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DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G E SI M O C T A V O 10 CTS. N U M E R O DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G E SI M O C T A V O 10 CTS. N U M E R O F U N D A D O E L i D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A muerte pusiera en peligro l a estabilidad de las cosas. Pero a los pocos meses sé derrumbaba también la Comandancia de M e l i 11 a. E l Sr. Dato se engañaba. L o que había que decir a las clases directoras de E s p a ñ a es que vivían como en una fortaleza sitiada, y que sólo podían salvarse a fuerza de disciplina y de valor. Porque el ser o no ser puede interpretarse como vigilancia o adormecimiento. Ser es defenderse. Dejar de defenderse es y a dejar de ser. E l optimismo de los jefes era letal. H a c í a falta un pesimismo heroico que despabilase a los m á s torpes. Mucho antes del 21, por lo menos desde 1917, era urgente. P o r no darse cuenta del peligro, se dormían las almas. A h o r a están despiertas. Tarde, naturalmente, porque al desentumecerse los guardianes se han encontrado con que el enemigo los ha dejado sin medios de combate, y, sin embargo, no demasiado tarde, porque mientras se vive hay esperanza. A l fin y al cabo no es seguro que las m á s desgarradoras profecías hubieran sacado de su incuria a las gentes. A l no querer oír hablar del peligro es inútil que se les señale con el dedo. L a experiencia es el m á s caro de los maestros, pero no hay manera de substituirlo con ventaja. Y después de todo, si algún día ha de volver para E s p a ñ a la hora feliz en que vuelvan a conviv i r en el mismo sistema de ideas y de sentimientos todas sus clases educadas, como ocurrió en los siglos x v i y x v n pero cómo no ha vuelto a suceder después, ¿n o será antes preciso que se haga definitivamente y no a pedazos, la experiencia de la revolución, y que- fracase, corno es inevitable? E n menos de dos semestres han aprendido las gentes bien lo que no les h a b r í a n enseñado veinte años de los m á s arduos estudios. Parecen otras. Escuchan, aprecian, asimilan la verdad, rechazan los sofismas. H a y ahora en E s p a ñ a mucho m á s talento del que había hace un año. E s que el dolor y l a i n quietud van despertando las conciencias. E n el porvenir va ser mucho más. difícil engañ a r a nuestro pueblo, si. es que realmente sé le ha engañado alguna vez. Pero dejaba hacer, por incuria, que equivale a dejarse engañar. Aunque también hay su parte de engaño en suponer, como en el 98, que todo esto ha venido por alguna g r a v í sima culpa. L a culpa principal que precedió al 98. fuá la de no haber sabido defendernos. Verdad que la defensa, para ser adecuada, implicaba el haber ganado para nuestra causa a los mejores espíritus de Cuba y Filipinas. A l g ú n día se verá que estábamos peleando entonces por la Hispanidad, por la catolicidad, por la convivencia armónica de blancos, negros, malayos y. mestizos en las mismas sociedades y en los. mismos territorios, y por evitar que un voraz imperialismo económico reduzca a la miseria a pueblos que parecen destinados por l a N a t u r a l e z a a un vivir asoleado y sin angustias. L o que no sabíamos en 189- 8, y esta ignorancia fué la culpa m á x i m a es que nuestra hispánica hermandad no tenía otra cosa. alternativa que la rapaz tutela de un pueblo extraño, que se cree superior. N o lo sabíamos nosotros, ni nuestros hermanos rebeldes. N o veíamos el mundo con ojos bastante perspicaces. P o r eso no supimos defendernos en la batalla decisiva, que es la que se libra en el interior de C O M O E L 98 F u é nuestra la culpa oigo decir a personas inteligentes de nuestro señorío. Y yo m e d i g o es. el alma española, la honradez española. L o mismo nos dijimos el 98, al final de una guerra infeliz. De haberla perdido los franceses habrían gritado: ¡N o s han hecho t r a i c i ó n! L o s alemanes hubieran demostrado la decadencia de la civilización, y de haber sucumbido a l guna aristocracia anglosajona, nos dejaría dicho que el mundo, ingrato, no la merecía, y que la envidia de los infrahombres y su propia magnanimidad habían dado al traste con la casta m á s noble, -más bella y m á s generosa de la tierra. Cuando a los españoles nos acontece algo grave, lo primero que se nos ocurre es echarnos, por de pronto, la culpa, y- hacer después examen de conciencia, e investigar al fin nuestros pecados. Y es verdad que l i a habido faltas graves de parte de nuestras clases directoras. M a u r a las convocó para defensa del Estado, y no acudieron sino a medias. P r i m o de Rivera volvió a llamarlas, y aconteció lo mismo. N o se dieron, cuenta dé que los bienes p r i vados y las posiciones particulares dependen de ese ten con ten que llamamos E s tado, y de que el Estado, a su vez, no se sostiene sino por l a vigilancia de los