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A B C. D O M I N G O 3 D E A B R I L D E 1932. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G -24 j existe aún. E n éstas la clientela solía ser I escasa a todas horas. Pero las cosas han cambiado. Subsisten Pombo, con su aspecto provinciano, y Doña Mariquita, remozada elegantemente. Subsisten las dos aludidas chocolaterías de B a r celona, pero reformadas. Cuando no han cerrado es que el negocio marcha. S i cerraTan no sería por falta de gusanicidas i sino por otros motivos. Precisamente se ha despertado en todas las clases sociales un inmoderado afán de comer y beber a cualquier hora del día, y va agudizándose a medida que aumentan las dificultades por hacer frente a los gastos indispensables para la vida. A este afán, que %o llamo glotonería y vicio, responden esos bares repletos de golosinas, sandiuiches, embutidos, croquetas, empanadas, pasteles, bebidas y estimulantes del apetito, que en M a d r i d y Barcelona- -en otras capitales también- -se pueden ver repletos de consumidores desde las doce, de la mañana a las tantas de la noche. Forman esta voraz clientela obreros, dependientes de comercio y acomodada y pequeña burguesía de uno y otro sexo. De pie junto a los mostradores de metal y mármol, resplandecientes y colmados de manjares, se atiborran de lo lindo, o hasta donde lo permiten las posibilidades de cada uno. r muchos debe de ser una complicación más el dinero que se dejan en los refaccionarios, no por imperantes necesidades del organismo, sino por gula. Se come y se bebe sin ton n i son, y luego vienen los apuros para hacer frente a lo indispensable. L o s apuros, la dispepsia y el ácido úrico. L a multiplicidad de bares y salones de té, cuyos ingresos parecen esplendorosos, da la razón a los que afirman que la viscera más importante del hombre es él estómago. ADOLFO MARSILLACH CROQUIS Pública subasta E n estos días se está vendiendo en Roma, y en pública subasta, la colección de objetos antiguos y curiosos que reunió en vida un augusto señor, no ha mucho fallecido. E r a el finado gran amante del bric a b. rac, como llaman los franceses a todos esos chirimbolos que vencen el peso del tiempo, y, con mayor o menor daño, llegan hasta nosotros revestidos de un encanto sutil y peculiar, que los hace más gratos a la vista que los adquiridos en casa del tapicero. E n esta colección, cuya venta se calcula durará unos meses, hay de todo. Tapicerías, armas, numerosísimos relojes, variedad i n finita de sombrillas arcaicas, quitasoles, paraguas, bastones y de esas enormes porras que usan los porteros de los palacios y los celadores de las iglesias; unos cuantos t r i neos, evocadores de nieves y hielos, muy lejanos del suave clima del Mediodía. H a y también en muchas vitrinas multitud de lindísimas porcelanas, de las más distintas fábricas, bastantes antiguas, unas cuantas modernas infinitos platos de diversas e incompletas vajillas; una colección de planchas, que forman la historia de ese modesto utensilio al través de las edades; algunos cuadros, no muy buenos, entre ellos un Holbein algo dudoso; estatuas en madera, mármol, barro cocido, granito y otros materiales escultóricos dos hermosísimos jarrones po. licromados de Talavera, aunque en el catálogo sólo figuran como loza, sin indicación de. origen, y hechos para un español que se llamaba Juan Moreno, según reza un rótulo que adorna el cuello de los tales cacharros, que, según creo, han sido comprados por un eminente político italiano. Asimismo se ven allí antiguas banderas y estandartes; sedas y terciopelos y brocateles y damascos, más o menos roídos por la polilla, y alguno que otro traje del x v n i hueco de falda, estrecho de justillo, marchito de color y conservando aún las raudas lentejuelas) bordados, lazos y flecos de sus adornos, tristes como el atavío de unamiuerta emperejilada. E n fin, que en la tal colección hay de todo y mucho de todo, y que si los objetos tal vez no están muy seleccionados, y ganarían con un espurgo, son, por otra parte, tantos, que de aquel cuidado puede encargarse quien los adquiera, dejando la morralla para saciar en ella los bajos instintos de los chamarileros, capaces de arramplar con todo. E n la. vida social y mundana de las capitales la adquisición de antigüedades es una faceta más de lujo y de- exquisitez. L a s gentes elegantes lo juzgan así, y se singularizan en sus gustos, y a lo mejor, hay Tras el yantar, el beber; cerveza, vino generoso o peleón. L o s camareros no dan paz a las manos. H a n de multiplicarse para seryir a tantos como piden. Y se come y se bebe sin escrúpulos. S i n escrúpulos y sin servilleta. Unos se limpian los labios con el dorso de la derecha, y otros con el pañuelo, sin pensar en el uso que de él pueden haber hecho antes. Las mujeres, señoras y señoritas, que desde que medra el feminismo son menos delicadas y femeninas, no van a la zaga de los hombres en el comer y beber. S i Alfredo de V i g n y las viese hartándose sin reparar en el desencanto que produce una mujer dándole el diente a un sandwich, sin plato, sin cubierto y sin servilleta, con los dedos untados de grasa, el autor de Moisés, tan refinado, tan espiritual y tan esteta, que no