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Realmente, no. Desde luego, si no es la más p e q u e ñ a ciudad del mundo, le anda muy cerca. Se encuentra en la linde que puede separar el concepto de ciudad pequeña del de puebio grande. Con dos o tres hoteles presentables y otro leves toques ciudadanos, las tiendas, él polvo de las calk y el aspecto de los t r a n s e ú n t e s acusan descaradamente el pueblo. Y o no he visto nada que, sin dejar de ser americano, americano en su esqueleto y en su carne, se parezca más a un pueblo de la provincia de A l bacete. No quiero hacerme demasiado responsable de transmitir, quiza, una impresión falsa pero insisto en que durante los días que estuve en Reno tuve no sé q u é perfecta i l u s i ó n de hallarme en un pueblo de Albacete en tiempo de feria. Hay en las calles constantemente una circulación festiva, un entrar y salir en las salas de juego y en las tabernas, un elevado porcentaje de borrachos callejeros, un ágil movimiento de dinero. Vicio, sí, si se quiere. Pero vicio pueblerino. Las casas de juego, a pesar de sus letreros luminosos que se apagan y encienden continuamente (dos dados, una ruleta que da vueltas, cinco cartas de poker en. escalera) son chirlatas más que otra cosa. E l suelo cubierto de aserrín; los croupiers, en mangas de camisa; los tapetes, sucios; la atmósfera, densa de tabaco, de sudor y de respiraciones cortas. Camisas de franela obscura, caras mal afeitadas, posturas económicas. Garitos, en fin, de feria pueblerina, abiertos a la calle, en los que entra y sale un hormiguero constante, el mismo hormiguero que hemos de ir encontrando en Reno, dondequiera que vayamos; donde haya UNA SALA D E JUEGO, LA C H U K- A- L U C K E N PLENA ACTIVIDAD whisky, cartas o risas de mujer, se entiende. Los bares son tabernas divididas en dos partes. A l exterior, un mostrador donde se sirven sodas, Coca- Cola Ginger ale y cerveza de dos grados. A l lado, una puerta con un ventanillo, y el rumor de conversaciones apretadas, que trasciende. Se llama a la puerta y se abre el ventani lo a la altura de los ojos. Se abre el ventanillo y se abre la puerta. ¿Para qué el ventanillo, que no busca la cara conocida, ni espera la contraseña ni nada? Dentro otro mostrador, retratos de boxeadores en las paredes y un whisky detestable, a cincuenta céntimos el vaso. L a vieja costumbre de la ronda extiende en el mostrador filas de vasos, que se consumen a una misma señal. Todos los clientes parecen vendedores de ganado que acaban de cerrar un trato. Son campechanos y aparentemente cordiales. Es- tán contentos de ser amigos y de burlar una ley sin advertir una mixtificación. Por la noche, los mismos compinches siguen hablando en voz alta por las cuestas abajo, medio campo, cerca del río, hacia donde el amor tiene un barrio reservado de ladrillo rojo. En el Hipódromo se apuesta, naturalmente, y para los descansos, bajo las graderías, más salas de juego: la ruleta, los caballitos, el bacarrat y las loterías. Se jue- ga en Reno a todas las horas del d ¡a y de la noche, hasta por las mañanas, cuando los jugadores ofrecen más descarada su palidez. Por todas partes, en las farmacias, en los salones de té, en las tiendas de artículos de caza y pesca y en los vestíbulos de los hoteles, máquinas para jugar, máquinas sacaperras, que se ponen en movimiento con ruido de tranvía. Se respira juego, moneda sobada, ansiedad. Todo Reno está en una tensión de azar, y llenas las calles de nombres de dos clases de mirada: aguzadas, metálicas, de jugador, y f r í a s a g r i a s de croupier. Vicio barató y campes! n ó dominguero, ferial; por todas partes. Calor, también, de día de feria. Pocas calles cruzadas. U n río sin agua. Trenes demasiado cerca. Música mecánica. Esta es la ciudad (ni la más grande, ni la más p e q u e ñ a ni la más grande pequeña del: mundo) que toda América mira de lejos, con prevención, extrañada de que tarde tanto en bajar del cielo el fuego purifiicaidor que consumió, en la Biblia para familias, tanto pueblo de pecado. JOSÉ L Ó P E Z UN RINCÓN D E ARO BANK, OTRA D E LAS MIL CHIRLATAS D E RENO RUBIO
 // Cambio Nodo4-Sevilla