Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
manifestó el ministro cíe la G u e r r a jue, dada la actitud intransigente del Ejército, que obedecía a una sola voluntad, la resistencia en que se colocarían los Tribunales m i l i tares sería absolutamente invencible. E n vista de ello quedó planteada l a c r i sis, y al día siguiente, cerca de la medianoche, juraba el Ministerio presidido por Moret, encardándose de la cartera de Guer r a el general Lttque, a l a sazón capitán general de Andalucía. Posesionado el nuevo Gobierno, en el que figuraban García Prieto y Romanónos, que habían formado parte del anterior, se preocupó, desde luego, de cómo había de l i q u i dar la complicada herencia que la fatalidad había puesto en sus manos. E l primero que actuó públicamente fué el ministro de la Guerra. Su claro entendimiento, su gran prestigio, conquistado heroicamente en la guerra de Cuba, y en l a campaña del Norte, y l a confianza que su relativa juventud i n fundía en la familia militar fercaron en su persona un símbolo que encarnó rápidamente los sentimientos de toda la milicia. A l recibir a la oficialidad pronunció un discurso, en el cual recomendaba l a más perfecta unión ante los ataques de que eran víctimas, garantizándoles que él sería su más eficaz defensor, pero que también era preciso que la disciplina se mantuviese con rigurosa obediencia, porque ella era la base del honor del soldado. E r a cosa sabida que todos los sectores del partido liberal, así como los conservadores, acaudillados por M a u r a repugnaban que se despojara de su competencia al fuero o r d i nario. D e los republicanos no hay que dec i r que lo rechazaban enérgicamente. P e r o la presión de las espadas crecía en términos que no consentía espera. A pesar de las manifestaciones que en conversaciones privadas hacían todos los políticos; de lo consignado en El Liberal con referencia a las opiniones del ministro de G r a c i a y Justicia, García Prieto, y de las declaraciones que en dicho periódico había hecho Romanones, diciendo que la reforma consabida no se haría jamás por un G o bierno presidido por Moret y del que él formara parte, lo cierto fué que una necesidad imperiosa demandaba que la solución, cualquiera que se escogiese, surgiera con la mayor prontitud. E l más contrariado y dolorido ante tan magno problema, era el presidente del Gobierno. Y o contemplé sin separarme un m i nuto de su lado en aquellos memorables días todas las inquietudes y zozobras que atormentaron a aquel hombre de tan excelsas cualidades. Su historia, sus convicciones y el alto concepto que tenía de la dignidad y el decoro del Poder hacían que sintiera conturbado y entristecido su espíritu. Fué señalado el 13 de enero para celebrar el Consejo de ministros en el cual debía tratarse de tan grave cuestión. E n la mañana de aquel día visité, como era entonces mi costumbre de hacerlo diariamente y lo sigue siendo aún, a mi f r a ternal amigo Sánchez Guerra. Este me manifestó que M a u r a le había confiado un encargo cerca de Moret que estimaba de gran urgencia. M e refirió entonces que su jefe, hondamente preocupado por la situación política, había querido verificar de una manera auténtica los hechos, para lo cual había llamado al general Azcárraga, como persona significada en el generalato, y al comandante Souza, jefe prestigioso en el A r m a de Artillería, que merecía su absoluta confianza. Ambos le manifestaron, que el Ejército estaba hecho una pina, que no había una sola voluntad que discrepara y que estaban dispuestos a conquistar decididamente la reforma que propugnaban atrayendo al conocimiento del fuero militar los delitos contra la Patria v el Ejército. E n vista de esto, y a pesar de ser M a u r a enemigo irreconciliable de tal pretensión, juzgaba que en aquellos instantes todo podía suceder tne- PO. N AGUSTÍN l U Q U E M I N I S T R O D E f. A G U E R R A E N 1905 nos que saliera del Gobierno el ministro de la Guerra. Conocedor de que en el Consejo que había de celebrarse aquella noche se trataría de negocio tan delicado, quería que supiera Moret que su opinión era que por lo pronto todo ocurriera menos- la c r i sis parcial que diera lugar a la salida del general Luque. Como en l a tarde de dicho día había de marchar M a u r a a una cacería en un coto no lejano de M a d r i d