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ya no tiene remedio... i Claro que h u b i é s e mos v e n c i d o Pero... en fin, ya le digo que es inútil quejarse de lo que ya no se ha de arreglar... Y la princesa, con una sonrisa deliciosa, en la que palpitaba un relámpago de amargura muy bien dominada, exclamó optimista: ¡Nietchivó! Después de una pausa sigu ó diciendo: -L a guerra... L a revolución... Kerensky... Los rojos... Fuimos hechos prisioneros... P a s a m o s días terribles, porque se nos quería fusilar... Estuvimos! varios días entre la vida y la muerte... Para salvar la vida gastamos nuestro último dinero... Pudimos salir de nuestra prisión con medios que... ¿Para qué re- LOS CONDES D E ARMFELT EN E L FRENTE DURANTE I- A GUERRA cordarlos... U n escalofrío recorrió el cuerpo grácil recido; pero... se nos levantaba otro, pade la princesa. Calló un momento, y des- voroso, ante nuestro porvenir: el hambre... Y a estábamos al otro lado de la frontera, pués continuó: Disfrazados y temblando siempre, por y entonces, ¿qué íbamos a hacer... -Y mi temor de caer en manos de aquellas hordas, marido y yo hicimos una especie de balannos alejamos de San Petersburgo; andando ce de nuestra vida y comprendimos que la de noche y durmiendo en sitios encharcados existencia nuestra se doblaba, desde aquel que amenazaban nuestra salud más que la momento, por la arista dé la frontera que ferocidad de los bo cheviques. Por fin, des- habíamos atravesado. Era preciso lecorhenpués de muchas penalidades, conseguimos zar la vida: Y así lo hicimos. Nos olyidapasar la frontera... Aquello nos reconfor- mos, o quisimos olvidarnos, mejor dicho, tó. E l fantasma de la muerte había desaoa- de quiénes éramos de lo que habíamos sido y de nuestra posición, y de nuestro nombre; quisimos creer que nuestra anterior posición fué un sueño y que la vida comenzaba entonces L a princesa encendió un cigarrillo, y, fumando, siguió d i ciendo -Hicimos de todo... Lavamos platos en un restaurante; llevábamos las cuentasen un almacén; vendíam o s billetes en un cinematógrafo... y cuando la crisis nos empujaba, h a c i é n d o n o s perder las situaciones que provisionalmente íbamos encontrando, resolvimos, para reunir algún dinero que nos permitiese v i a j a r y alejarnos de nuestro país, que nos evocaba, por su proximidad, tan tristes recuerdos, trabajar en teatros. Y La princesa, fumando y sonriendo, miró a su marido y exclamó, haciendo una transición de voz: -Y... ¡bailamos ante el público! E n tonces la danza de los apaches estaba muy en boga. ¡Y la bailamos... Los condes de Armfelt, la princesa Barclay. de Tolly WeyLOS CONDES D E ARMFELT BAILANDO LA DANZA D E LOS APAmar, vestida de apache y el aristocrátiC H E S PARA GANAR E L DIARIO SUSTENTO DURANTE SU HUIDA co conde de Armfelt, DE RUSIA, EMPUJADOS POR LA REVOLUCIÓN ROJA E N LA CIUDAD DE LUTZSR EN GALITZIA desgarrado y sucio, ante públicos que les aplaudían, demostraron sus habilidades danzarinas... Como yo mirase a la princesa con cierta melancolía al reconstruir en mi imagen todo aquel pasado, la princesa, que leyó mis reflexiones en mi silencio, exclamó, encogiéndose de hombros, y fumando, mientras sonreía: ¡Nietchivó... Hizo una pausa para encauzar otra vez su relato, y dijo: DINA D E T O L L Y L A HIJA D E LOS CONDES D E A R M F E L T ACTUANDO COMO BAILARINA PARA PODER VIVIR