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A historia de los hermanos Carvajales es un caso típico de e r r o r j u d i c i a l Si es fácil hoy que la Justicia yerre con los medios informativos de que disponen policías y curiales, i cómo extrañar que antaño acaeciesen hechos cual este que r e me m o ramos ahora, como pretexto para reproducir un c u a d r o célebre de Casado del Alisal? Corría el siglo x i v con sus truculencias y anomalías. Triunfo dé la ambición y de la fuerza bruta. L a gente en armas día y noche. Moros y cristianos en constante lucha L a nobleza turbulenta y díscola contra el Rey, fuese quien fuese- Éralo de España a la sazón Fernando I V cuya minoridad había servido para poner de r e l i e v e los grandes méritos de doña M a ría de Molina, la Reina madre. Parece ser que estando el Monarca en Palencia acaeció un suceso por deDON más desagradable. E l noble Benavides, que disfrutaba junto al joven Rey plena privanza, fué muerto alevosamente una noche, al salir de la residencia real. Sabedor el M o narca de la noticia, juró vengarse duramente del autor o autores del hecho delictivo. Diéronse cuantos le rodeaban- a buscar por doquiera al culpable. Ofreciéronse dádivas al delator. En vano. Y a desesperaban todos de lograr el fin apetecido, cuando alguien inició el caminó de las conjeturas. Recordóse que Benavides tenía uríos implacables enemigos. Eran éstos dos hermanos. D Juan y D Pedro Alonso Carvajal. Habían luchado contra el favorito y viéronse derrotados por él. L a venganza, placer de dioses, lo es también de hombres, por des- dicha. Nada más humano que atribuir a los hermanos Carvajales la muerte de Benavides, sin más indicio que una presunción, taí vez lógica, pero desprovista de base. N i aun se llegó a probar que los inculpados estuviesen por entonces en tierras palentinas. Pero el Rey estaba resuelto a castigar y no quería perder aquella coyuntura de hacerlo. Partió con su Ejército a Jaén para unirse L FERNANDO E L EMPLAZADO CELEBRE CUADRO D E CASADO D E L ALISAL al que sitiaba la plaza de Alcaudete. A 1 llegar a Martos avístase la regia comitiva con los hermanos Carvajales, que, exentos de culpa y, por lo tanto, de todo temor, no se ocultaron, como pudieron hacerlo. Don Fernando los hizo prender, y los condenó, sin oírles, a ser precipitados desde lo alto dé la Peña de Martos. Inútiles fueron las protestas de inocencia de los injustamente inculpados y sus ardientes súplicas de ser oídos. A l amanecer de un día de agosto, los reos inocentes subieron al montículo para ser encerrados por el verdugo en una jaula de hierro. E l Rey con su Corte presenciaba desde abajo la triste ceremonia. Fulgía el sol canicular, quebrándose contra las moharras de los lanceros y los bruñidos capacetes de la soldadesca. Allá en la cima, los sicarios maniataban a los reos para encerrarlos en el férreo ataúd. Antes de entrar en él, don Pedro Carvajal dirigióse al Monarca: Eres injusto con nosotros, iRtey D Fernando. Nuestras armas son las de los caballeros, no el puñal del asesino. Desdeñamos la muerte. Pero somos celosos de nuestro honor, y en castigo a la mancha que sobre él echas te emplazamos ante el tribunal de Dios dentro de treinta días para que respondas de tu crimen A poco el verdugo cerraba la caja, y, a una señal del Rey, hacíala rodar monte abajo. E l pueblo, desde lejos, presenciaba la ejecución, dolido, porque los Carvajales gozaban de grandes simpatías. Todos rodearon el férreo instrumento de tortura, y al ver magullados y sangrientos los cadáveres, hincaron la rodilla en tierra y tuvieron una oración y una lágrima para las víctimas. Poco después D Fernando enfermaba. Instalóse en Jaén, y a los treinta días justos del terminante emplazamiento era hallado cadáver en su lecho. Así lo refiere, cuando menos, la tradición, no confirmada por documentos fehacientes. Pero las leyendas no necesitan comprobarse y mucho menos cuando tienen un fondo moral como el que se desprende de ésta, que nos hace abominar de las ligerezas de juicio y los abusos de poder. AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA