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Fiesta en el Ritz. wm. El encargado de Negocios de Egipto y la señora de El- Kadry- Bey han obsequiado con una fiesta en el hotel Rite a significados miembros del Gobierno y del Cuerpo diplomático. (Foto Zegrí. Aquella primera h a z a ñ a no fué nada útil para m i estómago, cuyas paredes tardaron en separarse tres, días, pero me preparó es- piritualmente para l a segunda, que acaeció pasado algún tiempo, en l a ciudad de M a rraquex. Volvíamos de visitar las tumbas de los Sultanes, y en la plaza p r ó x i m a al edificio que las contiene descubrí, sentados sobre las guijas del suelo, rodeados de pintoresca chiquillería, unos hombres que tenían ante sí una mercancía e x t r a ñ a E r a n montones de animalitos del t a m a ñ o de las quisquillas, tiesos y tostados, de un obscuro color chocolate. Parsimoniosamente, los vendedores cogían algunas de estas menudas piezas del montón, les arrancaban las alas- -que tapizaban después el suelo a su alrededor- -y las disponían en otro montoncito pequeño, preparado ya para ser entregado al posible comprador. Eran langostas fritas. U n europeo es capaz de comer una rana, como los franceses, o de asistir a un banquete político o literario como los que aligeran las despensas de los hoteles madrileños de todas las substancias en putrefacción; pero no comprenderá j a m á s que se pueda injerir u n insecto. S i mis compatriotas pudiesen verme con una langosta tímidamente cogida por su extremidad abdominal, con los dientes apercibidos para cerrarse sobre la tostada y crujiente cabeza del voraz anima! convertido de plaga en manjar, no tendrían, seguramente, la mirada de gula envidiosa con que me examinaban los chiquillos de aquella plaza de Marraquex. S i n embargo, las langostas fritas tienen un gusto un poco dulzón, nada repugnante; deben de ser mucho más sabrosas que las moscas cocidas, y, desde luego, son preferibles a las judías verdes de los vagones- restaurantes. Estas eran hasta entonces mis expediencias sobre el arte indígena de cocinar. Pero bien pronto la admiración y la simpatía de que disfruta el general Sanjurjo en la zona del Marruecos francés me depararon Ocasiones m á s importantes de ampliar mis estudios, y a que puede decirse que no hubo en todo el viaje un solo gran señor moro que no tuviese a honra recibir a l m a r q u é s del R i f y sentarlo a su mesa. A s í fué como conocí al Glaui. S i queda todavía en toda el Á f r i c a del Norte un verdadero señor feudal, es este príncipe, alto, aceitunado, magro, que ha pasado sin duda l a cincuentena, y al que Francia mima para premiar su incondicionalidad. E l Glaui es el señor de Telonet, en uno de los pasos- del Atlas. Posee allí su castillo, entre la grandiosidad de las montañas. Puede poner no sé cuántos hombres en pie de guerra. Sus ingresos se cuentan por millones, y sus acreedores, por cientos... Paso muy aprisa sobre estos detalles, para llegar m á s pronto al que me parece de mayor importancia: entre los paredones de su residencia montañesa, el Glaui guarda cien bailarinas. Cien bailarinas para él solo. ¡O h D Rodrigo; oh, doña Isabel! ¿P o r qué les habéis expulsado? Del Glaui se cuentan numerosas historias de generosidad. E n uno de sus viajes a P a rís- -donde el Glaui es un caballero cetrino, perfilado por un smoking de buena marca- -dio a sus amistades una comida, que le costó unos setecientos m i l francos, y en la que cada invitado halló una joya oculta en su servilleta. E n Marraquex vive principescamente, y entre su servidumbre no falta un profesor de golf. El moro no suele sentarse a la mesa con sus invitados, sino que permanece vigilando los detalles de. la comida; pero el Glaui, penetrado de la civilización occidental, i n tercaló la blanca nota de su jaique de seda entre nosotros. Nos acomodamos en cojines, en un ángulo de la estancia, alrededor de una niesita árabe, redonda y baja, casi de un pie de altura. E l salón era suntuoso, en esta manera árabe, que desconoce el mueble. E n una habitación mora nunca hay m á s que dos cosas que admirar: el suelo, donde? e extienden tapices magníficos, y el techo, donde embelesa la riqueza de los artesonados. Después, el largo diván que contorneadlas paredes y algunos cojines. E s todo. U n servidor vertió agua sobre nuestra mano derecha. L a comida dio) comienzo. Seis caballeros vestidos de smoking alargamos delicadamente el pulgar, el índice y el medio de. la mano derecha para pellizcar un enorme pastelón de hojaldre- -arca de unos tiernos pichones y un. picadillo de huevos- -que apareció sobre la mesa. Comer con los dedos en la sociedad de un príncipe, de un general victorioso y de otros varios hombres importantes produce al principio un invencible sentimiento de rubor. L a caspa del hojaldre tenía una E l público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios por palabras clasificados en secciones, E n ellos encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle.