Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
había de conservarse, n i menos progresar, toda la. serie de mejoras que tanto enaltecían a E s p a ñ a S a b í a que su hijo era bueno, bien intencionado, de instintos rectos y caballerosos, pero no se le ocultaba que la princesa a quien en mala hora se h a b í a u n i do, esterilizaría todas sus excelentes cualidades. S u juicio i m p a r d a l y sereno veía con claridad meridiana el porvenir, y por eso el estado de su espíritu en los úitimos d í a s que vivió fué de profunda aflicción. N o sería aventurado afirmar que su gran experiencia y cabal conocimiento de los hombres presintió las privanzas de Godoy y de Acteón, tan funestas para las M o n a r q u í a s española y napolitana. E n el orden exclusivamente fam i l i a r y afectivo t a m b i é n s u f r í a grandes amarguras. L a prematur a muerte de su hijo, el infante D Gabriel, que era la alegría de su vejez, no só o por las bondades que atesoraba, sino por su despejado talento y amor a l estudio, le s u m i ó en dolorosa melancolía. L a triste situación en que quedaba la infanta M a r í a J o sefa, contrahecha y raquítica desde su nacimiento, le causaba hondo desconsuelo. L a prueba de que su visión con respecto al futuro destino de E s p a ñ a fué profética, lo demuest r a con evidencia indiscutible que un a ñ o antes de su fallecimiento creó l a j u n t a de Estado, ordenando a 1 ovidab anca que re dactase la célebre I n s t r u c c i ó n reservada, en la que, a la par que r i n d i ó cuentas de su magna obra, señaló con luminosa clarividencia todo un programa de G o bierno. Documento tan excepcional encier r a e n s e ñ a n z a s útilísimas, que, de haberse seguido por los que le sucedieron, h a b r í a n preparado un siglo x i x de grandes prosperidades y florecimientos. K n medio de tantas congojas e incertidtimhres, le sorprendió l a enfermedad que h a b í a de llevarle al sepulcro. E r a uno de los últimos d í a s del mes de noviembre de 178 S. A pesar de que el tiempo era lluvioso y frío, no quiso prescindir de la caza, cuya afición le dominaba hasta un extremo inconcebible. Mediada l a tarde se sintió indispuesto. Seguidamente fué acometido por l a fiebre, y lejos de regresar inmediatamente a Palacio para atender a su curación, c o n t i n u ó i m p e r t é rrito la jornada venatoria. H e leído en un libro del abate M u r i e l que Carlos I I I fué en aquella ocasión víctima del m é t o d o y la costumbre. T e n í a el tiempo distribuido tan ordenadamente, que no alteraba sus hábitos por nada ni por nadie. A pesar de que c o m p r e n d i ó que debía retirarse, no lo hizo, porque a ú n no h a b í a llegado l a hora fijada para concluir l a cacería. Llegó al Afcátear paítoci nctb a l t í s i m a calentura, y examinado por 1o s médicos de l a Real C á m a r a la impresión de éstos fué pesimista. N o t a r d ó en declararse l a pulmonía, y aunque los facultativas agotaron toda clase de recursos, sobrevino l a muerte el día (4 de diciembre. L o s días que estuvo enfermo d e m o s t r ó gran fortaleza. V i o llegar sus últimos momentos con la augusta serenidad del v a r ó n justo que al mirar al fondo de su espíritu lo encuentra d i á f a n o y puro, y con l a dulce resignación del creyente, que v i s lumbra con claridad los horizontes de una vida mejor. L o s agobios del padecimiento, no impi- E s p a ñ a debe bjs mejoras m á s importantes de m i remado. Y de modo tan noble, edificante y cristiano, m u r i ó aquel gran Rey, a quien nunca p a g a r á bien E s p a ñ a todos los beneficios que d e r r a m ó sobre ella. E n el orden material, por dondequiera que se extiende la vista se encuentran testimonios fehacientes que acreditan el afanoso celo con que aquel Soberano cuidó de los intereses confiados a su custodia. Y en el m á s delicado, en el espiritual, p r e s t ó el m á s grande servicio que pudo soñarse. L a Inquisición, que pesaba sobre Es p a ñ a de modo asfixiante y abrumador, que h a b í a derrochado en su b á r b a r a actuación los suplicios de m á s inverosímil crueldad, no fué suprimida por Carlos I I I porque eso era imposible dada l a intransigencia reinante, engendrada por el fanatismo religioso. Pero