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or de un minimalismo, de una concesión restringida que es preciso superar; pero q u el Gobierno de una República que, según la Constitución, es, unitaria, patrocine una carta que desgarra la unidad política de España y abre la puerta para otros desgarrones; pero que unas Cortes se sometan dócilmente, o por razones que no se pueden aludir siquiera, a menos de afrontar e l rigor de la ley Defensa de la República, a votar la desmembración de ¡a patria una; pero que los Colegios de Abogados de lengua castellana no hayan levantado su voz contra un Estatuto que de hecho excluye a sus miembros de las Notarías, de los Registros de la Propiedad y de la Magistratura del territorio catalán; pero que la Prensa española unánimemente, con exclusión de la catalanista y bolchevique, no se haga eco de un supuesto sentir de la opinión española contrario a una suicida regresión de nuestra vida nacional, es cosa que verdaderamente no se comprende, a no ser, como ya se sospecha, por- ciertos y alarmantes síntomas, que España empieza a considerar a Cataluña como un caso de desamor filial, parecido al del hijo ingrato o rebelde, sin otros lazosv con el hogar que aquellos que le convienen y a nada le obligan, y que por contumaz e incorregible se le deja libre la salida. S i esta sospecha tuviera con el tiempo confirmación lo consideraríamos una gran desgracia para España y para Cataluña. E l miedo a llegar a esta situación, que presentimos desde las primeras manifestaciones del catalanismo político, nos impuso el sacrificio- -que saciificio es viviendo en C a taluña- -de combatir sin tregua ni descanso el particularismo secesionista catalán, sin arredrarnos las consecuencias ni el dictado injusto, de antipatriotas o renegados. Días quedan por delante, y ya veremos a la postre quiénes en Cataluña son los patriotas: si. los que la hemos querido estrechamente unida a España, renunciando voluntariamente a todo personal beneficio, o los que, tras, los cargos, los buenos despachos de abogado, un renombre literario que no podía a l canzarse dentro del marco grande de España, no se han detenido ante el futuro pavoroso de una Cataluña sin convivencia espiritual con veinte millones de españoles. Digan lo que gusten los cantores del E s tatuto no catalanes, los Marañón. los J i m é nez Asúa, los Azaña, los Bello, los Ossorió y Gallardo y demás comensales al pintoresco banquete del Ritz. sin el cual no hubiera sido posible e! acuerdo de San Sebastián, el Estatuto no unirá Cataluña a España, sino todo lo contrario. Creemos en la buena fe y noble intención de esos señores, pero, o les c i e g a e l afán de pasar por espíritus comprensivos y de hombres modernos al margen de toda realidad histórica, o están mal informados respecto de la política catalana. De no ser asi, tendríamos eme tildarlos de malos españoles, y eso, no. Lean, lean con detenimiento y todos los días la Prensa catalanista; los discursos que los nacionalistas, así de la derecha como de la izquierda, pronuncian en sus mítines de propaganda; entérense de la labor de desafecto v menosprecio a España que se hace en la Universidad y en la Facultad de Medicina de Barcelona; infórmense de la ofensiva que en Cataluña se ha emprendido nuevamente contra el idioma castellano; cuenten el número de banderas con la estrella solitaria que van apareciendo día tras d í a pongan su atención en la política malintencionada de la Generalidad, a pesar de estar aún en pleito el Estatuto, y se convencerán, tal creemos, n- jc ha sido mucho su optimismo y cannidr- al juzgar las cosas de Cataluña. Ojalá los equivocados seamos nosotros y vo sea el Estado de Cataluña c! punto de arranque para la total desmembración de España, vendóse cada comarca por su lado, con hecho o sin hecho diferencial, mejor o peor inventado! ADOLFO M A R S I L L A C H HQ- NM ISABEL BE BOJ BOJV T B 07 BOTi Se ha cumplido un año del fallecimiento, en París, de la que fué infanta de España doña Isabel de Barbón y Borbóu. Y cualesquiera que sean las circunstancias cu que su muerte sobrevino y las en que se conmemoren los sucesivos aniversarios, es obligado para un órgano de opinión nacional como A B C dedicar a la triste efemérides un recuerdo de profunda emoción española y madrileña, porque, con abstracción del rango jerárquico, del significado y de la condición social en que la Historia la sitúa, el puro perfil español y el neto carácter madrileño de sus virtudes y talentos personales definen esta fiqu ra en términos que la substraen a toda suerte de disputas políticas y hacen de su evocación un motivo de justa y rara unanimidad para el respeto y el culto a su memoria. Virtudes de ternura y de piedad femenina fueron, en efecto, las que derrochó doña Isabel de Borbón en una copiosa acción de caridad para el desvalido; virtud de filantrópica comprensión clarísima la que le impulsaba al socorro munifícenle, no sólo del menesteroso material, sino de aquel otro, tan desolado, que necesita el aliento de un mecenas inteligente y culto para su obra en balbuceo incipiente o en pre cario desarrollo. Así, a su caritativa labor en beneficio del pro fimo, se unió la muy fecunda y trascendida a la cultura española que realizaba con la protección de su fina mentalidad a clases intelectuales- -artistas, escritores, hombres de ciencia- -que recibieron de doña Isabel de Borbón, no sólo acogidas fervorosas y homenajes cotidianos, sino estímulos y valimientos sobremanera eficaces. Buena parte de esas clases, cutre ella nombres ya gloriosos cu lasartes y cu las letras, lian evocado ahora, sin duda con gratitud conmovida, la memoria de una dama cuyo selecto espíritu supo comprenderles y cuya generosidad de corazón contribuyó a exaltarles. Por española y por madrileña, por alma ungida de las ternuras fecundas de la caridad, por mujer que vivió asociada, con apetente e inextinguible afán de progresos, a la marcha de la cultura de su país, -merece la personalidad bien definida y genuina de) doña Isabel de Borbón, ajena a cualquier otro ámbito de circunstancias, el recuerdo da devoción y de simpatía que nosotros expresamos en este primer aniversario de su muerte. i