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RECUERDOS DE ANTAÑO ÚLTIMOS DÍAS DE CARLOS UE la ancianidad de Carlos III un conjunto de raros contrastes y de extrañas sensaciones. Como buen cristiano, no temía a la muerte. Su conciencia, que descansaba en el apacible reposo que sólo disfrutan los seres privilegiados que consagraron su vida al cumplimiento del deber, se sentía colmada y satisfecha. Como rey, había inspirado siempre sus resoluciones en él supremo bien de la Patria y en el más fervoroso culto a la justicia, y como hombre amoldó todos sus actos a las más severas normas ele probidad y honradez. Su reinado no tiene el resalte glorioso que caracteriza al de los Reyes Católicos y al de los dos primeros Austrias, pero fué de más segura utilidad para el interés nacional y de más discreto y acertado gobierno. Isabel y Fernando, Carlos I y Felipe II imperaron, por fortuna de ellos, en época en que designios providenciales y misteriosos, que empujan la vida de los pueblos, habían llevado a España a la plenitud de su poderío. Él haber llegado la hora de rematar la gran obra de la unidad nacional, precursora del descubrimiento de América, engrandeció el nombre del augusto matrimonio, y la herencia riquísima qué dejaron al morir, que no fué ciertamente cuidada con esmero por sus sucesores, dio realce a la primera; etapa de dominio de la dinastía austríaca. Aquel período en que la buena suerte nos prodigó sus dones a manos llenas pudo ser de más positivo y beneficioso resultado. El extrañamiento de los judíos, la creación del Tribunal del Santo Oficio, el atentado a las libertades castellanas, que trajo la guerra de ías comunidades; la violenta destrucción de los fueros aragoneses, la guerra contra los protestantes, que debilitó nuestras fuerzas, y el ciego afán de conquistas, que derrochó nuestros caudales en Flandes y en Italia, malograron aquel momento histórico, cuyo esplendor debió ser de perenne duración. En cambio, el apogeo a que diego España con Carlos III obedece a su prudente y eficaz gestión, no a los frutos que brinda la casualidad. Sus dotes intelectuales, de nivel medio, las administró con equilibrada prudencia. Llevaba dentro un gobernante de vista certera, pero comprendió siempre que sus felices iniciativas no era él quien debía traducirlas en realidades. Ni un solo instante sintió el deseo de gobernar. Sabia perfectamente que esa no es función de los reyes, ni aun en el régimen absoluto. F GARLOS III EL CONDE D E FLORIDABLAÑCA, PRIMER MINISTRO D E CARLOS III Aunque poseía legalmente un poder omnímodo, que nadie le discutía, hizo dejación voluntaria de sü ejercicio, entregándolo a los hombres que él estimó que habían de labrar méjór el bien del país. Su piedad religiosa, rayana del fanatismo, no fué obstáculo para que confiara el gobierno de la nación a hombres como Aranda y Roda, cuya concomitancia con los enciclopedistas franceses era notoria. En las luchas entre aragoneses y golillas (así apellidaban a los partidos que acaudillaban, respectivamente, Aranda v Floridablanca) permaneció siempre neutral, utilizando los servicios de todos, sin preferencias ni prejuicios. Sus rectos propósitos no consintieron nunca intrigas ni conjuras. No sentia más anhelo que el bien público y la felicidad de sus subditos. Para sus vasallos fué más bien padre que soberano. Y en el hogar, un varón justo, cuya escrupulosa conducta sembró ejemplos saludables de honestidad inmaculada no sólo en el seno de su familia, sino en todos los sectores cortesanos. El estado de su espíritu en los últimos días de su vida era el de un hombre que al hacer liquidación de sus actos no siente remordimiento alguno. Había recibido, al ocupar el Trono, una España debilitada y convaleciente, y dejaba, al morir, una nación vigorosa, civilizada, rica y pujante, cuya grandeza superaba a todos los pueblos de Europa. La cultura, el comercio, la industria, las obras públicas, las vías de comunicación, el Ejército y la Marina gozaron durante su reinado de tan grandes. mejoramientos, que puede decirse que habían operado la transformación absoluta de toda la vida española. Pero ai lado de las alegrías íntimas que por estas razones regocijaban su alma, se sentía atormentado por hondísimas preocupaciones, que unas tenían relación con la suerte de España y otras con problemas de familia, -que le apesadumbraban y entristecían. Conocedor como nadie de las condiciones del príncipe de Asturias, que había de sucederle, comprendía que en siis manos no