deseaba, para dormir tranquilo, que al terminar el Consejo se le diera noticia telegráfica de que en la reunión dé los ministros no había surgido la crisis. P a r a telegrafiarle, me dio la correspondiente clave, y rogó que se ordenara que la estación telegráfica de San Martín de Vakleiglesias no diera el cese mientras no se recibiera el despacho. F u i seguidamente a ver a M o r e t y en el acto me encargó que. visitara a Federico L a vi ña, director general de Correos y Telégrafos, para que diese la orden anteriormente referida. T u v o lugar el Consejo de ministros. G a r cía Prieto expuso Tas bases que habían de ser sometidas a la deliberación de las C o r tes, en las cuales, aunque se. castigaban con bastante rigor los delitos contra la P a t r i a y el Ejército, se conservaba la competencia de ios Tribunales ordinarios. Discrepó L u que. y para evitar un conflicto, que hubiera sido de grandísima trascendencia, se acordó que el ministro de la G u e r r a salvara su voto y que en las Cortes se declarara libre la votación. Fué leído el proyecto en el Senado; se nombró la Comisión que había de informar sobre él, y como ésta, ai dar dictamen, lo hizo en sentido contrario del criterio del ministro de Gracia y Justicia, García P r i e to dimitió irrevocablemente su cargo. M o ret, aunque con trabajo, pudo convencerle de que retirara la dimisión, porque, además de que las crisis se sabe dónde empiezan, pero no dónde acaban, la presencia suya en el Gobierno era indispensable, por estar ocupándose, en unión del embajador de I n glaterra, en la negociación de las capitulaciones matrimoniales del Rey. Se. convino, pues, en que desde aquel día se consideraría como ministro dimisionario, que no concurriría más al Senado y que no intervendría en ninguna función esencial de Gobierno. L o que pasó después no interesa al objeto que vo me propongo. L a ley se aprobó, después de debates enconados y ardorosos, singularmente en. el Congreso, y, aquietado el Ejército, volvió a reinar la normalidad. Este fué, descrito a grandes rasgos, el origen, vicisitudes y desenvolvimiento de la ley de Jurisdicciones, que todos los partidos monárquicos condenaban, pero que todos tuvieron que aceptar para impedir la más tremenda subversión que puede padecer urt pueblo. L a paz quedó salvada; España salió de un desfiladero que parecía infranqueable, pero las consecuencias fueron amargas, porque los preceptos de aquella ley se convirtieron en semilla fecunda que hizo brotar pujante y arrolladura l a solidaridad catalana. Este, como otros muchos casos de que está sembrada la Historia, demuestran que no siempre pueden congregarse en la misma persona el sembrador de ideas y el gobernante. L a inflexibilidad de conducta y de doctrina que caracteriza al apóstol de un ideal tiene que ceder ante los supremos deberes del hombre que rige los destinos de una nación. E l propagandista que prédica con la mayor buena fe y el más honrado entusiasmo las excelencias de un programa tiene siempre que descontar los obstáculos que para su realización, puede encontrar al sentir las altas responsabilidades del mando. L o s deseos más puros y los propósitos más desinteresadosjjueden en ocasiones excepcionales estar renidos con lo que imponga la salud de la Patria. Por. eso en, aquel periodo luctuoso hombres ele raigambre democrática, de probada consecuencia liberal, de antecedentes limpios e inmaculados, tuvieron que transigir, sufriendo grandes pesadumbres y sinceras congojas, con lo que más pugnaba con sus sentimientos. Don Nicolás María Rivero, de inmarcesible memoria, glorioso, representante de l a revolución de septiembre, modelo de austeridad, honradez y abnegación, y demócrata íiasta el fanatismo, dijo en. ocasión solemne, Con motivo de los ataques de que era objeto por el r i g o r con que perseguía el bandolerismo andaluz, las siguientes o parecidas palabras: Cuando una región se encuentra en las circunstancias por que atraviesa Andalucía, donde la seguridad persona! es un mito, el orden público u n sueño y el derecho de propiedad una ficción, el gobernante, si ha de llenar sus deberes, tiene, cuando una necesidad ineludible lo i m ponga, que cubrir con un velo l a estatua de la ley. NATALIO RIVAS DON MAXUF. r. GARCÍA P R I E T O M I N I S T R O DE CICUTA Y JUSTICIA E X I905 1 i
 // Cambio Nodo4-Sevilla