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parques poblados de villas y hotelitos Lo más denso de la ciudad esta ocupado por tiendas y oficinas. Me habían asegurado que la amabilidad no era la virtud sobresaliente de los holandeses, y declaro que ésa leyenda eS infundada. Los he encontrado a ellos atentos y serviciales, y a ellas muy graciosas. Parece q ue aquí la mujer se ha acostumbrado a regirse por sí misma, lo cual no es un defecto cuando la conciencia interviene en las decisiones de la voluntad. E l extranjero, si tiene amistad con una familia, puede salir de paseo con la señorita de la casa, sin que se escandalice nadie. En otros países, aparentemente más severos de moral, esa costumbre chocaría. Á mí me gusta, porque demuestra horror a la hipocresía. Es mil veces preferible esa franqueza a la fingida pudibundez de algunas señoritas de otros climas, pudibundez que no se opone a que lleguen al matrimonio sin ninguno de sus encantos naturales por explorar. ¿Dónde está el palacio de la Paz? pregunto a un señor que camina en mi dirección. Vacila un instante y me contesta: Venga usted conmigo... Yo je acompañaré... En un rincón del parque Real, aislado de la vía pública por una extensa verja, se levanta un edificio de arquitectura imprecisa, que tiene la majestad exterior de una catedral. Es el palacio de la Paz, construido a expensas de aquel ilustre soñador que se hizo perdonar sus enormes riquezas prodigándolas en la realización de sus ideales. La iniciativa de la Conferencia internacional de la Paz, fué, como todo el mundo sabe, del Emperador de ¡Rusia. Nicolás II era. según parece, un sentimental. Así nos lo ha pintado una leyenda, probablemente falsa, como todo lo que se dice con criterio unilateral sobre un hombre o un acontecimiento histórica iEl ultimo Romanoff pensaba en la paz, pero eso no obsta para que al informarle él ministro de la Guerra una noche de que en la batalla de Liao- Yang, contra los japoneses, había perdido Rusaa den mil hombres, contestase el Zar, desviando la conversación: -E l cielo está estrellado... Creo que mañana podremos salir de cacería... Los sentimentales, altos y bajos, tienen esas inconsecuencias. Se conmueven pensando en el ideal remoto, y se quedan fríos ante la realidad que sangra. E l edificio responde, por su franqueza, a sus fines. Es digno de alojar a los apóstoles de la paz y de tener como portero a Norman Angelí. E 1 pobre Andrés Carneggie sufrió al estallar la gran guerra una decepción tan orofunda, que su salud, ya un tanto quebrantada por los achaques de la vejez, se agotó irreparablemente. Todo el que haya leído las páginas de aquel hombre opulento y bondadoso habrá advertido su candor. Carnepsie creía que unos siglos de cultura superficial pueden modificar el fondo de nuestro ser, y que un discurso tiene fuerza suficiente para desarraigar un instinto. A l desprenderse de siete millones de dólares para construir el palacio de la Gran Ilusión, imaginó haber hecho imposible la guerra. En cuanto los jurisconsultos de todas las naciones tomasen asiento en torno de una mesa colocada en el centro de un gran salón con tapices de gobelinos y muebles góticos, la paloma de la paz se apresuraría a descender a la tierra y a instalarse, de un modo permanente, en este palacio... Eso creía el millonario Carneggie. Su dinero ha producido hasta ahora muchos miles de volúmenes de Derecho internacional, que ocupan los estantes de esta biblioteca, pero no se ¡ha economizado, hasta ahora, una gota de sangre de la Humanidad... Hemos deambulado un rato por sus severos salones, y al vernos de pronto ante el Cristo monumental, que es reproducción del que existe en los Andes, hemos recordando las estrofas de un poeta: Tengo el alma, Señor, adolorida, por unas penas que no tienen nombres, y no me culpes, no, porque te pida otra tierra, otro siglo, otros hombres... MANUEL BUENO. E L COMITÉ D E LOS DIEZ JURISTAS QUE PREPARO EN IQ 20 EL. ESTATUTO D E L TRIBUNAL D E JUSTICIA INTERNACIONAL