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labios sinuosos y finos, algo melancólicos, como si guardasen un secreto más triste que los que hábitualmente guardan las muchachas dé dieciocho años. Los ojos, separados por la recta línea de la nariz, miran también con melancolía, bajo el doble trazo finísimo de las tenues cejas. E l pelo, obscuro, peinado sencillamente, se parte en dos crenchas, divididas por una leve raya, y sobre él. cae confusamente hacía detrás un velillo, sujeto por un áureo agremán. La Doni está vestida sencillamente, con un traje de seda sombría, donde clarean las mangas mezcladas con tela blanca. Una leve pañoleta de gasa cubre sus hombros, firmes, pulidos y tersos, y a la garganta se anuda un cordón de oro, que cae luego pecho adelanté. Este retrato, pintado por Rafael cuando aún no había conseguido la celebridad de que luego gozó, estuvo por mucho tiempo en poder de la familia Doni; luego pasó a la francesa de los marqueses de Villeneuve, quienes, arruinados por la revolución y refugiados en Florencia, lo vendieron al gran duque de Toscanay quien lo colocó en la galería de los Uffizzi para llenar los huecos que las rapiñas napoleónicas habían causado en los Museos florentinos. Y cuentan los sabios que al mismo tiempo que Rafael trabajaba en el retrato dé Magdalena Doni, su sagaz esposo hacía que Miguel Ángel le pintase el célebre tondo, o cuadro circular, donde Bounarotti representó la Sagrada Familia, y que también se halla hoy en el antedicho Museo. A s í es que el marido de Magdalena fué lo bastante hábil para hacer trabajar en su provecho a los dos más grandes pintores renacentistas cuando aún no eran conocidos del modo que después lo fueron. Es posible que de estas o de otras parecidas habilidades se llenase la vida del Strozzi, y tal vez esto explique la inexplicable melancolía de su esposa. MAUKICIO L Ó P E Z R O B E R T S Marqués de la Torrehermosa. D O N A MARTA D E M E D I C I S P O R EL. B R O N Z I N O su simpatía y su encanto parecían designarla. T a l vez hubiese sido una de esas Reinas cuyo hechizo perdura en la Historia, y que son como luces hacia las cuales las gentes alzan perpetuamente los ojos y ante quienes arden siempre almas de platónicos enamorados. Claro es que tales aureolas no se consiguen por el único prestigio de la hermosura, y que estas adoradas Soberanas sólo consiguen tal culto cuando han sido infelices en su vida, y así sucede que necesitan llorar mucho y morir trágicamente para que la devoción postuma no les falte. De modo que tal vez en el orden y equilibrio de la total felicidad humana es posible que la muerte y malogro de la princesa de Médicis haya sido preferible a una larga vida y a un reinado henchido de glorias y de angustias. E l divino Rafael retrató a Magdalena Doni cuando tenía apenas dieciocho años y acababa de casarse con Ángel Strozzi, quien, según las crónicas, era un acaudalado usurero florentino, de baja extracción, no obstante su apellido, igual al de una de las familias más excelsas de Italia. Magdalena Doni está, pues, en la flor de su edad y en la m á s grande frescura de su atractiva belleza. Su cuello, el alto, esbelto cuello florentino, sostiene erguido el rostro, de contorno puro, algo ancho de pómulos, no obstante disimularse este defecto por la penumbra que esfuma un lado de las mejillas. L a boca es de RAFAEL. RETRATO D E MAGDALENA STROZZI DONI
 // Cambio Nodo4-Sevilla