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NUMERO EXTRAOR D I N A R I O 20 C E N T S AÑO TAVO. V 1 GESIMOCtf W tf NUMERO EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO TAVO. V 1 GESIMOCm m m IMPRESIONES DE ARTE de M e d i éis tuvo por pintor de c á m a r a en su al corte florentina buen artista B r o n z i no. quien r e t r a t ó í. toda la medicea familia. F u é ésta n u m e r o s a aunque l a muerte segó en flor a varios de los hijos de C o s m e d e M é d i c i s quien los vio malograrse, m u e r t o s en edad temprana, l o cual, como era de costumbre en aquella fel i z época, dio lugar a que las gentes achacasen tales f a l l e c i mientos a cautelosas y mortales p o n z o ñ a s a s e v e r a c i ó n que los historiadores no han podido poner en claro, no obstante í a s i n vestigaciones hechas. L o m á s p r o b a b l e es que los pequeños Mediéis muriesen de cualquiera de esas infinitas enfermedades que acechan la flébil salud de los chiquillos, y que el veneno fuese, por esta vez, inocente de semejantes óbitos. OSME Y dable h i g a de coral, cuyas ramas, p u n t i a gudas, han de desviar l a perversa influencia de l a jettaiura. A s í se r e t r a t ó D o n G a r c í a, robusto y al parecer defendido de las asechanzas invisibles, todo lo cual no impidió que un momento llegase en que Dios se lo llevó de este mundo, t r a n s p ortándol o a la esfera donde v u e l a n los ángeles cantando alabanzas sin fin al Altísimo. D o ñ a M a r í a de Mediéis vivió m á s tiempo que su hermanillo, y asi la pudo retratar el pintor con galas casi de mujer, muy puesta y señoril, sentada en un silloncito. E s una chiquilla monísima, de unos diez o doce años. S u rostro expresa enorme encanto y, sin ser p e r f e c t o crea con las facciones irregulares, boca larga, nariz chatilla, ojos amables y algo maliciosos, un conjunto en extremo simpático y atractivo. E l rubio cabello está peinado en melenas simétricas, separadas por una finaraya y recogido el m á s p r ó x i m o a las sienes en dos curiosas trenzas, que encuadran l a frente. E s t a n i ñ a medicea se viste con l u joso traje de r a s o blanco, de c u a d r a d o deseóte y largas mangas, abuílonadas en su parte superior. G a l o nes de oro dan may o r riqueza al atavío que ostenta la retratada con el empaque digno de quien usa a diario galas tan espléndidas. Zarcillos de largas perlas la cuelgan a u n lado y otro de la cara, y otras perlas, enormes, perfectas, como sólo se ven en los retratos, la c i ñ e n el cuello en apretado collar, mientras una larga á u r e a cadena deja pender sobre el pecho insexual un camafeo preso en precioso metal cincelado, y otra cadena a ú n m á s larga es como ceñidor del talle y permite a una de las manos, que a ú n conservan algo de la infancia en sus falanges y en su aspecto, juguetear coquetonamente a l zando un poco en alto, con a d e m á n de mujer ya hecha, los eslabones de l a alhaja. Lástima que nina tran atrayente no cumpliera l a misión en el mundo para 1 a que L o cierto r e s u l t a que el Bronzino pudo retratar a dos de los descendientes de Cosme de MéJicis, antes de que la P a r c a cortase el tenue hilo de su recién e m p e z a d a vida. Ello, nos vale dos efigies de chicos, llenos de gracia, de aleg r í a y de esa intensa aura vital que rodea a los pequeños y nos los hace tan s i m p á t i c o s y atractivos. Don G a r c í a de M é dicis es un gordinfloncillo que d e b e t e n e r u n o s t r e s o cuatro años, robusto y satisfecho. Nadie a l verle DON GARCÍA D E MEDICIS, POR E l BRONZINO tan fortachón p u e d e pensar en su temprana muerte, pues el chico rebosa v i d a y alegría. tas, llenas de hoyitos y de rasguffios de carne. U n a de ellas sostiene, cautivo, a u n E s casi redondo, de mejillas anchas, que asustado jilguero. r e ú n e n su turgencia bajo el mentón, donde la gordura marca una línea curva como un E l joven D o n G a r c í a viste lujosamente u n creciente lunar en la carne firme y rosada. j u b ó n de rico raso, bordado y embellecido L a naricilla. que es graciosamente chata, con á u r e o s cordones y tiras de terciopelo. también parece hundirse entre aquellos caU n adorno de finísimo encaje blanquea j u n rrillos tan sanotes, que atraen la caricia de to a su cuello, u n c i n t u r ó n de muelle seda la m a n ó en una cariñosa bofetada. A lo alto se ciñe a su talle, y desde los hombros le de Sa frente se rizan bucles sedosos y l u pende sobre el pecho una cadena d e oro, cientes, y los ojos candidos y l a boca fresdonde se juntan todos los remedios contra ca, donde blanquean los dientes, ríen al el maleficio del mal de o j o ia mano, de u n í s o n o con franca, jocunda e inocente aleazabache, el diminuto libro de los Evangeg r í a L a s manos del pequeño son caraosilios, la esfera con el antídoto y una formi-
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