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Josefina Díaz de Artigas, ¿vuelve al teatro? lizada, un mundo perfecto dé continuidad luminosa. S i Josefina Díaz fuera capaz de proceder a ciegas, de hacer algo, como otros lo hacen casi todo, sin- pensar, es probable que a estas horas la vuelta a la escena de Josefina Díaz fuera ya un hecho Pero su caso es más complejo. L a realidad, cuando el pensamiento nos la anticipa y nos la- impone- exacerbada; con. todo el potencial de sus, fuerzas y, energías- pronto a. dispararse, ejerce sobre nosotros un poder de alucinación que paraliza la voluntad y ata las manos. E s la prisión de cristal en que se debatía, delirante de videncia y falta de aire, el alma de Iíariilet. -Y es aquel grano- de trigo de A n i i c l que no servía para l a siembra porque lo habían pulverizado. en el molino. Cuando el pensamiento se le anticipa, y ve demasiado, el solo corazón no basta para salir al paso de la presunta realidad y afrontarla después de pensada. M u cho menos, un corazón que, como el de P e pita, rezuma dolor y ha perdido el estímulo de sus iniciativas. A su manera entrecortada, luchando con su propia angustia, como el que sale de una pesadilla, ella me explica: -L o he hecho ya. L o he visto claro. H e decidido volver a, mi trabajo. N o sé cuántas veces; muchas. H e trazado mi plan. H e escogido las obras. P o r todo eso he pasado. Pero hay que hacer lista de compañía. H a y que pensar en los repartos. Y la cuartilla delante, el lápiz en la mano, llega el momento de escribir el nombre del actor que... y... Casi no advierto que ha callado. T a n lleno está el silencio, gracias a la elocuencia, con que sus ojos hablan, de una presencia viviente, real. Concluye, como si efectivamente lo hubiera dicho todo: ¿C ó m o es posible... ¿Q u é quiere usted que haga? -Comprendo; sufriría usted mucho y le da miedo... ¿Qué quiere decir miedo? N o es eso. M e agrada sufrir. N o trato de ahorrarme dolores ni impresiones amargas; no es eso. E s que me he examinado, me conozco bien y sé que no tendría fuerzas, llegado el momento, para dominarme en absoluto, para, sobreponerme a mis sentimientos, como sería mi obligación, Su probidad de artista y su. inefable sensibilidad de naturaleza femenina que conserva en el dolor, con la preponderancia exclusiva del sentimiento, el egoísmo sagrado y todo el púdico hermetismo de las grandes pasiones, se juntan, ahora para explicarme: -A l público llamado para asistir a un espectáculo de arte, ¿qué le importa el dolor de una pobre mujer? Y o creo que a la escena ha de ir únicamente l a actriz, desasida de sí misma, impersonal, respetuosa con su arte y con el público... Se ha detenido. L a voz se le quiebra apenas, y a ñ a d e -Pero... respetuosa también con el dolor de la pobre mujer, que no debe entregar, ni empequeñecer, ni mucho menos, profanar, convirtiéndolo en espectáculo de otros, aunque sólo fuera un día, un momento, los primeros minutos de una hora. N o me resignaría a dar a la escena una sola lágrima que fuese de otro lugar, de otro culto y de otra emoción. S i la vida y sus necesidades lo exigen, comprendo que la actriz vuelva al teatro; pero que vuelva la mujer, que algo de la pobre mujer, sin misión ya en el mundo se manifieste allí, a los ojos de todos, me destrozaría y me anularía como una flaqueza bochornosa. N o existe la pobre mujer, no existe; ha pasado. N o ha de volver m á s Hablamos perdido l a mayor parte del camino andado. A h o r a me parecía menos dispuesta a dejarse convencer que cuando empezamos la conversación. T r a t é de animarla, enumerando algunos puntos de apoyo con que podría contar, para afirmarse y recobrar su equilibrio, llegado el momento, Algunos periódicos han dicho estos días que Josefina Díaz de Artigas vuelve al teatro en plazo próximo. L a noticia me ha recordado una conversación que s o s t u v e hace dos meses, con la admirable y dolorida actriz. H o y me parece oportuno transcribir aquella conversación, que puede servir de comentario a los rumores de estos días y aclarar algunos extremos. Estábamos en Ja casa de otra comediauta exquisita y famosa que ahora convalece afortunadamente y que yacía entonces en grave peligro. Pepita había acudido a prodigar a los familiares de la enferma el consuelo de las lágrimas sinceramente compartidas. Paliducha, callada en su rinconcito, disminuida por la pesadumbre de sus ropas negras, oyó mi p r i m i t a N o vamos pensando en trabajar, Pepita? Y tardó en contestarme, como el que viene de lejos. -Sí, señor. L a vida escapa a nuestra voluntad. Dura lo que Dios quiere y tiene exigencias y obligaciones que es necesario atender. Y a sabe usted que el teatro no enriquece. L o que, trabajando, bastaba para vivir, se agolaría, sin reponerlo, en poco tiempo. Y como bien pronto necesitaría trabajar, ya voy pensando en ello... Esbozó planes. M e comunicó proyectos. Pasos que había dado. Ensayos de actividad en diferentes sentidos. Hasta la posibilidad de colaborar en futuras empresas i n dustriales. H a b í a entendido lo de trabajar en su significado normal y corriente de arma para la lucha por la vida. Estábamos lejos del trabajo en el sentido restricto que yo le daba; de lo que solemos llamar trabajo en el teatro. Y hube de interrumpirla, precisando: -D i g o si ha pensado en trabajar según su profesión, representando otra vez en la escena, volviendo al campo de su mejor actividad. Esta vez la respuesta fué rápida. -L o lie pensado. M e falta valor. N o podía e x t r a ñ a r m e que lo hubiera pensado. Para Josefina Díaz de Artigas pensar es su manera habitual de v i v i r el signo característico de la actividad, interior de esta, mujer cuya cabezuela, como vulgarmente se dice, no para un momento. Relo jito minuciosamente reglado, está en marcha constante. Entre sus ruedas y engranajes, de una figura y precisión indecibles, todo es ruido de pensamiento. Minutos, segundos- de ideas apresadas con prontitud y avidez; prensadas, laminadas hasta convertirlas en raicillas- filiformes, en virutas de pensamiento que reclamarían, para su aplicación, una naturaleza previamente menta-
 // Cambio Nodo4-Sevilla