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amigo; fué una tardada, como ellos díceS, deliciosa entre los rosales del j a r d í n Enfrente de la casa había una caseta llena de colchones; es la camareta de los sustos la casa baja y maciza, que se habita los días de terremoto. E s buena para los territemblos me dice el sefardita en su noble castellano, y yo apunté en m i cuaderno esta palabra maravillosa- territemblo estremecida y rajada, llena de tierra y de azogue, y se la regalé días después a Giménez Caballero cuando pasó por Sofía, para que la volviera a E s p a ñ a fresca e intacta. E n el hotel Molíé no puedo dormir; toda la noche zumban como abejorros los autos de Sofía, que van al valle de las rosas. L l e g a r á n al amanecer y verán con sus grandes faros abiertos las fábricas donde se extrae el aceite de rosas; -esa industrialización denlas flores que hubiera apagado muchos fuegos románticos del siglo x i x Bajo la luna de Filipópolis sueño con Bécquer y la rubia Ofelia deshojando rosas, entre- r. n ruido de máquinas. E n la brisa tibia de las once de la mañ a n a la ciudad es la paleta de un pintor, un ramo de arco iris. A z u l el río, el cielo, las rocas de las colinas y el amplio pantalón de las mujeres turcas: anaranjado, el sol de las aceras y las c ú p u l a s verde, el parque y el altar- con ramas de pino para el oficio ortodoxo: violeta, la sombra de las calles; negro, el bonete en forma de tubo de los popes; rojo, el puesto de cerezas y la faja de los campesinos. Empiezo a visitar la ciudad. E n primer t é r m i n o la mezquita. U n minarete adornado como una banderilla de lujo, recto, luminoso, que sube hacia el cielo; empotrado en la mezquita, un café, con turcos auténticos, con fez y pereza, y un líquido espeso, lleno de posos, que convierte las tazas en tinteros. Bajo el café, toldos; toldos de colores chillones en torno del templo, que aletean en el viento, como si la mezquita quisiera volar; y puestos de fruta, de flores, bazares modestos (peras, manzanas, pasas, tapices, fresas, brazaletes, cerezas, collai es, rosas) Estampa de Oriente, cuadro al óleo de un pintor romántico, que mancha como un bor r ó n ese taxi negro que espera a la sombra de los toldos. Dentro de la mezquita, la frescura de. un surtidor; en un rincón (los pies desnudos sobre el tapiz cuadrado) un turco haciendo oración. De un ventanal cae, con cuentagotas, la luz suficiente para sacar un reflejo débil a unos jarros de bronce. P o r calles toledanas entro en el barrio turco. Las casas están apuntaladas con v i gas, rajadas por los terremotos y los s i glos. E s una arquitectura loca y fantástica, y el arquitecto debió imaginarla excitado por el café y el tabaco perfumado del narguilé. Casas de rincones y celosías para algodonar de cojines y humo; con miradores tapiados, colgados en el aire y que navegan como barcas sobre la sombra de la calle; altos palacios, que tienen humildes casas superpuestas, como dos fotografías sobre una misma placa; cabanas con ventanas pequeñas adheridas a fachadas de príncipes. Y otra vez la muralla sucia, con hierbas empolvadas, y el barrio armenio, enmarañado de callejas, con viejas al sol, chicos desnudos y trozos de fruta en las aceras. Y de pronto un gran edificio, con una lápida que dice: É n esta casa habitó L a martine en su viaje a Oriente E s una casa alta, que domina la llanura, y desde ella pudo el poeta imaginar Estambul, la ciudad del romanticismo, de la cual Filipópolis es un presentimiento. A h o r a sólo me quedan por visitar l a s c o h nas; desde una de ellas, con hoteles y jardines, contemplo las otras: allí está la colina que fué volcán artificial durante la guesxa. con su cañón antiaéreo contra los avio- T E R C E R ANIVERSARIO nes; m á s lejos, l a colina del Fuego, cof. su torrero vigilante en la noche. Las colinas de Filipópolis entran en la ciudad como un r e b a ñ o en medio de una calle, entre los cines y los tranvías, sobre insolar cualquiera se alza una colina llena de árboles y de rocas, como una casa prehistórica en medio de los hoteles blancos. E n Filipópolis vería Perogrullo la primera ciudad edificada en el campo. Camino de la estación, sol vivo y jardines. Detalle ú l t i m o pasa un turco bronceado, con su ancha faja roja, el pantalón bombacho y un fez con turbante azul sobre l a cabeza. Del brazo derecho le cuelga una cesta de fresas sangrientas, cubierta contra las moscas con una gasa