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rastrera como una serpiente, alargándose, alargándose, alargándose... ¡Tontunas! Pero en cambio no es obra de los nervios, ni mucho menos, aquella trenza de diálogo agitado que se traían tres camisas colgadas boca abajo en la terraza de mis vecinos. Yo no las ola; pero accionaban las tres tan acordes y tan interesadas aprovechando la brisa, que cualquiera hubiera advertido que estaban tramando la rebeldía y organizando el triunfo de un ideal de l i bertad. ¡Qué clara se las adivinaba su conversación! ¿Quién, en estos tiempos del mundo, no adivina tales diálogos en las clases sufridas... Ello es que llegué a entristecerme, y bien sabe Dios que no era por los cuatro cuartos que cayeron sobre mí cuando murió la madrinita, no. Llegué a entristecerme por miedo de mi vida. -Tú estás neurasténico, Manolo; tú lo que necesitas es distraerte; una novia, teatros, merendolas... Ea, mañana mismo nos vamos a la pradera a comer unas tortillas. ¿Te parece? Yo, entonces, tenía que poner el gesto del niño mimado a gusto. Y acepté. ¡Nunca lo hubiera hecho! Me llevaron a la orilla del Manzanares. A la otra orilla estaban los tendederos de ropa. De pronto, un viento intenso, insistente, desasosegado como un rtun- rum. de inquietud social, pegó en el cogote a los álamos y los hacía saludar. Los rayos del sol, que venían rectos en su ocaso, se inclinaban a un lado por la fuerza del aire, con la curva que hace el aspa de las barquilleras. Entonces no sé qué lejana agitación me tiró del rabillo del ojo; se me ocurrió mii il Undt. di. il 11 i. un I- -i n t n cíenlas- todas boca abajo, celebraban un bullicioso y agitadísimo mitin con aplausos de silencio, pero con grandes voces de movimiento. Y hasta tenían su bandera. su bandera sonrosada, que se sacudía al viento con una ampulosidad imponente, gallarda, capaz de levantar los ánimos a la camisa más pusilánime era, claro está, una colcha. -Vamonos- -dije tenue. -Pero ¿por qué? -Es que parece que hace frío... ¿Frío? Si da gusto este vientecillo, querido Manolo... ¿Es que te pasa algo? -No... nada... Se me había acabado totalmente el apetito. Alguien me notó la inquietud. ¿Pero qué miras? ¿Y o Nada. -Entonces, ¿por qué vuelves la cabeza a cada momento? No tuve más remedio que confesarlo: -S i vierais qué miedo me dan esas agitaciones... ¡Ay, Manolo... ¡T ú tienes triste el vino... Cierto que sí, y que había bebido más de la cuenta; pero el tumulto de las camisas me había borrado totalmente la acción del alcohol, y mi sangre estaba fría, fría, fría... A l montar en el coche las miré por última v z y dije al chófer: ¡A ver si corres... Y al llegar a casa entré en mi cuarto con el revólver bien empuñado... ¿Que por qué... ¿Es que aquella mano- -aquella manga- -que un día una de mis camisas se dejó fuera del cajón, al sentir mis pasos, no puede salir una noche con un puñal en busca de mi sueño? Llamé al timbre. -Oiga usted, Juana, ¿dónde se lavan mis camisas? -Pues no sé dónde las llevará la Josefa. -Dígala usted, ¿me oye bien? dígala usted que, como las Heve al Manzanares, no volverá a lavar la ropa de casa. ¿Es que hay epidemia, señorito Manolo? ...Sí. (Dibujos de Clíment. ANTONIOKROBLES,
 // Cambio Nodo4-Sevilla