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P 3 ARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G S 1 MOCTAVO 10 CTS. N U M E R O DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O V 1 GESIMOCTAVO 10 CTS. N U M E R O F U N D A D O E L i. D E TUNIO D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A HORIZONTE FRANCÉS H a y que aligerar el presupuesto. (La izquierda francesa en sus periódicos. ELOGIO D É L O S F E S T E OS Se e s t á celebrando con regocijos populares el aniversario de l a R e pública. 1 N H O C S I G N O E l crucifijo e s t á en el a l m a de nuestra r a z a hasta en l a de los no creyentes. (Del último discurso de D. Ale jandro Lerroux en Ciudad Real. Eso es pintar como querer. Todo gran país- -y Francia lo es- -asume expresamente el compromiso de mantener a toda costa su rango en el mundo. Se acusa a Francia de imperialista, y el reproche indigna a algunos patriotas como una ofensa. ¿Por qué? L o quiera o no, todo gran pueblo que influye poderosamente en la civilización universa) pasa por imperialista. Y dónde se hace más ostensible esa ambición que aquí? R o bert Curtius, en una obra admirable de sagacidad psicológica, hace constar que el francés confunde lo suyo con lo universal en materia de cultura. E s un error disculpable en una nación que considera la i n teligencia como el ó r g a n o de mayor eficacia vital. E n España, por contraste, el talento es un accesorio que está por debajo de otros valores. D e esa depreciación del hombre de ideas viene precisamente nuestra i n ferioridad présente. E l único acierto de la República, hasta ahora, ha sido el adoptar la posición contraria. Se ha servido del talento, y lo h a recompensado sin regateos. E s por decirlo así, su penacho. Francia no es imperialista en el sentido de la dominación, porque no aspira a la hegemonía mundial, pero lo parece por el aparato de fuerza de que se rodea. S u presupuesto de Guerra y M a r i n a es enorme, y los socialistas se lo censuran. N o lo entiendo. U n país fuerte, que se l i a enriquecido territorialmente, que es dueño de vastos anejos coloniales repartidos en varios continentes y que vive bajo la amenaza de una r e a o ción revanchista de su enemigo secular, ¿cómo va a desarmarse? P o r otra parte, este pueblo, que ha conquistado una alta categoría en l a industria y en el comercio, no puede desatender a. su población obrera peligrosamente prevenida contra la estructura capitalista del Estado. Tiene que v i g i lar, pues, con el mismo celo, lo que pasa dentro y m á s allá de sus fronteras. ¿Que eso es v i v i r en una tensión febril casi constante? Cierto. Pero a ese precio pagan los poderosos su grandeza. N o es lo mismo gobernar un país como E s p a ñ a sin problemas exteriores, que regir a Francia. E l próximo presupuesto francés sé anuncia con un déficit enorme que h a b r á que cub r i r con tributos nuevos. ¿Sobre qué clase social r e c a e r á n? Aquí el capitalismo dispone de formidables elementos defensivos. Casi toda la gran Prensa está, en su poder. Pero la calle, el proletariado, no es, como en E s paña, una sementera de pasiones, sino un conjunto de fuerzas disciplinadas que se orientan políticamente contra el Estado burgués. Atender a las exigencias de l a política exterior y amansar a esas fuerzas, es un prodigio de equilibrio gubernamental que sólo puede realizar el talento, y éste no escasea aquí. E n r- os de un P o i n c a r é surge un Tardieu. ¡Y pobre de la democracia el día en que se declare estéril! L a s falanges sociales, precedidas de una juventud educada en el tradicionalismo de Charles M a u r r á s que no son republicanas, se apresurarían a arrebatarlo la dirección de la vida pública. Son casi unánimes las censuras por el matiz de los festejos con que se quiere celebrar el aniversario de l a República. Se les tacha de vulgares y de pueblerinos. H a s ta se les señala, con un sentido político, su falta de originalidad, a imitación de los festejos de l a M o n a r q u í a como si las formas de gobierno influyeran en el placer de las muchedumbres. Los regocijos populares tienen, y t e n d r á n siempre, olor de vulgaridad. N o depende de la República, ni de la Monarquía, ni del hombre que trace la ruta de los festejos; es quedo popular no es nunca delicado, porque le falta matiz de intimidad. Cuando en las grandes poblaciones que llevan en sí el festejo de la vida se quiere atraer gente, hay que caer forzosamente en el ruido de lo vulgar. Desde que se inventaron en M a drid las fiestas de San Isidro, no hay nada que inventar para atracción de forasteros. Son pretextos para visitar Madrid. H a y un generalizado criterio del divertimiento del vivir que se lleva mal