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N U M E R O EXTRAOR DINARIO 20 C E N T S AÑO VJGES 1 MOCTAVO. g jif N U M E R O EXTRAORDINARIO 20 C E N T S AÑO V I G E S I M O C TAVO. f EL P A L A C I O DE LA G R A N ILUSIO NO de los tormentos del que viaja es la imposibilidad; de encontrar nuevas relaciones entre la inteligencia y lo que ve. A ser humildes, pasaríamos por las ciudades en si encio. Los que nos han precedido han agotado todos ios motivos de curiosidad que nos atraen. Nos han dado a conocer la historia del país; nos han descrito sus paisajes y nos han dicho lo que son las gentes por dentro y por fuera. No queda ya ningu ia particularidad del clima ni de la civilización holandeses, ni ningún pormenor de la psicología de este pueblo, que no anden impresos desde hace mucho tiempo. E l turista de inteligencia menos ambiciosa sabe al venir aquí la lenta y azarosa formación histórica de este país, que se las ha tenido tiesas, en diferentes épocas, con las naciones más fuertes. Está al corriente de sus luchas con el mar, que ha disputado y 3 c disputa eternamente el derecho a la existencia. No ignora su rica tradición iurídica ni su secular y honrosa afición al Kbre examen, cimiento del progreso filosófico. Sabe que Holanda es tierra de artistas inmortales y de colonizadores beneméritos. A l venir aquí, si no domina la realidad que tiene ante los sentidos, ha entablado ya con ella relaciones respetuosas, por lo distantes, que le preparan el espíritu a más favorables intimidades. ¿Qué podríamos, pues, U E L TRIBUNAL D E JUSTICIA INTERNACIONAL E N ENERO D E I925. ORAN SALA D E JUSTICIA D E L PALACIO D E LA PAZ decirle nosotros que le suene a novedad? ¿Que Holanda es una nación surcada por cuatro grandes ríos y por infinitos canales que poetizan 3 a navegación interior y el régimen de riegos? ¿Que sus cielos pasan fácilmente del azul virginal al gris ceniciento? Que sus ¡horizontes recuerdan, por lo dilatados, los de la pampa argentina? Esas noticias harían sonreír al turista, por lo atrasadas. Hay que renunciar, pues, a escribir con pretensiones de originalidad sobre países que están casi a las puertas del nuestro. Hasta hace pocos años lo exótico empezaba un poco más allá de la frontera. Hoy la facilidad de las comunicaciones ha alejado sus linderos tanto que apenas los vemos. ¿Donde empieza lo exótico ahora? ¿A cuántos kilómetros de nuestra tierra puede experimentar nuestro espíritu la emoción de lo inédito o de lo raro, ante las personas y las cosas? ¿Quién puede ufanarse de haber gustado, durante un viaje, de una sensación desconocida? No es porque seamos refractarios a lo bello. Es porque ahora lo que vemos, por distante que esté, nos era parcialmente conocido. Todo el mundo se considera más o menos informado de todo, y esa semicultura que satisface nuestra vanidad, sin colmar nuestra inteligencia, disminuye nuestros placeres... ¿Dónde está el palacio de la Paz? -pregunto al portero del hotel x Extiende un plano de la ciudad ante mi ojos y me señala el emplazamiento de palacio- -Le advierto a usted que no. es visita ble hasta pasadas las doce del día... A l salir del hotel sigo la dirección indi cada. E l cielo está claro y el tiempo parec firme. Por el lado del mar no se ve una solí nube. Doblo la calle, por la derecha, y a lo; pocos pasos me detengo a la orilla del V i juerberg s, que es un gran estanque agrá ciado por una islita, que es su único atrae tivó. Media- docena de patos aburridos va gan de un lado para otro, se zambullen com si fueran a descubrir algo y vuelven a 1 superficie. Los cisnes, más distinguidos asisten con. aristocrática indiferencia aquellas agitaciones sin objeto. Prosigo e paseo por la Noordeinde, que es una anoh; avenida, y poco después mi atención se fij; en un inmueble de tres cuerpos, sobre el cua ondea una bandera. E l edificio, que nada tie ne de imponente, atrae por la blancura d sus muros. A uno de los lados del porta vigila un centinela. L a familia real est bien defendida. Los alrededores de la mora da regia no pueden ser más simpáticos A l contrario de lo que ocurre en cierta capitales europeas, como París. Londres Berlín, nadie disputa aquí el espacio al ve ciño. La mitad de la urbe es ur. a sucesión d 1