podía ver a una bella mascando sin perder una ilusión, aún cuando la bella comiese muy pulcramente, es posible que por no verlo tomara la cicuta. L a gente de postín también siente ese prurito de comer. Pero ésta Come pasteles en los dancings de moda cabe una mesa l i n damente servida. Entre pastel y pastel y sorbo de té con leche o sin, baile. Pero ahora el baile no vi ne a cuento. L o que me interesa es ese afán de comer que se ha despertado en los de arriba, de en medio y de abajo. Y o no me explico cómo antes eran suficientes en... Madrid, Barcelona y otras ciudades dos o tres chocolaterías y otras tantas buñolerías para satisfacer las necesidades gastronómicas del vecindario, despertadas fuera de las horas ordinarias de la comida, y ahora no se bastan para el mismo objeto un imponente número de bares y salones de té, servidos por un batallón de camareros. Si esto no es gula o vicio, yo no sé lo que es. N o es de creer que antaño la gente sintiera hambre a todas horas del día. Pasaríanlo las personas necesitadas, pero las que se llenan la tripa en los bares y establecimientos análogos en horas absurdas son las que, mejor o peor, comen seguida Y a sé que de mis tiempos acá ha duplicar do el número de habitantes en las ciudades aludidas, pero es que en éstas el de los refaccionarios elegantes y democráticos ha septuplicado o más. Apostaríamos, que por cada peseta que antes se invertía en comidas fuera de horas hoy se gastan cinco o seis duros. Luego nos quejaremos de lo difícil de la vida, sin percatarnos de que nosotros, voluntariamente, nos la complicamos. P a r a dama muy vaporosa y superferolítica- qué colecciona tan sólo -objetos de l a época l a custre, mientras un sesudo y sexagenario varón enloquece exclusivamente por los abanicos Pompadour, pues toda rareza y extravagancia están permitidas en tal materia, aunque el espectador imparcial y desinteresado dude alguna vez de la veracidad de estos entusiasmos. Pero en Roma esta influencia social del chamarileo se extiende mucho más que en parte alguna. T a l vez se deba esto a la atmósfera de esta ciudad admirable y única, y al deseo, latente en el alma de todo romano, de coleccionar, de enriquecer el i n menso acervo artístico que le dejaran sus antecesores con algún aporte nuevo, aunque sea humilde; lo cieito es quejas subastas públicas conmueven la opinión, y forman un sector de ella, asistiendo a las ventas públicos numerosos, de una vitola social distinta en absoluto de los que acuden a las que se realizan en Londres o en el polvoriento Notre LVuot, de París. Las gentes comentan, a la hora del té, o en los entreactos de la Opera, los lances, pujas y adjudicaciones de las almonedas, y la pasión llega a temperaturas muy altas, excita polémicas, crea enemistades y hasta odios enconados, pues hay gentes que no se hablan y familias que no se saludan desde hace lustros a consecuencia de unos tibores de la China o de unos paños de arras, adquiridos por unos contra otros en alguna arla (como aquí llaman a las ventas) reñida y enconada. J Últimamente salió en subasta una lindísima e incompleta vajilla de Ginori, fábrica italiana, aquí reputada. L a tal vajilla era un prodigio de elegancia, de barniz, de linda decoración floral. L a forma de sus salseras, soperas y legumbreras evocaba el arte griego, y todo ello era tan exquisito, que parecía hecha para- servir la ambrosía en los festines del Olimpo. Pues bien; se ha dado el caso que tan bellas porcelanas excitasen por igual el deseo de adquirirlas en dos d é l a s más linajudas damas r o m a n a s l a princesa X. y la princesa Z Ambas son amigas entrañables, y por nada de este mundo reñirían ni se harían ninguna mala pasada; pero ninguna de las dos dijo a la otra que quería la v a jilla. Así las cosas llegó el día de la subasta. Las dos princesas fueron a la venta, y quiso el funesto Destino que llegasen cada cuál por su lado y sin verse mutuamente, instalándose en sitios muy alejados donde no podían divisarse. Salió a licitación la v a j i lla de Ginori. L a princesa X desde su asiento, la pujó, y en seguida, desde su r i n cón, la princesa Z ofreció más. L a otra dama elevó su oferta, y así estuvieron las dos batallando, sin conocerse, hasta que una puja mayor fué la definitiva y d i o el triunfo a la princesa X Entonces averiguaron las dos fieles amigas que habían sido feroces antagonistas y rieron afectuosamente de su pugna, aunque tal vez en su alegría se mezclara algo de la amargura que causa toda derrota o todo triunfo pagado en más de su valor. Claro es que Roma, entera se ha ocupado de este lance. Pero aún queda lo mejor. E n tre las vajillas que reunió el. augusto coleccionador, y que ahora van a venderse, está el. resto de la que compró la princesa X Y ahora los curiosos se preguntan si ambas damas combatirán por los platos, fuentes y demás utensilios o si la princesa Z. derrotada en la otra venta, será lo bastante generosa para ceder a su rival en porcelanas éstas que quedan, y que completarán la vajilla. N o se sabe lo que sucederá. E n otros tiempos y en otras Romas por menos hubiese corrido sangre. MAURICIO L Ó P E Z ROBERTS. Marqués de l a Torrehermosa. S u niño s e criará m e j o r aún con M A L T A R I M A