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cuando el presidente le d i j o N o solamente no le quito el mando al coronel Turón, sino que en premio a sus méritos, a su celo, a su inteligencia y a su cu dado, le voy a ascender a brigadier, pero manteniéndole al frente de una unidad que en sus manos es honra del Ejército C a y ó Narváez del Poder al año siguiente, pero como siempre han sido fugaces en España los Gobiernos, antes de transcurrir doce meses lo volvió a ocupar nuevamente. E n dicha fecha y a estaba casado F u l g o sio con una hermana del duque de Riansares, y convenía al general tenerlo contento para poder utilizar el influjo poderoso que había adquirido por virtud de su parentesco con el esposo de la Reina madre. Ocurrió que, no bien prestó juramento, antes de salir de P a l a c i o acércesele el influyente militar y le d i j o ¿P u e d o solicitar de usted un favor? -P i d a usted l o que quiera- -respondió el presidente. -P u e s solicito que Turón sea separado del mando del regimiento Reina GobernaD O N JOSÉ A N T O N I O T U R Ó N C O R O N E L DEL, dora. REGIMIENTO R E I N A GOBERNADORA E N 1844 Y añade un cronista de l a época que, sorprendido y turbado ante tamaña audacia, riosos caudillos de aquella campaña inolvile manifestó: dable, demostrando su pericia en la famosa- ¿P e r o con qué motivos? retirada que dirigió en vísperas de la toma Y atajándole amostazado y violento prode Tetuán. rrumpió con entereza: -O él o yo. II Y aquel gobernante, que culminó por su Otro episodio que demuestra las raras energía indomable y por su avasalladora desigualdades que caracterizaron a Narváez acometividad, se rindió, no al miedo, que tiene relación con el gran orador D Sano l o conoció nunca, n i a la imposición, lust ano de Olózaga. que jamás toleró, sino a 3 a p r o b a b i l d a d d e Las relaciones personales entre ambos ne. cesitar aquel valedor cerca de la R e i n a personajes habían quedado rotas con motiCristina, cue era en aquella sazón la que vo de los sucesos de noviembre de 1843. L manejaba todos los resortes de la alta poacusación que como presidente del Gobierlítica. Y Turón, que había sido respetado no había formulado González Bravo conen su puesto por todos los ministros, fué tra Olózaga, imputándole haber ejercido violencia sobre la Reina Isabel para conrelevado airadamente, sucediéndole D J a i seguir qué 3 e rubricara el decreto de disome Ortega, que fué más tarde infortunado lución de las Cortes, tenía su origen en una protagonista de la romántica aventura de intriga política pensada y dirigida por. N a r San Carlos de la Rápita. váez y hábilmente ejecutada por la marqueMedida tan arbitraria fué recibida por la sa de Santa Cruz, camarera mayor de P a oficialidad con marcado disgusto, que no lacio. L a s consecuencias de aquella maniotomó- forma de ruidosa protesta porque bra, que algún día relataré minuciosamente, aquellos bizarros militares estaban educados fueron fatales para el tribuno progresista. por su jefe en el más religioso respeto a las Ordenanzas: pero particularmente le demostraron su contrariedad con entusiastas manifestaciones de cariño. Escandalizó tanto la injusticia de que Turón había sido víctima, que pasados algunos días el noble marqués de V i l u m a que participaba de la general indignación, le ofreció influir cerca de su hermano el conde de Cheste, que gozaba de gi an autoridad, para que se le diera el mando del regimiento de la Princesa o el nombramiento de segundo cabo de alguna Capitanía general. M u y agradecido, rechazó la reparación con que se le b r i n daba, alegando que dignamente no podía aceptar más destino que el que había desempeñado, porque de admitir otro podría creerse que su destitución había sido motivada por haber