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acierto, nos muestra u n trozo de la calle A n c h a de San Bernardo, con la bella fachada de las Comendadoras, hoy monumento nacional. S i no fuese por un anacrónico registro de alcantarilla que innecesariamente aparece en el cuadro, sería impecable éste de A l v a r e z Dumont, que es, desde luego, uno de los más interesantes entre la copiosa iconografía del 2 de mayo. i Dónde se inspiraron Fernández de los Ríos para su breve referencia y el pintor para su lienzo? N o consta el origen documental de ambos trabajos, y es de suponer que en los dos influyó poderosamente la i n ventiva, cosa disculpable y hasta legítima en el pintor, pero censurable en el historiógrafo. Porque resulta que, revolviendo archivos el erudito madrileñista Carlos C a m bronera, la historia de Malasaña y de su hija queda notoriamente desfigurada. Parece ser que en 181 c concediéronse pensiones a los parientes de las víctimas del 2 de mayo de 1808, y entre los solicitantes para obtener la merced oficial aparece M a r cela Oñoro hermana de la madre de M a nuela Malasaña. Pero en la solicitud no menciona a su cuñado, refiriéndose tan sólo a su sobrina. Dice a s í Reverendo señor abad y cura párroco de San Martín. M a r cela Oñoro, viuda, vecina de l a calle del Barco, número 10, a V R hace presente que entre las víctimas sacrificadas por la ferocidad francesa el memorable día 2 de mayo, fué una su sobrina carnal Manuela Malasaña, de edad de quince años, hija de Juan y de María Oñoro, ya difuntos, habitantes en la calle de San Andrés, número 18; la cual joven, viniendo de bordar, fué registrada, y sin mas motivo que haberie ha- llado las tijeras que traía colgadas de una cinta para uso de su oficio, la fusilaron bárbaramente los soldados franceses... Infiérese de aquí que l a escena descrita por Fernández de los Ríos no existió más que en su imaginación. Manolita Malasaña, como tantos otros madrileños, sucumbió sin hacer armas contra el francés, víctima de la orden draconiana de Murat, refrendada por Belliard, su jefe de Estado M a y o r que consideró reos de muerte a cuantos fuesen aprisionados llevando instrumentos o herramientas de u n oficio cualquiera que más o menos remotamente pudieran ser consideradas armas ofensivas. L a infeliz mozuela habría madrugado aquel día, como de costumbre, para trabajar en sus bordados, j u n to a la ventana del sotabanco, adornada, sin duda, con u n tiesto de claveles, en cuyas ramas iniciábase la eclosión primaveral. A media mañana, la multitud afluyó al barrio pidiendo armas a la guarnición del Parque. Daoiz y Veíanle tenían órdenes en contrario pero, patriotas, faltaron a ellas y abrieron al populacho las puertas de Monteleón. Manolita había arrinconado el bastidor y veía todo esto desde su ventana. A l g u n a vecina y la h i j a de la portera subirían para levantarla de cascos. ¿Vienes, M a n o l i t a? L a cosa está que arde. E n vano la madre querría oponerse. ¡S i no nos pasará n a d a! N i siquiera se le ocurrió dejar las tijeritas ctue pendían de su cintura. Y recorrieron calles y plazuelas, perdida la noción del tiempo. A l anochecer, y a de regreso, las detuvo alguna patrulla. A ver, tú, que llevas armas. S o n mis tijeras de bordar. N o importa. Y l a arcabucearon allí mismo. Pero hay más. Como quiera que en l a instancia de M a r c e l a Oñoro para nada se menciona a su cuñado Malasaña, Carlos Cambronera prosigue sus investigaciones, y consecuencia de ellas es el hallazgo de la partida de defunción de Manolita Malasaña, existente en la parroquia de San M a r tín, que dice a s í M a n u e l a Malasaña, soltera, de edad de quince años, hija legítima de Juan, D I F U N T O y de María Oñoro, parroquiana de esta iglesia, calle de San Andrés, número 18, murió en 2 de mayo de 1808; se enterró de misericordia. ¡Resulta, pues, que Juan Malasaña había muerto con anterioridad al día memorable. Fernández de los Ríos, por inexplicable error, h i z o de él un héroe, y, a propuesta suya, fué dado el nombre del chispero a una de las calles abiertas en 1869 en los terrenos de Monteleón. Dios me libre de d i vulgar estas investigaciones de Cambronero con miras a substituir la denominación de una calle madrileña. Estos cambios de nombre perturban siempre y a nada práctico conducen. Pero no supondría gran trastorno llamarla calle de Manolita Malasaña E l l a fué, si no la heroína soñada, una víctima de los gabachos, y en ella pudiera glorificarse la intervención de las mujeres madrileñas en la épica jornada. N o importa que la inocente bordadora no disparase un cañón, n i arengase a las multitudes para enardecerlas. H i z o más que eso, con no haber hecho tanto: ofrendó su vida en flor en holocausto de su patria, mancillada por los invasores. AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA (Fotos Ruiz Vemacci. M. CASTELLANO. D E F E N S A D E L PARQUE D E MONTELEON E L 2 D E MAYO D E l8o8
 // Cambio Nodo4-Sevilla