con la quietud y el aislamiento. Cuántas veces, al pasar por un pueblccito recogido, donde la vida es mansa, callada y juiciosa, se ha dicho: Q u é aburrida debe ser la vida en este pueblo Y el pueblecito tiene un campo, donde la mirada puede dialogar todos los días diálogos distintos; y, a veces, tiene u n trozo de mar; y hay senderos para meditar y querer silenciosamente... Pero como no se advierte, al pasar, bullicio de regocijo c o m ú n y de programa, le parece aburrida aquella vida al que se Cree m á s divertido. Para festejar a este hombre, que son los m á s en el mundo, llegado- el caso, el organizador de los regocijos populares no tiene otros elementos que los ya conocidos, que estos que se emplean en Madrid para celebrar el aniversario de la República. Los hombres de piel íntima, llegado el descanso semanal, no lo entienden en aglomerarse en espectáculos, sino en el aislamiento. E n alejarse un poco del ruido cotidiano. Y así se les ve marchar unas horas, y salir como huyendo unos de otros. Y es el primer árbol que encuentran, o la nieve de la sierra próxima, o- la- casita campesina quienes divierten este sentido íntimo de la diversión. LÍL cita no está equivocada. L a frase es, efectivamente, del S r Lerroux. Y lo que la da un sentido de alta trascendencia no es la mera confesión de la catolicidad de E s p a ñ a negada bien poco tiempo hace, a la faz del jefe del partido republicano- radical, sino que su autor, de esa E s p a ñ a católica, no excluya a los españoles disidentes de la fe de Cristo. Todas las construcciones dialécticas levantadas penosamente para demostrar que los heterodoxos no. podían tener por patria a una nación católica han caído violentamente al empuje de l a verdad contenida en esas cuatro palabras. recibidas- -según referencia de los periódicos- -con una gran ovación. Desconozco, naturalmente, el proceso psicológico que tuvo su t é r m i n o en la expresión de un sentimiento tan discoríforme con casi todas las actuaciones y predicaciones del Sr. L e r r o u x pero la invocación de la raza, en ocasión en que lógicamente debía estar ausente del pensamiento me induce a sospechar que ante el orador, y por sugestión de la multitud que le. escuchaba, se contrapuso en aquel momento a las personalidades individuales de ios que la compon í a n la histórica de la nación, forjadora de la raza. Y bastaba que el fenómeno se produjera para que la chispa del choque brotada iluminase las profundas diferencias que separan el ser colectivo nacional de sus componentes materiales. E s lo que la Constitución ha intentado poner de manifiesto, sin duda alguna, cuando en su a r t í c u l c r p r i m e r o afirma que E s p a ñ a es una República. ¿Puede creerse que al afirmarlo la Constitución haya exigido de todos los españoles profe- sión de fe republicana, so pena de arrojarlos de la nación o de reducirlos a la condición de parias? Pues si se concibe una República con nacionales no republicanos y aun -enemigos de esta forma de Gobierno, y que; ios haya no es razón para dejar de hacer l a solemne afirmación constitucional, ¿por qué regla de tres la existencia de nacionales heterodoxos postularía la descatolización nacional? Y con ello no ha acabado- el análisis de la breve frase de Lerroux. N o sugiere tan sólo la distinción señalada, sino que, a l reconocer la permanencia en el alma de los heterodoxos de la señal del cristiano, además de afirmar la posibilidad dé- la convivencia de creyentes y no creyentes dentro de una nación específicamente católica, exalta el crucifijo como vinculo de nacionalidad. C ó m o se hallará el sagrado símbolo en el alma de los españoles disidentes es cosa que a mí me está vedado inquirir. Sbn los de. este linaje misterios demasiado hondos e íntimos para que la curiosidad los desflore. Pero de que se halla ya no cabe duda; y que, por lóamenos en a q u é l b s es- signo de legítima filiación nacional, tampoco es ya discutible. 1 N o se puede culpar a los organizadores de la vulgaridad de ¡os festejos de! a República. N i tiene por qué un ministro desatender las funciones de. su ministerio para ver si inventa algo nuevo en materia de regocijos populares. Que, además, no lo i n ventaría. Porque a la muchedumbre no se la puede llamar nada m á s que con aglomeraciones, con ruido de músicas, con ruido de pólvora, con ruidos militares. Hasta ahoO 11 ne badina pas avee la patrie! He a h í por- ra, n o se conoce otra cosa para la calle qué la pereza es un vicio desconocido. deTos que no sea el ruido. franceses. 1 Y entonces, ¿qué explicación- puede tener la furia desatada contra el Crucifijo? ¿H a brá en su fondo algún fermento antinacional? -J VÍCTOR PRADERA MANUEL B U E N O V G. CORÍROCHANO