alababa de robesperriano, clamaba por pescuezos, como por libertad, y los quería todos los momentos, sin razón, tiempo n i medida. E n el Congreso, en que era diputado, lo desacreditó esta cantinela, que era su razón para todas las cosas. F u é de los primeros comuneros, porque se prometió en l a secta más rigor y bullanga que en las otras Sociedades. Lástima es que causa tan noble cómo l a de l a libertad sé haya sostenido en España por campeones tan poco dignos de ella. Romero Alpuente y otros personajes del mismo jaez la arlequiriaban de un modo ridículo. L a s revoluciones quieren calor y fogosidad en los pueblos, pero calma y frescura en Jos que las dirigen. C u a n d o no sucede asi, la JD. E V A R I S T O SAN MÍCUEt P R I M E R M I N I S T R O EN- l82 revolución es una anarquía, precursora segura del despotismo y l a arbitrariedad (1) Preocupaba su espíritu, más que nada, imitar a los revolucionarios franceses, sobre todo a los que culminaron por su ferocidad. P o r eso sus discursos truculentos en las Cortes y sus arengas sanguinarias en el Club le valieron el apelativo de M a r a t español, que a él, lejos de molestarle, le envanecía. Y para que todo fuera excepcional en hombre tan singularísimo, era su profesión lá de administrar justicia, misión tan reñida e incompatible con sus estridencias revolucionarias. Volviendo a nuestra narración, afirmaremos que nunca se esclareció si hubo alguna punible y secreta inteligencia; pero si existió fué sin resultado, porque el Gobierno se mantuvo en su sitio, cediendo a sentimientos de patriotismo que pugnaban con su natural delicadeza, sirviendo a u n R e y que les odiaba. Hal er obrado de otra suerte habría sido dar lugar a que las contingencias de una crisis, en momentos tan graves y supremos, dilatarán el cumplimiento del acuerdo de marchar a Sevilla, que dejaría esterilizada l a defensa contra el invasor. Abiertas ya las Cortes en los primeros días de marzo, San M i guel hizo presente al Rey que había llegado la hora de señalar el día de la partida para Andalucía. Este opuso la más tenaz resistencia a salir de M a d r i d alegando estar enfermo; pero el M i nisterio, adoptando una actitud d e c i d i d a y resuelta, le sometió a reconocimiento de los médicos de Cámara, que, por no disgustar á su amo, declararon que su salud no le permitía salir de Palacio E n vista de olio fué nombrada una Comisión parlamentaria que, se ocupara de tan delicado cometido, y ésta designó nuevos facultativos, que fueron al Alcázar a examinar a l Rey, y todos i n formaron que se encontraba en condiciones de viajar. Destacan los cronistas de aquel tiempo l a conducta del médico 1 Juan Manuel Aréjula, famosísimo entonces, que afirmó, no solamente que el Rey estaba apto para emprender l a marcha, sino que le sería beneficiosa para- su salud. También hay que hacer notar la ente- reza con que el joven diputado y gran orador Alcalá Galiano sostuvo, dentro de l a Comisión que había nombrado el Parlamento, la necesidad absoluta de abandonar ia C o r t e sin demofa alguna. N o hubo remedio. E l Soberano tuvo que someterse, y el 20 de marzo salió pava Sevilla, a cuya ciudad llegaron el io del i n mediato abril. Los incidentes del viaje, por todo extremo curiosísimos, y que son muy largos de enumerar, están admirablemente narrados en los apuntes que diariamente dictaba el Rey a su secretario Salcedo, y que permanecieron secretos durante muchísimo tiempo, habiéndose conocido gracias a l a feliz casualidad de haber llegado a manos del difunto conde de. Casa Valencia una copia, que tuvo la afortunada idea de publicar, prestando con ello ún- señalado servicio a la H i s t o r i a patria. NATAf. ro ROMERO AU UENTK, OIPCTADO COMUNERO c O M n l K L EN E L SEGV. YDO RTVAS l l R t C O O Retrain polfítom de! Herohimón de España, Carlos Le Bvun. 1826.
 // Cambio Nodo4-Sevilla