con suma habilidad y con l a sagaz perspicacia que le caracterizaba, reduj o al abominabTe Tribunal a una pasividad, tan absoluta que durante los treinta y un. a ñ o s que c i ñ ó la Corona, salvo el caso de Olavide, que a l fin fué reparado en lo posible, apenas si se n o t ó su existencia. Y esto es m á s digno de alabanza si se. tiene en Cuenta su encendida fe y a r r a i g a d í s i m a religiosidad. Pero las bondades de su corazón y su instintiva tolerancia, triunfaron de la intransigencia que le rodeaba. Causa tristeza confesar que Monarca tan excelso, para m í el m á s grande de todos, no haya sido objeto de los homenajes que tan legítimamente le son debidos. E s t á E s p a ñ a llena de monumentos que conmemoran a hombres meritísimos y que p e r p e t ú a n acontecimientos gloriosos. Reyes, hombres de Estado, lumbreras de la ciencia y del arte, h é r o e s de l a guerra, todos los que sirvieron a l a P a t r i a han encontrado recompensa en el reconocimiento nacional. Sólo Carlos. I I I ha sido olvidado en ese desfile de obsequios postumos, siendo m á s odiosa la omisión porque T a única estatua que existe de este gran bienhechor, que se alza en una- plaza de Burgos, fué erigida a expensas de un particular, según reza la inscripción esculpida en el pedestal. Así como el agradecimiento purifica y ennoblece a las personas, la ingratitud es la deformidad moral m á s repulsiva y despreciable. E l que no h a sentido en el paladar tan amargas hieles, no puede tener idea de lo que es ese monstruo, que sólo encuerna ambiente y calor en el ser humano. L a s colectividades que conservan con rencorosa fijeza el recuerdo de los agravios, olvidan casi siempre los favores que les fueron otorgados. Y a puede el hombre consagrar su vida, con generoso y desinteresado altruismo, al fomentó de los intereses generales de un pueblo y al cuidado de las aspiraciones p r i vadas de sus moradores, en l a seguridad de que sólo cosechará decepciones y deseng a ñ o s E l bien no t e n d r í a cultivadores si los que lo practican no tuvieran suficiente grandeza de alma para desdeñar y compadecer tales miserias. L a justicia e s t á pidiendo a gritos que se repare el olvido en que se tiene a C a r los I I I y si l a n a c i ó n no se apresura a pagar deuda tan sagrada, d a r á lugar a que el mundo crea que no m e r e c i ó contarlo entre sus hijos, NATALIO RIVAS CARLOS IV dieron que hasta los postreros instantes comunicase c o n su primer ministro, e n t e r á n dose minuciosamente de la marcha de todos los negocios de Estado. N o tuvo momento de lucidez que no fuese dedicado a pensar en los intereses nacionales, que bajo su d i r e c c i ó n h a b í a n llegado a tan dichosa bienandanza. Cuando sintió que se acercaba su fin, cumplió con edificación evangélica sus obligaciones espirituales. D e s p u é s de confesar y comulgar, pidió, sin inmutarse, y siempre entero y. dueño de sí mismo, que le fuera administrada la E x t r e m a u n c i ó n El patriarca de las Indias, que le acomp a ñ a b a le d i j o -S e ñ o r no hay que decir que en este supremo trance p e r d o n a r á Vuestra Majestad a cuantos le agraviaron. A lo cual contestó el M o n a r c a -Pero, s e ñ o r patriarca, si yo hubiese esperado que llegara esta hora solemne para perdonar a los que me ofendieron, ¿h a b r í a yo sido bueno? L e s p e r d o n é a todos en el acto de recibir los agravios. Seguidamente hizo comparecer en su a l coba a sus hijos y ai conde de Fioridablanca, y dirigiéndose al príncipe de Asturias, después Rey C a r l o s I V le dijo en tono triste y c a r i ñ o s o S e acerca el último momento de m i vida, pero muero tranquilo porque te dejo en posesión de todos los medios necesarios para hacer la felicidad de mis buenos vasallos; cuida de conservar en toda su pureza- la religión cristiana; sé un p; dre c a r i ñ o s o y justo para todos los españoles, y sobre todo para los pobres; ampara a tus hermanos, y singularmente a mi desgraciada h i j a M a r í a Josefa. Y por último, te pido que conserves a tu. lado y en tu mayor confianza a m i nob e amigo el conde de Floridablanca, consejero fiel, hombre probo y ministro hábil y prudente a quien
 // Cambio Nodo4-Sevilla