roja; detrás de él el minarete de la mezquita. Parece un guerrero del Sultán que vuelve del cerco de Viena, y el cesto de fresas es una cabeza cortada. Ciudsd Sofía es una ciudad para Corte militar y dorados uniformes; montañosa y áspera, es nido de águilas para cuentos de aventuras, de príncipes soñadores con la ilusión de Bizancio abajo temblorosa de cruces y el tibio mar del Bosforo. E n Sofía las casas negrean con cornisas de cuervos y cornejas, y en la noche urbana sobre ios faroles de gas, los cuartos encendidos de los hoteles y el ruido. del tranvía, cruzan el cielo negro grandes pájaros blancos que graznan sobre iasjcalles como sobre una laguna del Danubio. Ffay ciudades que vencen al campo, cuyos habitantes no conocen, los círculos, blanco y rojo, de la luna y el sol; ciudades que no tienen más estrellas que los amíficios luminosos, y en las que hay paraguas, en lugar de árboles o rosales, para recibir- la lluvia. Sofía, por el contrario, es ú n a ¿i u d a d que se deja vencer por el paisaje. P o r encima de sus buhardillas, de sus chimeneas, de sus rojos tejados, no hay ese ciclo municipal de la ropa tendida, los gatos o la antena de radio, sino la gracia nevada de las montañas, las grandes rocas brillantes que asaltan al transeúnte en las callejas, en las plazas, a la salida de los teatros y los cafes. S o í i a es la capital de la mezcla y el anacronismo; yo he visto pálidos popes, verdaderos Cristos de cabellos nazarenos y mística mirada, pasear burguesameníe sus n i ños por el sel de parque, y turcos de ancho pantalón y faja roja con rebordes dorados (maravillosas para pistolas de piratas) cubiertos con occidentales sombreros de paja, y sefarditas que usaban el venerable castellano del siglo x v jugando al tennis con soltura de americanos. E n Sofía hay una hermosa mezquita, una sinagoga maravillosa y una catedral ortodoxa de redondas y doradas cúpulas, donde bracea como un n á u f r a g o el sol del atardecer. Las calles de la ciudad resisten grandes nevadas y duro sol, trincos en invierno y mendigos sudorosos en verano. P e r ellas pasan los regimientos cantando con vos: v i r i i los viejos taciturnos con su rosario de á m bar heredado de los turcos, rosario laico, cuyas cuentas no sirven para rezar y que es sólo un entretenimiento que descarga los nervios y evita fumar; los oficiales de u n i forme ruso, los popes emigrados, las gitanas de trajes chillones, las turcas con sus pantalones azules o rosas, los judios pensativos, los coches tirados por pequeños caballos enjaezados de cuero pintado de azul y metal brillante. Sofía es también la ciudad de los terre- motos. Todos los años las lámparas se convierten en incensarios oscilantes, así eme todas las casas comunican con abismos y los m á s modestos cuartos de hotel tienen la l u josa v cara emoción de las cabinas de los dirigibles y de los slceping silenciosos y vibrantes. EL CONDE D E F O X A c DON DE TORCUATO LUCA DE LUCA TENA, Y DE TENA Y ALVAREZ- OSSORIO, DE A B C y BLANCO MARQUES FUNDADOR NEGRO Hace hoy tres años que cerró los ojos nuestro fundador y maestro inolvidable. Durante muchas semanas aquella maciza voluntad, que era todo esfuerzo y dinamismo, luchó denodadamente contra la ruina fisiológica, soportando el agotamiento con serenidad y esperanza y con el destello de la inteligencia lúcida y despierta hasta el postrer instante. Se fué de entre nosotros, privándonos de su presencia y de su acción material; pero instituyéndonos en una herencia que sigue dirigida por su pensamiento y por su dictado. Pasan los días, cerciorándonos de su ausencia; pero también cada hora nos reproduce el eco de sus palabras y nos señala con la cjemplaridad de su conducta rectilínea y esclarecida el camino para nuestros pasos. Es que su espíritu está con nosotros, porque lo retienen el culto de nuestro cariño y el designio entrañable con que procuramos sucederle. Su españolismo, su, amor encendido a la Patria, sus ideales, su devoción y fe en el trabajo; todo lo que inspirara el programa con que fundó A B C constituyen el dogma que ilumina nuestras jornadas. Al registrar este tercer aniversario reproducimos nuestro propósito ferviente de procurar hacernos dignos albaccas de su mandato, con la certeza de que nuestra fidelidad y nuestra consecuencia para mantener y acrecentar el tesoro espiritual de su fundación han de ser siempre el mejor tributo con que podamos enaltecer su memoria.
 // Cambio Nodo4-Sevilla