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tendencia irreprimible a constelar nuestras pecheras, y, al levantarse de la mesa, da tanta vergüenza llevarse la mano, como si nos hubiésemos guardado un tenedor. Pero el pastel estaba delicioso y pronto perdió la perfecta redondez de sus bordes para adquirir un parecido bastante notable con esas ruedas dentadas en las que suele simbolizarse la Industria. Este primer ensayo mío no fué demasiado feliz. Vencida la timidez de los primeros mementos, mis pellizcos al pastel tuvieren un carácter que, si he de ser honrado, debo calificar de frenético. Fuera, bajo las arcadas del patio, donde un surtidor era como un dedo de cristal alzado para imponer silencio con un ¡chist! incesante, había comenzado a sonar una música. Dos enormes esclavos negros aguardaban las ó r denes del Glaui junto a la tallada puerta de cedro que perfumaba la amplísima estancia. Y yo iba experimentando la secreta melancolía de comprobar que los trozos de pi- chón escaseaban por el sector de pastel entregado a mi gula. Socavaba con mis dedos y no conseguía sacar más que hojaldre y picadillo de huevo. Comencé a sospechar que mi compañero de la derecha había excavado una mina que le permitía expurgar sin ser v- isto las riquezas de mi territorio. Entonces avancé valerosamente la mano entre el fondo y la tapa del pastel. Encontré la suya, que hacía una solapada excursión hacia una pechuga. Nos repelimos, nos arañamos, con los rostros sonrientes, en el misterio de las profundidades del pastel. La tapa se movía un poco, como si la sacudiese un oleaje. A l fin conseguí rechazarle. Nadie se había enterado de aquella lucha. Orienté mi mano hacia la pechuga, palmeando en el pastel como quien busca en la obscuridad. No era una pechuga; era una pata. L a cogí. Entonces la pata inició un movimiento de retroceso. ¡Qué extraño! Diríase que trataba de huir. L a agarré fuertemente y vi un gesto de desagrado en la cara del comensal de enfrente. Comprendí. Había llegado a apoderarme de un dedo del canciller de nuestro Consulado. Siempre dentro del misterio del pastel, le di un enérgico apretón de manos para pedirle perdón y para llevar a su espíritu el convencimiento de que mi merodeo no aspiraba a rayar en el canibalismo. ¡Cuántas agradables peripecias puede haber en una comida mora! Nos dieron después unos pichones en salsa. Cuando llegaron los pollos enteros, cocinados con esa maestría que tienen los moros para condimentar las aves, tuve que rogar al cónsul que tirase fuertemente. de una pata mientras yo desgarraba la otra. E l cordero con membrillo nos encontró fatigados. A l servirnos el cus- cus yo cogía por; ciones para hacer bolitas a la usanza mora, con más torpeza, pero con la misma naturalidad con que cojo puñados de nieve en las excursiones a Navacerrada. Durante el café, servido en otro espléndido salón, el Glaui hizo cantar y bailar para nosotros. Una de las muchachas moras- -de dulcísima voz- -tenía una belleza notable. Yo lie oído referir que a I oiret, el modisto francés, le regalaron una joven mora después de una fiesta análoga, en Marruecos. No debe de ser verdad. Otro de mis amigos y yo, conocedores de estas, historias y de la generosidad del Glaui, procuramos exteriorizar con un decoroso arrobamiento nuestra admiración por, la artista. Esperábamos que el Glaui decretase cóh displicencia: -Llévesela usted. Y nada. A l salir miramos el. automóvil, -por si estaba la muchacha empaquetada, con una; tarjeta del Glaui que dijese lacónicamente: Salud Y nada. Llegamos al hotel, todavía un poco esperanzados. Y nada. En el África misteriosa hay muchas. leyendas sin fundamento. W. F E R N A N D E Z FLORÉZ MarráqUéx. Huelga r e v o l u c i o n a r i a en Ántequera. El convento de Ja Trinidad, incendiado por los huelguistas. Estos, cómo se sabe, sostuvieron un largo tiroteo con la Guardia civil. (Foto M órente y Velase o.
 // Cambio Nodo4-Sevilla