faltado a sus deberes. Pero V i l u m a no cejó en su generoso empeño y consiguió, después de grandes esfuerzos, que fuera repuesto en el mando del regimiento Reina Gobernadora. E l día 16 de marzo había cesado, y el 5 de abril volvió triunfante al puesto de que tan arteramente se le privó. Después, en su larga vida m i litar, ratificó Turón en continuados aciertos todo lo que valía. E n la guerra de África de 1860 fué digno compañero de los gloE L G R A N O R A D O R D S A L U S T I A N O D E OLÓZAGA a- E l debate parlamentario a que dio ocasión, si bien le hizo padecer amarguras que d i fícilmente se olvidan, fué motivo para que su maguía y varonil elocuencia adquiriera elevación memorable. Rugió tronante su hermosa palabra en los momentos que rechazaba con ind gnación la calumnia, y lloró cuando la pesadumbre se enseñoreaba de su alma. E l efecto de tan famosísima pieza oratoria fué tal que llegó hasta emocionar a sus acusadores. Y no se detuvieron en esto sus tristezas, sino que, perseguido, vigilado y víctima de constantes amenazas, tuvo que huir d i s f r a zado de arriero y protegido por unos contrabandistas que le acompañaron hasta la frontera de Portugal. Quedaron Narváez y Olózaga separados por un abismo de odios y rencores, que parecía no habían de salvarse jamás. Pero no fué así. E l mismo hombre que preparó la nefanda impostura se tornó, a los tres años de perpetrarla, en amparador de los deseos de su víctima. E r a ministro de Gracia y Justicia en el Gobierno que presidió el marqués de M i- raflores, D Lorenzo Arrazola. Como tuviera que resolver algún asunto que interesaba a Olózaga, y que no he podido saber cuál sea, porque en mis papeles no hay antecedentes de ello, Narváez, sin reparo a l guno, acud ó en su auxilio, rogando encarecidamente a D L u i s Mayans, gran amigo de A r r a z d l a que interpusiera sus buenos oficios para que fueran servidos los deseos del eximo orador. Así lo acredita la carta autógrafa de Narváez que guardo en mi archivo. D c e a s í E x c m o Sr. D Luis M a y a n s -M i muy querido, a m i g o en este momento, las doce de la noche, recibo su carta de V de hoy, y en el acto escribo a V para remitirle la adjunta para el Sr. D Lorenzo Arrazola. V verá lo expresiba (1) que la he puesto, y, además, le he escrito oor separado, para evitar que crea que se trata de salir del paso. Y o me figuro que nos dejará b en el ministró de G r a c i a y Justicia, y en ello tendré grande satisfacción, porque deseo vivamente complacer al Sr. D Sálustiano; si éste me conociera bien no habría dudado de mis sentimientos respecto a él. Y o riño cuando mi deber o la necesidad me obligan, pero un minuto después amo a aquel con quien me haya dado de estocadas, y muchas veces rae han. dolido a mí más las que he dado que Jas que he recibido. E s tos sentimientos se comprenden con dificultad, pero yo los tengo muy profundos en m i alma. Y o aprecio y estimo al Sor. D Salustiano, y si: lo sucedido puede causar alguna variación es para estimarlo más y desear con mayor fuerza d a r l e p r u e b a s de amistad. -Se repite de usted de seándole la más completa salud su inbariable amigo, Ramón M. Narváez. ¿Qué clase de estímulos cambiaron tan radicalmente el estado de ánimo del iracundo genera N o es fácil presumirlo, por que lo mismo pudo obedecer a que sintiera remordimiento recordando su tremenda falta que a impulsos hidalgos y generosos que sentían muchas veces aquellos insignes caracteres. E r a n e n tonces las pasiones desordenadas y violentas: pero todo el que es tudie a fondo aquella época enñ contrará rasgos de grandeza- que pasaron para no volver. NATALIO RIVAS (1) N o he querido corregir l a s f a l t a s de ortografía p a r a respetar l a i n t e g r i d a d del texto.