ciudadanos. Pero conviene no exagerar la culpa, porque lo acontecido, en resumen, no es que las clases directoras hayan sido malas, sino sencillamente que no se han defendido. N o se han defendido, porque no vieron venir el peligro. Esto es todo N o que fueran inmorales, ni que estuvieran corrompidas, n i que se sintieran fracasadas. N o exageraba el conde de Romanones al cantar en su libro Las responsabilidades del antiguo régimen ¡os progresos realizados por E s p a ñ a entre 1875 y 1923. F u é un magnífico. medio siglo. E n la Historia de E s p a ñ a sólo pueden comparársele el de los ttieyes Católicos y. Cisneros, el de Carlos V y Felipe II, y, con muchas reservas, el de Carlos III. -Su pecado fué- la, indefensión. Como, el de la sociedad francesa en tiempos de los Luises X V y X V I abandonada a la revolución, en medio del progreso, pero sin darse cuenta de ello. L a s gentes habían visto a Marat leer en 1788 el Contrato social, en alta voz, en los paseos de P a r í s y no apreciaron la importancia del hecho. Aquí entró la revolución en l a Universidad, y se quiso conjurarla regalando, prebendas a los revolucionarios, que lo querían todo. E n este cerrar los ojos h a b í a b u e n a parte de egoísmo. E s más cómodo dejar de ver, y aun hacer como que no se ve, que estar de centinela en la garita. Con ello no se dice que el pecado de cerrar los ojos sea leve, porque es grave. P e r o la culpa m á x i m a fué la de los jefes que creyeron que en E s p a ñ a no pasaría nunca nada. Recuerdo que me lo dijo el Sr. D a t o E n tiempos de mi padre oía yo decir que aquí va a pasar algo gordo, y ya ve usted: no ha pasado nada; aquí no sucede nunca nada. E ü o me lo decía el Sr. Dato cuando ya se sabia amenazado de muerte, y pocas semanas antes de encontrarla en la Puerta de Alcalá. Era hombre tan sencillo como entero y ecuánime. N o debía pensar que su las conciencias. Pero es que de ver las cosas a no verlas, de estar alerta a adormecerse, de defenderse a dejarse llevar, hay casi toda la distancia que media entre el ser y el no ser. Y aunque el despertar de los espíritus ha de pagarse a un precio que parece excesivo, y hasta insoportable, los griegos decían que el hombre al que no sé azota tampoco se le educa, y su pensamiento se ha hecho axioma en casi todas las hablas del planeta. RAMIRO D E M A E Z T U DIARIO D E U N E X P L O RADOR D E ÁFRICA Varias comidas y un señor N o me opongo a que el viajero hable de los Museos que ha visitado. E s aburrido, sin dejar de ser, útil. Pero icreo. que debe guardarse el mismo respeto para los restaurantes. Saber lo que comen los hombres nos ilustra mucho acerca de l a vida de estos hombres. Dondequiera que voy, digo: E n señadme vuestras Catedrales y vuestros puentes Y también digo: Indicadme una buena cocina a vuestro gusto M i r o como y enjuicio. -Yo he engullido las huevas de pescado de los noruegos, el chucrut y el ciervo de los alemanes, los pastelillos de mantequilla de los holandeses, el ganso con cominos de los bohemios, las algas marinas y las j u d í a s fermentadas de los japoneses, y he ido al inolvidable Alicante sin otro objeto que probar e l a r r o z Conocer la ciencia culinaria de un país es una forma muy interesante de la cultura. F u é nada m á s por este afán de atesorar experiencia por lo que dejé deslizar hacia mi estómago el engrudo de un arroz con queso preparado en un figón de Settat. Sobre la cruz de varios caminos, en la. ruta de Marraquex, dominado por el blanco m i narete de su mezquita, Settat era, en aquel día, un hervidero de gente. P a s á r n o s l a las doce de un viernes, el domingo moro. M a- rruecos es el país ideal donde un perezoso de ideas, religiosas, poco, arraigadas puede, con, hacerse mahometano los. viernes, judío los sábados y católico los domingos, justificar el reposo tres días cada semana. E n aquel que n o s v i o llegar a Settat, el mejor restaurante del pueblecillo había elaborado un m e n ú delirante, que n i el auxilio de una botella de agua de V i c h y descompuesta, ofrecida para que su sabor a huevos podridos hiciese olvidar todos los demás malos saboies, pudo hacer tolerable. M i s compañeros se excusaron de probar el arroz, p ero m i coleccionismo culinario me obligó a injerir aquella pasta blanquecina, en la que el queso cocido se desflecaba- en hilos amarillentos. -Queso de cabra- -opinó Justo Sanjurjo. Pero ni la cabra m á s miserable produciría sin vergüenza un queso igual. Y o sé que he comido queso de camella, v esta seguridad me- -educe cierto orgullo. Y también la mulada admiración con que el general Sanjurjo- -cuya vida entera es una proeza- -me vio devorar el pegote. Nunca he estado en la guerra, pero entonces he visto en los ojos de D José la misma m i- rada que debió de fijar en cualquiera de sus oficisles que partiese para una misión morta- í.
 // Cambio Nodo4-Sevilla