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E n l a rrlañana del i de octubre embarcó Fernando para trasladarse al Puerto de Santa María, dando l a orden de que D Cayetano Valdés tomara el mando de l a falúa que había de conducirle. E l honrado marino, obedeciendo l o que se le mandaba, piloteó l a embarcación hasta rendir viaje. L l e g a r o n al puerto y, como se despidiese Valdés para regresar a Cádiz, el Soberano puso singular empeño en que se quedara acompañándole, a lo que, con todo respeto, se negó el almirante. D i o s lo iluminó en aquel instante supremo. A l día siguiente, cuando el déspota, amparado por las armas extranjeras, vio restituido en su persona el Poder absoluto, dictó un decreto, que anulaba el manifiesto que veinticuatro horas antes h a bía autorizado, en. el que declaraba nulos y de ningún valor todos los actos del Gobierno constitucional, anunciando, además, severísimas represiones p a r a cuantos- habían incurrido en su desagrado. T a l infamia no tendría compañera si n o hubiera intentado contra los regentes otra más abominable y horrorosa. Cuando las Cortes en Sevilla nombraron l a Regencia, D Gaspar Vígodet, que consagraba a l R e y entrañable afecto y lealtad a c r i solada, comisionó a u n cortesano amigo suyo para que confidencialmente dijese a Fernando si debía admitir el nombramiento, a lo que hubo de contestar, en carta autógrafa, que, no solamente le autorizaba, sino que le pedía, tanto a él como a sus dos compañeros, que aceptasen, porque con ello le prestarían u n señalado servicio. N a d i e mejor que vosotros- -le decía- -podrá defenderme de los peligros que me amenazan. Pues b i e n en l a noche del referido i de octubre les sentenció a muerte, y hubieran sido ahorcados a l siguiente día sin l a noble actitud del caballeroso general Bourmont, lugarteniente del duque de Angulema. T a n pronto como el general francés supo l a felonía que se pre- D O N GASPAR V I G O D E T R E G E N T E NOMBRA- D O P O R LAS CORTES D E SEVILLA E N 1 8 2 3 paraba, marchó a Cádiz, decidido a salvar l a v i d a de aquellos hombres tan vilmente engañados. S i n perder un momento, y de acuerdo y acompañado, por el almirante de l a flota, se puso al habla con ellos, poniendo a su disposición una fragata francesa para que les llevase- a Gibraltar. Ciscar y V í g o det aceptaron emocionados y agradecidos; pero Valdés, cuyo recio e indomable carácter no se sometía fácilmente, repugnaba l a fuga. U n historiador de aquella época lo narra de esta manera: Valdés creyó que su huida no le haría mucho honor y que su anunciado suplicio se l o haría, y bastante. Veía su patíbulo como un carro de triunfo, por l o que se negó obstinadamente a salir de Cádiz. P e r o el general Bourmont, que apreciaba su mérito tanto como despreciaba a su perseguidor, y que veía él entusiasmo acalorado de Valdés como un exceso de patriotismo, i n sistió c o n el almirante, a cuyo buque l o llevó, para los dos persuadirle en que se debía i r y Valdés marchó por último en l a f r a gata a Gibraltar (1) Otros cuentan que dijo a Bourmont estas o parecidas palabras: General, con ningún sacrificio podría recompensarle este rasgo, que demuestra su grandeza de a l m a pero prefiero morir a n tes que fugarme. Y o perderé l a vida, pero el tirano aumentará su deshonra. f i e buscado, s i n conseguirlo, un retrato del hidalgo militar francés para que figurase al lado de los regentes. Sú nobilísima figur a merece los mayores enaltecimientos, porque su corazón magnánimo y su espíritu ca balleresco y humanitario impidieron que fuer a consumado el intento más v i l y execrable que registran los anales del despotismo. NATALIO DON CAYETANO VALDES, P R E S I D E N T E D E L A REGENCIA D E SEVILLA E N 1823 NOMBRADA T O R LAS CORTES RIVAS (1) Vida de Fernando VII Carlos L Brun, 1 S 26... V